Una sociedad estancada en sus vergüenzas

El machismo se sirve de las redes sociales para continuar extendiendo una sinrazón que cosifica a la mujer al tiempo que exige al hombre representar un rol que lo deshumaniza

Las redes sociales parece que se han convertido en el paraíso para quienes defienden la desigualdad y la agresividad. Desde mensajes que exaltan la violencia de género a través de twitter o de facebook a convocatorias de un bloguero para, el pasado 6 de febrero, festejar el ultramachismo. Las marchas por la desigualdad, que se iban a producir en 43 países, fueron finalmente canceladas; pero el argumento para hacerlo fue que en ellas no se podría “garantizar la seguridad o privacidad de los hombres” participantes. Concluyo que, pese a las protestas multitudinarias, las mujeres continúan siendo para quienes pretendían participar de ellas ese atrezzo cuya violación, opinan, debería dejar de ser considerada como un hecho punible.

Anuncio censurado

Este anuncio en el que el reclamo es violentar a una mujer fue retirado en España, junto a toda su publicidad, por Dolce&Gabbana que quería, de este modo, “proteger su creatividad” ante el “clima de censura” sufrida en el país.

Minimizar la importancia de este tipo de agresiones va en consonancia con las creencias del arzobispo de Granada, quien aseguraba en 2011 que el hombre puede abusar de la mujer que aborta. Por tal despropósito, no ha sido encausado. Incluso, próximamente, podría ser ascendido, pues se baraja que pasará a formar parte de la Curia Vaticana. Esto, pese a que, a estas declaraciones intolerables, hubo de sumar también otra mácula: su mala gestión en lo referido al mayor escándalo de abusos a menores perpetrado por el clero en España.

Pero el machismo no parte solo de grupos de hombres que no han logrado adaptarse al necesario devenir social y que se amparan en la colectividad para lanzar su proclamas misóginas, como ocurrió, por ejemplo, hace algo más de un año en un partido de fútbol. Ni siquiera se ciñen al ámbito de la publicidad más simplona, en la que el reclamo es la provocación y no la calidad del producto.

Sorprende hallar, también en las redes, las opiniones y consejos de algunas mujeres, que alientan un comportamiento de servidumbre: de conformismo con lo que, para ellas, haya estimado oportuno su macho alfa.

A su juicio, la que carezca de fuerzas de heroína es mediocre; pues, para ellas, la que accede al espacio público no solo ha de ser eficiente en su trabajo, sino que ha de continuar llevando en exclusiva el peso de su familia. Y a esta carga global la maquillan, llamando a quien la asuma “dueña” de su hogar, un título que no es más que el resumen de una retahíla de tareas que, salvando las consabidas críticas que habrá de afrontar, la podrían llegar a convertir en la perfecta esposa y en devota madre.

La mujer diez no puede descuidar ningún aspecto de su vida y mucho menos relajarse en el ámbito doméstico. Es lícito que abandone la esfera pública, puesto que su esfuerzo laboral no adquiere ni relevancia ni significado. De hecho, salarialmente rara vez se verá recompensado, pues a ella se le presuponen una mayor tibieza en el ejercicio de responsabilidades de mando y un potencial absentismo derivado de sus obligaciones familiares, como el cuidado de hijos, ancianos y enfermos. Su eficiencia está en constante entredicho y, aunque su producción pudiera ser mayor a la de otros compañeros, se presume que esta podría mejorar si no estuviese ocupada en tareas propias de su género. Por ello, no resulta extraño escuchar que las mujeres cualificadas son las más discriminadas en cuanto a retribución se refiere.

Tampoco es raro toparse con el menosprecio al que se somete a las que no toleran conductas, acepciones o lenguaje sexistas, y que, constantemente, reciben descalificaciones por parte de quienes son incapaces de hallar argumentos fiables y sólidos que sustenten sus teorías de persecución al hombre y a lo que este representa.

