Una sociedad estancada en sus vergüenzas

El machismo se sirve de las redes sociales para continuar extendiendo una sinrazón que cosifica a la mujer al tiempo que exige al hombre representar un rol que lo deshumaniza

Las redes sociales parece que se han convertido en el paraíso para quienes defienden la desigualdad y la agresividad. Desde mensajes que exaltan la violencia de género a través de twitter o de facebook a convocatorias de un bloguero para, el pasado 6 de febrero, festejar el ultramachismo. Las marchas por la desigualdad, que se iban a producir en 43 países, fueron finalmente canceladas; pero el argumento para hacerlo fue que en ellas no se podría “garantizar la seguridad o privacidad de los hombres” participantes. Concluyo que, pese a las protestas multitudinarias, las mujeres continúan siendo para quienes pretendían participar de ellas ese atrezzo cuya violación, opinan, debería dejar de ser considerada como un hecho punible.

Anuncio censurado

Este anuncio en el que el reclamo es violentar a una mujer fue retirado en España, junto a toda su publicidad, por Dolce&Gabbana que quería, de este modo, “proteger su creatividad” ante el “clima de censura” sufrida en el país.

Minimizar la importancia de este tipo de agresiones va en consonancia con las creencias del arzobispo de Granada, quien aseguraba en 2011 que el hombre puede abusar de la mujer que aborta. Por tal despropósito, no ha sido encausado. Incluso, próximamente, podría ser ascendido, pues se baraja que pasará a formar parte de la Curia Vaticana. Esto, pese a que, a estas declaraciones intolerables, hubo de sumar también otra mácula: su mala gestión en lo referido al mayor escándalo de abusos a menores perpetrado por el clero en España.

Pero el machismo no parte solo de grupos de hombres que no han logrado adaptarse al necesario devenir social y que se amparan en la colectividad para lanzar su proclamas misóginas, como ocurrió, por ejemplo, hace algo más de un año en un partido de fútbol. Ni siquiera se ciñen al ámbito de la publicidad más simplona, en la que el reclamo es la provocación y no la calidad del producto.

Sorprende hallar, también en las redes, las opiniones y consejos de algunas mujeres, que alientan un comportamiento de servidumbre: de conformismo con lo que, para ellas, haya estimado oportuno su macho alfa.

A su juicio, la que carezca de fuerzas de heroína es mediocre; pues, para ellas, la que accede al espacio público no solo ha de ser eficiente en su trabajo, sino que ha de continuar llevando en exclusiva el peso de su familia. Y a esta carga global la maquillan, llamando a quien la asuma “dueña” de su hogar, un título que no es más que el resumen de una retahíla de tareas que, salvando las consabidas críticas que habrá de afrontar, la podrían llegar a convertir en la perfecta esposa y en devota madre.

La mujer diez no puede descuidar ningún aspecto de su vida y mucho menos relajarse en el ámbito doméstico. Es lícito que abandone la esfera pública, puesto que su esfuerzo laboral no adquiere ni relevancia ni significado. De hecho, salarialmente rara vez se verá recompensado, pues a ella se le presuponen una mayor tibieza en el ejercicio de responsabilidades de mando y un potencial absentismo derivado de sus obligaciones familiares, como el cuidado de hijos, ancianos y enfermos. Su eficiencia está en constante entredicho y, aunque su producción pudiera ser mayor a la de otros compañeros, se presume que esta podría mejorar si no estuviese ocupada en tareas propias de su género. Por ello, no resulta extraño escuchar que las mujeres cualificadas son las más discriminadas en cuanto a retribución se refiere.

Tampoco es raro toparse con el menosprecio al que se somete a las que no toleran conductas, acepciones o lenguaje sexistas, y que, constantemente, reciben descalificaciones por parte de quienes son incapaces de hallar argumentos fiables y sólidos que sustenten sus teorías de persecución al hombre y a lo que este representa.

Pero, hay comportamientos de discriminación aun más evidentes: es terrorífico leer que, según datos de 2015, el 35 por ciento de las mujeres ha sufrido en algún momento de su vida violencia (física, sexual o ambas) por parte de su compañero sentimental o por parte de otra persona, algo estrechamente ligado la cosificación de la mujer, que continúa incesante. Muchas de las afectadas silencian aquello que las atormenta, pues o bien les avergüenza ser objeto o bien creen que serán tildadas de histéricas. Muchas consideran que son ellas las que han fracasado y a otras, desde su entorno más cercano, ni siquiera las creen, algo que contribuye a otorgar razones al que abusa. No hay que olvidar que, para muchos, el machismo está tan arraigado que ni lo perciben como tal.

Entre todas las víctimas, se hallan las que fueron progresivamente aisladas y de estas, algunas, demasiadas, jamás volverán a tener voz. Su muerte, eso sí, es el fin de su infierno.

835 mujeres perdieron la vida a consecuencia del machismo desde 2003

La Delegación del Gobierno para la Violencia de Género dispone de datos desde 2003. Anteriormente, a lo sumo, se hablaba de crímenes pasionales, a los que se les rodeaba de cierto halo de romanticismo, de un “la maté porque era mía”.

Del total cuantificado hasta la fecha, 59 mujeres fueron asesinadas en 2015; y, con ellas, 51 niños quedaron huérfanos de madre.

Datos del Portal Estadístico de la Delegación de Gobierno para la Violencia de Género

Datos del Portal Estadístico de la Delegación de Gobierno para la Violencia de Género

Pero la lacra del machismo teje su red día a día. Así, en 2016, los datos para la vergüenza hablan ya, de diez víctimas mortales. Diez, en tan solo 51 días. Ocho fueron asesinadas en enero, al igual que ocurrió en 2003, 2011 y 2012. Pero, en 2006, la cifra fue incluso superior.

Datos extraídos del Portal Estadístico de la Delegación para la Violencia de Género

Datos extraídos del Portal Estadístico de la Delegación de Gobierno para la Violencia de Género

Desde 2003, el único mes para la esperanza, fue enero de 2009, cuando ningún agresor acabó con ninguna vida. No obstante, sí se registraron llamadas al 016 y, de estas, 6.010 fueron consideradas pertinentes.

El machismo se traduce en padres que entierran hijas, en hermanos que no vieron el sufrimiento hasta la despedida, en niños huérfanos, en amigas aisladas… Y acrecienta su virulencia en periodos vacacionales. Los más luctuosos, los referidos al estío (fueron tremendos junio de 2007 y de 2010; julio de 2010; y agosto de 2003, 2006, 2008 y 2014) y a diciembre (en 2004, 2008 y 2015 fue cuando se registraron más asesinatos).

Datos del Portal Estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género

Datos del Portal Estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género

Las cifras invitan a la desesperanza, especialmente cuando hablan de un aumento de este tipo de crímenes, pero es precisamente el goteo diario el que no nos permite el desánimo. Cada asesinato es un toque de atención, una llamada a la lucha al grueso de la sociedad.

Los informaciones que maneja el Gobierno no entienden de edades ni de procedencias, pero sí son consecuencia directa de la violencia que día tras día sufren centenares de mujeres en este país.

Pero no todas las que la padecen piden ayuda, ni siquiera ante su entorno más cercano. Solo 165 de las 835 mujeres asesinadas desde 2003 habían denunciado a su agresor y en 200 casos no consta si lo habían hecho. Esto se repite en los últimos catorce meses: solo trece de las 59 víctimas mortales en 2015 y solo dos de las diez asesinadas en 2016 habían denunciado ser objeto de maltrato.

De las denuncias presentadas en 2015, nueve fueron efectuadas por la propia víctima. Las otras cuatro fueron presentadas por terceros. A estas trece peticiones de ayuda, se sumaron en 2015 las 81.969 llamadas al 016 que fueron calificadas el pasado año como pertinentes.

Llamadas pertinentes, desde 2007, al teléfono de ayuda 016, según los Datos del Portal Estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género

Llamadas pertinentes, desde 2007, al teléfono de ayuda 016, según los Datos del Portal Estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género

Del total registrado en 2015, 21.470 llamadas fueron efectuadas por familiares o allegados y 2.047, por otras personas. Las restantes peticiones de ayuda se hicieron a iniciativa de la víctima.

Así las cosas, el total de denuncias cuantificadas en 2015 fue de 96.021, cifra que se sitúa por debajo de las que se tramitaron en años precedentes.

El primer paso en firme para erradicar esta lacra se dio el 8 de octubre de 2004, cuando el Congreso aprobó por unanimidad la Ley Integral contra la Violencia de Género (Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género). Pero ese mismo año, 72 mujeres perdieron la vida a manos de alguien en quien confiaban; de alguien a quien les unía o les había unido una relación sentimental; de alguien que, seguramente, les había dicho uno y mil “te quiero”. No consta si alguna de ellas había interpuesto denuncia.

La aprobación de la nueva ley, en la que por fin se definía violencia de género, supuso una bajada en la cifra de mortalidad, pero, tras esta, se sucedieron varias subidas consecutivas. El año más aciago, 2008, cuando a 76 familias les arrebataron a sus hijas, a sus nietas, a sus abuelas, a sus hermanas, a sus primas, a sus sobrinas; cuando a decenas de niños les dejaron sin madre.

Y entonces, llegó la crisis. Y esto supuso una bajada en el número de denuncias, pero no en el de mujeres que malviven aterradas, presas de la inseguridad que les provoca salir a la calle o incluso permanecer en sus casas, haya o no orden de alejamiento, y convivan o no con su agresor. Y, así, lejos de ser un refugio, hasta el hogar se transforma en cárcel.

Silenciar el problema, no implica su desaparición, sino que este se torna más atroz. No hay que olvidar que, hasta hace bien poco, la mujer apenas tenía cabida en la esfera pública y, a día de hoy, muchas mujeres sufren la herencia de esa época de yugo doméstico. Por ello, miles de mujeres de edad avanzada ni siquiera se reconocen como víctimas, sino que se resignan a perpetuar comportamientos aceptados socialmente en un pasado que aun semeja reciente y a ser presas de los dictámenes de una tradición en la que a la mujer no le estaba permitido comandar su vida. Otras, lo asumen como parte inherente al amor y confunden control con cariño, mimo o atención.

Aterra ver que parejas jóvenes, presuntamente educadas en la igualdad, aceptan roles de posesión y sumisión y, aunque muchos ni se percaten, otros sí son conscientes de representarlos.