Pero, hay comportamientos de discriminación aun más evidentes: es terrorífico leer que, según datos de 2015, el 35 por ciento de las mujeres ha sufrido en algún momento de su vida violencia (física, sexual o ambas) por parte de su compañero sentimental o por parte de otra persona, algo estrechamente ligado la cosificación de la mujer, que continúa incesante. Muchas de las afectadas silencian aquello que las atormenta, pues o bien les avergüenza ser objeto o bien creen que serán tildadas de histéricas. Muchas consideran que son ellas las que han fracasado y a otras, desde su entorno más cercano, ni siquiera las creen, algo que contribuye a otorgar razones al que abusa. No hay que olvidar que, para muchos, el machismo está tan arraigado que ni lo perciben como tal.

Entre todas las víctimas, se hallan las que fueron progresivamente aisladas y de estas, algunas, demasiadas, jamás volverán a tener voz. Su muerte, eso sí, es el fin de su infierno.

835 mujeres perdieron la vida a consecuencia del machismo desde 2003

La Delegación del Gobierno para la Violencia de Género dispone de datos desde 2003. Anteriormente, a lo sumo, se hablaba de crímenes pasionales, a los que se les rodeaba de cierto halo de romanticismo, de un “la maté porque era mía”.

Del total cuantificado hasta la fecha, 59 mujeres fueron asesinadas en 2015; y, con ellas, 51 niños quedaron huérfanos de madre.

Datos del Portal Estadístico de la Delegación de Gobierno para la Violencia de Género

Datos del Portal Estadístico de la Delegación de Gobierno para la Violencia de Género

Pero la lacra del machismo teje su red día a día. Así, en 2016, los datos para la vergüenza hablan ya, de diez víctimas mortales. Diez, en tan solo 51 días. Ocho fueron asesinadas en enero, al igual que ocurrió en 2003, 2011 y 2012. Pero, en 2006, la cifra fue incluso superior.

Datos extraídos del Portal Estadístico de la Delegación para la Violencia de Género

Datos extraídos del Portal Estadístico de la Delegación de Gobierno para la Violencia de Género

Desde 2003, el único mes para la esperanza, fue enero de 2009, cuando ningún agresor acabó con ninguna vida. No obstante, sí se registraron llamadas al 016 y, de estas, 6.010 fueron consideradas pertinentes.

El machismo se traduce en padres que entierran hijas, en hermanos que no vieron el sufrimiento hasta la despedida, en niños huérfanos, en amigas aisladas… Y acrecienta su virulencia en periodos vacacionales. Los más luctuosos, los referidos al estío (fueron tremendos junio de 2007 y de 2010; julio de 2010; y agosto de 2003, 2006, 2008 y 2014) y a diciembre (en 2004, 2008 y 2015 fue cuando se registraron más asesinatos).

Datos del Portal Estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género

Datos del Portal Estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género

Las cifras invitan a la desesperanza, especialmente cuando hablan de un aumento de este tipo de crímenes, pero es precisamente el goteo diario el que no nos permite el desánimo. Cada asesinato es un toque de atención, una llamada a la lucha al grueso de la sociedad.

Los informaciones que maneja el Gobierno no entienden de edades ni de procedencias, pero sí son consecuencia directa de la violencia que día tras día sufren centenares de mujeres en este país.

Pero no todas las que la padecen piden ayuda, ni siquiera ante su entorno más cercano. Solo 165 de las 835 mujeres asesinadas desde 2003 habían denunciado a su agresor y en 200 casos no consta si lo habían hecho. Esto se repite en los últimos catorce meses: solo trece de las 59 víctimas mortales en 2015 y solo dos de las diez asesinadas en 2016 habían denunciado ser objeto de maltrato.

De las denuncias presentadas en 2015, nueve fueron efectuadas por la propia víctima. Las otras cuatro fueron presentadas por terceros. A estas trece peticiones de ayuda, se sumaron en 2015 las 81.969 llamadas al 016 que fueron calificadas el pasado año como pertinentes.

Llamadas pertinentes, desde 2007, al teléfono de ayuda 016, según los Datos del Portal Estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género

Llamadas pertinentes, desde 2007, al teléfono de ayuda 016, según los Datos del Portal Estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género

Del total registrado en 2015, 21.470 llamadas fueron efectuadas por familiares o allegados y 2.047, por otras personas. Las restantes peticiones de ayuda se hicieron a iniciativa de la víctima.