En cualquier caso, los actos criminales parten de comportamientos previos sibilinos, que, en sí mismos, no pueden desatar las alarmas. Y, así, la agresividad va en progresión ascendente: comienza por un reproche o un consejo, hasta que poco a poco el maltratador se hace con la voluntad de su víctima hasta anularla. Y el despertar, cuando llega, llega a veces tarde, con daños muchas veces irreversibles para las víctimas y con daños, también, colaterales. De ahí que se insista en la concienciación hacia la denuncia del maltrato, sea o no propio, para no tener que lamentar la quietud ante lo que, a priori, podría considerarse exclusivo del ámbito doméstico. No hay que olvidar que, como decía la magistrada Verdejo en el especial de Salvados cualquier persona interviene ante una pelea callejera, pero no actúa con igual prontitud si se trata de un caso de violencia de género.

El año pasado, por primera vez desde 2008, aunque descendió el número de denuncias, se produjo un repunte significativo en el número de llamadas de auxilio. Pese a ello, los cobardes que solo saben expresarse a través del lenguaje del terror, continuaron golpeando, zahiriendo, algunos matando. En cualquier caso, me quedo con el mensaje de Marina, también en Salvados, a través del que recordaba que miles de mujeres sí han logrado salir del infierno. Son las supervivientes, el ejemplo de que sí se puede salir del infierno y de que sí se puede, poco a poco, ir curando todas las heridas.

En España, Polonia, Austria, Chipre y Croacia, somos las afortunadas de Europa, pues se presupone que hay una menor incidencia. Pero se desconocen las cifras reales de mortandad en el continente a causa del machismo. En todo caso, la violencia de género sigue siendo la principal causa de muerte de las mujeres en un mundo en el que se hacen oídos sordos a los sometimientos más atroces.

El camino hasta que ni una más sufra de esta violencia continúa siendo muy largo, angosto y empinado, pero ya se han dado pasos. No se pueden escatimar esfuerzos de acción y concienciación para, con ellos, seguir avanzando.

De oca en oca

A algunos, y no solo a aquellos que quieren acallar la libertad de expresión, parece ser que se les ha olvidado que votar no es un privilegio; o eso es lo que da a entender el sinfín de trabas que debemos enfrentar estos días los que, por el motivo que fuere, precisamos ejercer este derecho a través del servicio postal. Y es que visitar la estafeta es como protagonizar un programa de cámara oculta, cuyo objetivo es mofarse de quienes pierden la paciencia.

El primer inconveniente estriba en su horario

En una localidad que presume de ser ciudad, resulta ridículo que la atención al público se restrinja al turno matutino, especialmente, cuando de la accesibilidad al servicio depende que, quienes el 20D no podemos acudir a las urnas, podamos ejercer uno de los derechos fundamentales recogidos en nuestra Carta Magna.

Si esto ocurre en una ciudad, ¿qué pasará en el medio rural?

El segundo, radica en la desinformación 

Tras esperar mi turno, al otro lado del mostrador, me indican que, de no hallar mi DNI, no podré presentar la solicitud. Quiero pensar que quien me tocó en suerte como interlocutor es de esas personas aficionadas a marear la perdiz, a las que no les importa el tiempo que hacen perder al que lleva ya buena parte de la mañana esperando. Su desconocimiento, desde luego, no tiene validez como excusa; y menos aun cuando su tono para dirigirse al tendido fue continuadamente de superioridad y condescendencia. Ninguna de estas razones es, por tanto, plausible; y, por supuesto, ninguna le otorga patente de corso para saltarse a la torera el hecho de que, para realizar dicho trámite, un español puede también presentar su carné de conducir.

El tercer obstáculo tiene su razón en las características del modelo oficial de solicitud

Carece de apartados suficientes para cumplimentar correctamente una dirección postal larga o compleja. Por ello, cuando me lo entregan, intento evitar imprecisiones.

Tras hacer malabares y sobrellevar la consiguiente nueva espera, mi interlocutor, el mismo que me atendió inicialmente, me subraya que no se puede superar el espacio estipulado. Esto se traduce en una dilación más, pues habré de cubrir otro documento y volver a la cola.

El desánimo empieza a hacer mella, pero, por fin, llego a meta; y allí, disfrazada de cordialidad, me aguarda otra pega.

Si se tratase de un Juego de la Oca, el mostrador sería la temida casilla de la Muerte, que lleva al eterno retorno del que deriva el embudo y la consiguiente espera.

Pero la hora de cierre extiende su sombra sobre los que propician el colapso y estos, por fin, se deciden a ensanchar el cuello de botella. Cuando ya parecía imposible, logro salir. Y lo hago con una promesa: remitirán a mi domicilio la documentación pertinente.

La cuarta traba, estar ocupada en horario de mañana

Lo que recibo es un aviso: no estaba en casa en el momento de la entrega.

De Oca en Oca y tiro porque me toca.

Caigo de nuevo en la casilla de un horario clamorosamente insuficiente para buena parte de los trabajadores, cursillistas o estudiantes de este país. Muchos tienen obligaciones en el turno de mañana, por lo que, si tienen que acudir a la estafeta, habrán de solicitar el permiso pertinente a su empresa o a la institución a la que estén vinculados.

Lo mismo ocurre si quieren ejercer su derecho al voto, derecho que, insisto, está catalogado como fundamental.

Como consecuencia, solicito, por segunda vez en pocos días, tiempo para solucionar asuntos propios y vuelvo a la cola, que esta vez ha crecido. Cuarenta minutos para obtener la documentación, mientras alguien, tras el mostrador, decide desatender al público y ocuparse de otras cuestiones.

Supongo que lo hará consciente del efecto disuasorio que tendrá intuir lo abultado que será tiempo de espera sobre aquellos cuyos trámites no presenten urgencia.

El quinto problema es la dejadez 

Pido instrucciones, para no repetir fallos. ¡Osada de mí! Mi interlocutor, llamémosle demiurgo, me remite a las escritas.

Cubro los datos y cruzo los dedos. Media hora más de cola. Y, por fin, una buena nueva: “¡Menos mal que no has cerrado el sobre! Tienes que introducir este documento también”.

En la información facilitada, por supuesto, no figuraba toda la pertinente.

Completo el sobre y escucho la ansiada palabra: “¡Listo!”

El alivio me hace sonreír y le hago un comentario de apoyo a la persona que me atiende: “Con tanto trabajo, deberían contratar a más personal, aunque solo fuese estos días, para que podáis abrir también por la tarde”.

En ningún caso sugerí que doblasen turnos, ni que sacrificasen descansos; simplemente aludí a la conveniencia de ampliar el horario de apertura reforzando la plantilla, algo que, además, permitiría crear puestos de trabajo; aunque fuesen temporales.

Su respuesta me deja de nuevo perpleja: “El horario es el que es y no necesitamos a nadie más. Estos días hay trabajo porque tenemos también las Navidades encima; pero, como pasará también en tu empresa, desde que se cierra, se cierra, y la gente tiene que amoldarse”.

Tremendo que sea esto lo que escuches en una institución que presta un servicio público, en una entidad a la que se le encomienda, comicio tras comicio, una labor tan importante como es la de contribuir a que la ciudadanía, esa que tanto necesita de un empleo, pueda ejercer su derecho al sufragio.

Y, como broche de oro, la decepción

El proceso ha sido una odisea; y la decepción, grande. Decepción que se acrecentó al llegar a casa.

Hace tiempo que no voto programas o propuestas. No, hasta que la ley sirva para garantizar el cumplimiento de los mismos. Voto en conciencia y con el corazón. Pero, sobre la mesa, estaban algunas misivas, resúmenes, propaganda. Y, a toro pasado, decidí ojearlas.

Ninguna hacía alusión a un problema que afecta a millones de personas en este país: un problema de todos, una vergüenza nacional y social que, en ocasiones, se traduce en muerte (53 en lo que va de año; 748 desde 2004) y que otras veces, las más, obliga a sus víctimas a convivir a diario con el horror.

El consuelo, los incumplimientos electorales, esos que llevan a que desde la posición de gobierno se opte por la opción contraria a la inicialmente defendida. Por ello, gobierne quien gobierne, espero que de la nada surjan proyectos serios para hallar soluciones acordes a las necesidades de la ciudadanía.

París era una fiesta

Y la barbarie nos la ha truncado

 

7 de enero de 2015: once personas son asesinadas en la sede de Charlie Hebdo. Los artífices, dos hombres enmascarados que, al grito de “Al.lahu-àkbar”, tirotean a cuantos se hallaban en ese momento en las oficinas de dicho semanario satírico francés. El objetivo, acallar la libertad de expresión en nombre de Al Qaeda.

Al atentado, le sucedieron dos más; y, con ellos, llegaron nuevas víctimas, más muertes. En total, 17. La alerta estaba en su nivel más alto; y, mientras el mundo expresaba su consternación y solidaridad (Je suis Charlie), la ciudadanía gala se unía en protesta. Dos millones de personas, entre ellas cuarenta líderes mundiales, ocupaban la capital para mostrar su repulsa ante la barbarie. Fue la mayor manifestación de cuantas ha albergado la ciudad de la luz, pese a que las concentraciones se produjeron también en toda Francia y en otras ciudades de Europa, América, Oceanía…

París no volvería a ser nunca igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad (Hemingway, Ernest; ‘París era una fiesta’; 1960).

Pero tanto la prensa como la ciudadanía querían dejar claro que nadie les arrebataría sus derechos, que nadie les acallaría. Y es que París, con su Rive Gauche (distritos V y VI) como estandarte, es sinónimo de inquietud cultural, de pensamiento, de arte, de libertades, de bohemia. París es el reflejo de lo que muchos quieren silenciar.

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas a donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue. (Ernest Hemingway, en una carta enviada en 1950)

Por eso, los indignos buscan alentar allí el miedo; y con él, alimentar una xenofobia que garantizaría a los fanáticos un dominio absoluto sobre los que consideran suyos: sobre cualquier musulmán, que quedaría a su merced ante el rechazo internacional, ansiado por los criminales.

13 de noviembre de 2015: masacre en París. Decenas de personas (más de cien) son asesinadas en los distritos X y XI.

La sala Bataclan se convierte en el epicentro del horror cuando un grupo de asaltantes irrumpe en un concierto.

De nuevo se escucha un grito: “Al.lahu-àkbar“.

Algunos espectadores logran salir, pero las noticias que llegan desde el interior muestran el terror y la incertidumbre: “We are still currently trying to determine the safety and whereabouts of all our band and crew. Our thoughts are with all of the people involved in this tragic situation”, comunican los Eagles of Death Metal en su fanpage de Facebook ante la conmoción internacional.

Se habla de decenas de muertos y de un centenar de personas tomadas como rehenes en una sala, con un aforo de 1.500 personas, que está completa.

La policía la toma al asalto. Resuenan los disparos.

Je suis Paris es la nueva consigna en las redes sociales.

Pero, por si la tragedia no fuese suficiente, algunos medios deciden que la realidad no les puede estropear un buen titular y se decantan por: “Música satánica para una carnicería”. No solo falsean datos para alimentar el amarillismo, sino que, en lugar de solidarizarse con las víctimas y sus familias, insultan a un grupo de rock, a sus seguidores y a aquellos a los que les gusta el death metal. Un simple click en la web del grupo solventaría su desconocimiento; pero la irresponsabilidad, una vez más, está servida; y, con ella, el descrédito de la profesión.

La masacre en la sala Bataclan es la más devastadora. Pero no la única.

Cerca de la sede de Charlie Hebdo, en el restaurante Le Carillo, perdieron la vida catorce personas; en la calle Charonne y sus cercanías fueron asesinadas otras treinta (dieciocho en el restaurante Le Belle Équipe y doce en La Petite Cambodge); y en la calle Faubourg du Temple mataron a otras cinco, en la pizzería La Casa Nostra.

Además, en las inmediaciones del Stade de France, donde se enfrentaban las selecciones de Francia y Alemania, se produjeron tres explosiones, una de ellas provocada por un hombre que, al parecer, había intentado entrar en el estadio.

De allí, es evacuado François Hollande; y, mientras se busca garantizar la seguridad de las dos selecciones, las 80.000 personas que habían acudido al encuentro salen a la calle entonando La Marsellesa. Valentía, orgullo, tristeza… Demasiadas emociones acompañando su marcha hacia una realidad llena de incertidumbres, pero que, a priori, ya semejaba tremenda.

Las reacciones no se han hecho esperar; entre ellas, la de la ultraderechista Marine Le Pen, que les sigue el juego a los terroristas al afirmar que “hay que expulsar a los extranjeros que predican el odio sobre nuestro suelo”.

Los criminales no son ni serán, pues, los únicos cuestionados; y eso les complace. Con ellos, sufrirán las consecuencias de su fanatismo aquellos que comparten su origen o religión; aquellos que tal vez hayan llegado a Europa huyendo de sus países y del yugo al que los quieren someter los radicales; aquellos que ahora serán puestos también en la mira del rencor.

Por el momento, solo se ha identificado a uno de los terroristas, de nacionalidad francesa, que ya estaba siendo investigado por sus conexiones con el yihadismo.

Pese a ello y pese a la sucesión de atentados acaecidos tras el ataque al semanario satírico en enero, varios asesinos camparon ayer por París a sus anchas cargados de cinturones explosivos y fusiles de asalto; y, pese a los indicios registrados estos días, lograron atentar en una única noche contra Francia, Alemania y Estados Unidos (el grupo que ofrecía un concierto en la Bataclan es californiano). Todo, sin salir de París.

El análisis, en todo caso, no puede ceñirse a la cuantificación de la masacre; ni limitarse a cuestiones de fanatismo religioso. El análisis ha de ser político e inclusivo, dado que no se ciñe a asuntos exteriores, sino que tiene que ver, en muchos casos, con las políticas internas que favorecen el descontento social, que es, a fin de cuentas, el que propicia la radicalización y lleva a la barbarie.

Las víctimas de la marginalidad, la desigualdad, la pobreza y la xenofobia caen en el desánimo y ello hace que claudiquen fácilmente ante quienes les ofrecen pertenencia a grupo y protección. Son objetivos a reclutar, dado que son maleables y su capacidad de decisión se inutiliza, puesto que, sometida por promesas de felicidad y recompensa eterna, deriva del adoctrinamiento.

La respuesta al fanatismo y al terror que este provoca ha de ser unánime, contundente y ambiciosa; y debe analizar rigurosamente la coyuntura que favorece el odio, pues, de otro modo, ni se corregirá ni se minimizará.

Los atentados no son el objetivo, sino el medio del que se valen quienes guían las masacres para hacer partícipe a Europa de su odio irracional; y para detonar, con los asesinatos, una contienda que implique a toda la comunidad internacional.

Pero los parisinos, los directamente atacados, no solo resisten, sino que, con su hashtag #PorteOuverte, nos dan una lección de solidaridad al abrir sus casas a cuantos se vieron obligados a hacer noche en la ciudad. Nos enseñan lo que es hacer frente al miedo. Nos muestran lo que implica la palabra valor.

París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. (…) París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices (Hemingway, Ernest; ‘París era una fiesta’; 1960).

 

 

Los infortunios del ser social

La actitud crítica es innata al ser humano, al igual que su miedo sistemático a lo desconocido, a aquello que difiere del orden preestablecido en el que el individuo se ha integrado y que, por tanto, constituye su área de confort, por mucho que, en ocasiones, disienta de ella. Este temor se manifestó secularmente en pequeños gestos o en grandes gestas y hoy en día se vale de una pantalla como escudo a partir del que lanzar cualquier ataque. Las redes sociales se compartimentan en vitrinas en las que exhibir egos, catalogados y estructurados en función de las particularidades que los distinguen y que son las que les avalan para sentir esa pertenencia a grupo que tanto les complace.

Cuando la cobardía se traduce en prepotencia, algunos se creen con patente de corso para afear conductas ajenas. Y lo hacen incluso obviando aquellos valores que, a conveniencia, acostumbran a usar como estandarte. Pero, si un arma de ridiculización intergrupal resulta absurda, es aquella que señala el mal uso del léxico o la precaria ortografía del otro. Y lo es porque se pretende un análisis comparativo grupal sin atender, para ello, a los modos de expresión de muchos a los que asumen como iguales.

La incorrección campa a sus anchas por las redes sociales, pero es el individuo y no el colectivo el que, casi con orgullo, la propaga. Su objetivo, en un mundo supuestamente globalizado, es comunicar; y culpa al receptor de su incapacidad para entender un mensaje estructuralmente ininteligible.

Resulta lamentable este retroceso y más teniendo en cuenta que hace apenas un siglo, cuando el acceso a la alfabetización era minoritario, en países de habla hispana ya podíamos presumir de haber alumbrado a grandes de la literatura universal. Despuntaban por su creatividad, pero también por su dominio de la retórica y de sus figuras, y por un manejo de la lengua que resultaba exquisito. Conocían el léxico y se valían de su riqueza para jugar con las palabras y hallar la exacta. Conducían la entonación a través de construcciones inequívocas y cada signo ocupaba su lugar, sin dejar espacio al malentendido, ni siquiera entrelíneas.

Pero ahora, pese a que en muchos países se apuesta por la escolarización obligatoria y pese a que muchos se jactan de su bilingüismo o trilingüismo, nos encontramos con miles de personas incapaces de plasmar gramatical y ortográficamente aquello que quieren expresar. Aplicaciones de mensajería y redes sociales, lejos de servir como herramientas de comunicación, se usan para mancillarla, llenándola de ruido y ensombreciendo el mensaje. Producto de esta incomprensible desidia, surge el malentendido y, en algún caso, la ofensa. Y se llena, así, el espacio virtual de discusiones vacías y, en ocasiones, hirientes. Estas últimas protagonizadas no solo por quienes maltratan la lengua, sino por aquellos que olvidan que, aunque la libertad de expresión es un derecho fundamental, nunca prevalece sobre otros, como el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, tantas veces pisoteados.

Este comportamiento irreflexivo tiene mucho que ver con lo previamente aprendido, pues ninguna enseñanza lleva a la excelencia cuando se entretiene en particularidades, olvidándose del conjunto que las engloba. Es por ello que urge una reflexión para que, a partir de los grupos que inciden en la conformación de la personalidad del educando, se apueste por individuos completos y capaces, y en la que, al mismo tiempo, se establezcan las bases para que alcancen el máximo desarrollo de su potencial. Un paso para lograrlo es contribuir a desplegar ese instinto que les lleva a aprender y a superarse, en lugar de acallarlo bajo el cobertor de la pertenencia a grupo, que no es más que una maraña asfixiante.

Debates sin altura

Analizar de un modo simplón los resultados de unos comicios lleva a conclusiones de la misma índole. Y, lamentablemente, ese es el cariz que llevan tomando, durante años, ciertas tertulias y ciertas entrevistas en las que los turnos se agotan en las menudencias y reiteraciones acordes a unos invitados que no están a la altura de los grandes temas y se escudan, para esconder sus carencias, en los ya conocidos. Mientras, a los interpelados se les corta cuando quieren llegar a la enjundia o antes incluso de que puedan ejercer su derecho a réplica, merced a la tiranía de los tiempos en radio y televisión.

Anoche resultó curioso escuchar el debate de La Sexta, en el que unos y otros se quejaban de que uno de los participantes tenía más voz que el resto. Una queja absurda e inútil cuando en todas las intervenciones se le aludía como presunto gran vencedor de los comicios europeos en España. Y digo presunto dado que, pese a lo espectacular del resultado de un partido naciente (con aparentemente solo cuatro meses de vida pero muchos más de germen), cinco escaños son insuficientes para tener un peso real en las decisiones a adoptar en Europa.

La victoria que le envidian no tiene que ver con el programa, que se asemeja a otros que llevan años sobre la mesa y que fueron silenciados a través del discurso del miedo y del voto útil. Ni siquiera se puede vincular únicamente con el hecho de que el partido es encabezado por una persona mediática, sino con la certeza de que esta y el programa que defiende fueron capaces de ilusionar a una ciudadanía aletargada durante años. Pero esto fue posible gracias a que esta misma sociedad fue despertada a golpes de realidades perniciosas, que se tradujeron en recortes salvajes que atentaron y atentan de un modo directo contra los derechos fundamentales recogidos en el Título I de nuestra Carta Magna; esa que, allá por 1978, recogía la necesidad de proteger más libertades que las que actualmente se ponen a nuestro alcance.

Los asistentes a dicha tertulia se olvidaron, por tanto, de algo muy importante: el éxito de Podemos es, sobre todo, una muestra del sentir de la calle y de lo que este sentir está gestando. Obviar esta evidencia se puede traducir como una falta de respeto a la ciudadanía y esta, como pudieron comprobar, responde a dicho atentado en lugares públicos y, aunque tímidamente, también en las urnas. La sociedad comienza a abandonar su indiferencia, pese al descrédito que algunos han ganado a pulso y al que han arrastrado a las formaciones a las que representan, y ha apostado por exponer su disconformidad con una gestión de pleitesía. No obstante, para los que sí creen en la necesidad de un resorte que devuelva esplendor a la democracia, tanto la abstención como el pronóstico errado de quienes aspiran al inmovilismo han de ser marcadores a tener en cuenta. Solo a partir de ahí se puede hacer un balance algo más cercano al hecho social que, a fin de cuentas, está evolucionando y que es preciso encauzar a fin de que no se pervierta. Pero, atendiendo a la circunstancia de que la indiferencia ciudadana sirve a determinados intereses, la calle también ha de reflexionar, en lugar de confiar sus conclusiones y decisiones a aquello que opinan otros.

Todo este cansancio y todas estas ganas de cambio se materializaron en el éxito inesperado de Podemos, pues aunaba la inquietud de la masa y sus ganas de que un revulsivo rasgase las caretas de lo imperante con la capacidad de consulta y de escucha. No en vano, para idear sus líneas básicas de acción se entrevistó con expertos, a fin de conocer de primera mano el potencial de sus propuestas y de determinar así cuáles sí eran factibles. Esto debiera dejar sin argumentos a unos tertulianos que, como principal arma arrojadiza, quisieron tildar de irreal y utópico un programa sustentado en un alarde de trabajo y reflexión. No obstante, perdidos en su propio discurso, se situaron en un extremo u otro en función de dónde soplase el viento, al tiempo que asumieron el hecho de que reconocer públicamente sus errores hubiese sido demasiado impopular de cara a su electorado, acostumbrado a oír, a veces a asentir, y siempre a callar.

Ante el fracaso, se intentó utilizar la misma trampa con uno de los representantes más conocidos de IU, al que se le exigió que ejerciese de vidente y expusiese si habría y hacia dónde irían los posibles pactos. Sin embargo, supo capear el temporal con mesura y prudencia, sabedor de que los votantes de la izquierda, la que se escribe con mayúsculas, no tolerarán según qué alianzas. Especialmente si estas se hacen con aquellos que, con sus políticas de mínimos y quedabien, avergonzarían a cuantos se dejaron la piel y la vida en la lucha.

Sumar es la respuesta, pero la suma no puede implicar restas. La suma debe ayudar a construir, nunca a ralentizar o a dejarse embaucar por el conformismo.

Tanto en la tertulia como en la entrevista se aludió también a la casta, intentando definirla en el primer caso e identificarla dentro de una formación con larga trayectoria en el segundo. Es evidente que, en cada círculo amplio, existen voces disonantes que, en muchas ocasiones, permanecen años ocultas y libres de sospecha. Voces que, en todo caso, estarían dispuestas a traicionar la ideología a la que representan a cambio de poder, dado que un ego desmesurado siempre ha de ir de la mano de un ser mediocre. Es por ello que no solo a los partidos con solera les toca analizar y hacer limpieza, sino que a los emergentes les corresponde también estar prevenidos y alerta, a fin de que en sus filas no se cuelen este tipo de personajes que, sin que les tiemble el pulso, son capaces de corromper la idea primigenia a fin de abrillantarse el ombligo.

Se abordó también la existencia de similitudes entre el programa de Podemos y el de IU y el hecho de que el primero lograse un éxito inaudito para un partido incipiente, mientras que el segundo simplemente mejorase su posicionamiento con respecto a los comicios anteriores, algo que algunos achacan a la capacidad de unos y de otros para darse a conocer, para comunicar y para hacerse un hueco en los medios. Esto está centrando muchos debates en foros sociales que olvidan que, en la actualidad, el que no se informa es porque no quiere y que, lamentablemente, aun hay mucha gente que no quiere, dado que, durante años, se acomodó en su presunto bienestar, que era el que le cegaba ante lo que se le venía encima. La actual IU, aunque aúna a otras fuerzas de la izquierda, hereda la mácula con la que durante años la ensuciaron a fin de garantizar la alternancia bipartidista. De ahí que sean muchos los que ni siquiera se hayan interesado por conocer su propuesta programática.

Podemos se alzó con votos que algunos creen que podrían haber ido hacia IU. Sin embargo, quienes afirman esto se olvidan de que muchos de los votantes de Podemos son aquellos que se aferran a dicha formación como si se tratase de un salvavidas y de que, una vez en tierra firme, volverán a tragarse los mismos placebos que otrora les otorgaban lo que creían que era la felicidad.

Lo urgente para esta izquierda, pues, es despertar la conciencia del individuo, mostrándole las consecuencias históricas de decantarse por la acción responsable o por el inmovilismo y, a partir de dicho conocimiento, lograr un compromiso firme. Asimismo, ha de estar integrada por cientos de individuos capaces de estar a la altura si se les exige que, en un momento dado, ejerzan liderazgo, en lugar de depender de unos referentes sin los cuales el proyecto se desvirtuaría. De este modo, si cada individuo ejerce con responsabilidad, no caben las fisuras, pues todo el mundo es reemplazable, tal y como demostró el señor Anguita, que, pese a que sigue siendo un paradigma, quiso que otros tomasen el relevo y, con esta decisión y con su ideario, sigue siendo consecuente.

El potencial de la mentira

Es increíble la incapacidad de sonrojo que caracteriza a ciertos individuos, que, con denuedo, ensartan una tras otra afirmaciones carentes de fundamento y con las que perlan una soga miserable. Su propósito, dejar sin fuelle a quienes encabezan a aquellos que, por fin, han abierto el entendimiento y ya no comulgan con ruedas de molino.

La artimaña es harto conocida y, dada su antigüedad, exhibe un currículum fulgurante, plagado de una indecente cantidad de éxitos, en los que el miedo, infundido a través de fantasmas, supercherías y patrañas, brindó a quienes se valieron de ella un respaldo inaudito.

La tarea exige una imaginación morbosa, que sirve de cauce para tejer una historia que, aunque plagada de barbaridades, cobre verosimilitud y resulte, de este modo, creíble. Cosechada la duda, solo hay que esperar a que esta dé su fruto, regándola, de cuando en cuando con nuevos infundios, a fin de garantizar el éxito y evitar desórdenes.

La otra clave es contar con un auditorio que confunda la sana curiosidad con el hambriento afán de cotilleo. De este modo, ávido de truculencias, el individuo, incapaz de apostar por su propia formación continua y de contrastar la información que le llega, da pábulo a las habladurías, otorgándoles, en ocasiones, un cariz aun más retorcido que el que exhibía la historia primigenia. A partir de ahí, resulta fácil suprimir cualquier matiz entre el blanco y el negro. Y, si bien es cierto que quien urde la historia no siempre es endiosado, quien protagoniza la falacia usualmente acaba por ser demonizado, perdiendo incluso en el camino a sus acólitos más mediocres: aquellos que suman al objetivo genuino toda suerte de propósitos egoístas que, de hacerse públicos, pondrían en entredicho su nobleza.

Esta martingala es usada por quienes creen en la hegemonía piramidal como único sistema válido de gestión, cuya estructura se sustenta en una base fácilmente manipulable. De ahí que, tras ver la insurgencia naciente en la calle a causa de los desmanes de la usura y de la sinrazón del capital, haya voces que, con flagrante desfachatez, apunten que es necesario establecer cauces que releguen la educación a un segundo plano, convirtiéndola en una opción solo al alcance de las clases más pudientes. Con esta actitud, se minimiza la capacidad de avance social de la ciudadanía y del individuo, regodeado en su oscuridad; y se garantiza el encumbramiento de unos pocos elegidos, siendo el corte su capacidad económica, en lugar de su potencial intelectual.

Parapetada tras un muro forjado por patrañas y naderías, se perpetúa así la servidumbre de la masa como única herramienta para resguardarla de aquello con lo que la asustan y que, normalmente, no es más que la luz al otro lado de la caverna. Una luz hecha de derechos y libertades. Una luz que, sin duda, brilla demasiado para quienes solo sueñan dormidos.

Polvorín

Resulta triste comprobar cómo la ejecución de una persona se convierte rápidamente en un motivo más para la mofa a través de unas redes sociales en las que parece ser que todo cabe, incluso una absoluta falta del respeto al honor, a la intimidad y a la propia imagen de alguien que, por ostentar o haber ostentado cargos públicos, ve como dichos derechos fundamentales, se diluyen y le esquivan hasta hacerlos objeto de un escarnio sin cuartel en el que la impiedad se cobra también otras víctimas, las colaterales, que no pueden llorar el dolor de un tiroteo en plena calle.

No obstante, al común se le llena la boca exigiendo respeto cuando la burla le afecta y es entonces cuando enarbola términos grandilocuentes para denunciar su situación, que encumbra de un modo exasperante. Pero ese mismo individuo, que magnifica las pequeñas afrentas de las que es objeto, es el que no se comide a la hora de justificar su mordacidad, amparándola en trayectorias forjadas sobre rumores, que, carentes de cualquier solidez documental, corren de boca en boca atrapando a oyentes ávidos de cotilleos. Espectadores que, en su conformismo, confunden curiosidad con morbo y  que ni siquiera cuestionan los datos que, sin filtros que garanticen su veracidad, encajan con aquello que quisieran creer.

Esas tragaderas y esa absoluta contradicción moral son las que propician esa corrupción que, haciéndonos eco de cualquier información, creemos querer combatir. Y es por ello que erramos una y otra vez en nuestro propósito, un objetivo que pierde su nobleza cuando se sustenta en patrañas y en risas fatuas.

Un asesinato es lo que es y nada lo justifica. Ni siquiera una inculpación judicial o el hartazgo general ante los desmanes de la acción política. Nada puede convertir en plausible un ajusticiamiento, pues este pierde su significado cuando se deriva del sentir de una persona que, cargada de iracundia y rea de su desdicha, decide erigirse en juez y verdugo, como en los tiempos del terror, en los que un tiro en la nuca ni siquiera nos sorprendía, pues, en esa guerra sin logros, se había hecho del horror algo cotidiano.

Esta ejecución, en todo caso, debe llevar a una profunda reflexión de quienes priorizan el capital sobre el ciudadano, pues este asesinato no es más que una prueba de la inestabilidad de una masa a la que la desfachatez creciente del capital, que alimenta su ira, ha convertido en polvorín.