Así las cosas, el total de denuncias cuantificadas en 2015 fue de 96.021, cifra que se sitúa por debajo de las que se tramitaron en años precedentes.

El primer paso en firme para erradicar esta lacra se dio el 8 de octubre de 2004, cuando el Congreso aprobó por unanimidad la Ley Integral contra la Violencia de Género (Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género). Pero ese mismo año, 72 mujeres perdieron la vida a manos de alguien en quien confiaban; de alguien a quien les unía o les había unido una relación sentimental; de alguien que, seguramente, les había dicho uno y mil “te quiero”. No consta si alguna de ellas había interpuesto denuncia.

La aprobación de la nueva ley, en la que por fin se definía violencia de género, supuso una bajada en la cifra de mortalidad, pero, tras esta, se sucedieron varias subidas consecutivas. El año más aciago, 2008, cuando a 76 familias les arrebataron a sus hijas, a sus nietas, a sus abuelas, a sus hermanas, a sus primas, a sus sobrinas; cuando a decenas de niños les dejaron sin madre.

Y entonces, llegó la crisis. Y esto supuso una bajada en el número de denuncias, pero no en el de mujeres que malviven aterradas, presas de la inseguridad que les provoca salir a la calle o incluso permanecer en sus casas, haya o no orden de alejamiento, y convivan o no con su agresor. Y, así, lejos de ser un refugio, hasta el hogar se transforma en cárcel.

Silenciar el problema, no implica su desaparición, sino que este se torna más atroz. No hay que olvidar que, hasta hace bien poco, la mujer apenas tenía cabida en la esfera pública y, a día de hoy, muchas mujeres sufren la herencia de esa época de yugo doméstico. Por ello, miles de mujeres de edad avanzada ni siquiera se reconocen como víctimas, sino que se resignan a perpetuar comportamientos aceptados socialmente en un pasado que aun semeja reciente y a ser presas de los dictámenes de una tradición en la que a la mujer no le estaba permitido comandar su vida. Otras, lo asumen como parte inherente al amor y confunden control con cariño, mimo o atención.

Aterra ver que parejas jóvenes, presuntamente educadas en la igualdad, aceptan roles de posesión y sumisión y, aunque muchos ni se percaten, otros sí son conscientes de representarlos.

En cualquier caso, los actos criminales parten de comportamientos previos sibilinos, que, en sí mismos, no pueden desatar las alarmas. Y, así, la agresividad va en progresión ascendente: comienza por un reproche o un consejo, hasta que poco a poco el maltratador se hace con la voluntad de su víctima hasta anularla. Y el despertar, cuando llega, llega a veces tarde, con daños muchas veces irreversibles para las víctimas y con daños, también, colaterales. De ahí que se insista en la concienciación hacia la denuncia del maltrato, sea o no propio, para no tener que lamentar la quietud ante lo que, a priori, podría considerarse exclusivo del ámbito doméstico. No hay que olvidar que, como decía la magistrada Verdejo en el especial de Salvados cualquier persona interviene ante una pelea callejera, pero no actúa con igual prontitud si se trata de un caso de violencia de género.

El año pasado, por primera vez desde 2008, aunque descendió el número de denuncias, se produjo un repunte significativo en el número de llamadas de auxilio. Pese a ello, los cobardes que solo saben expresarse a través del lenguaje del terror, continuaron golpeando, zahiriendo, algunos matando. En cualquier caso, me quedo con el mensaje de Marina, también en Salvados, a través del que recordaba que miles de mujeres sí han logrado salir del infierno. Son las supervivientes, el ejemplo de que sí se puede salir del infierno y de que sí se puede, poco a poco, ir curando todas las heridas.

En España, Polonia, Austria, Chipre y Croacia, somos las afortunadas de Europa, pues se presupone que hay una menor incidencia. Pero se desconocen las cifras reales de mortandad en el continente a causa del machismo. En todo caso, la violencia de género sigue siendo la principal causa de muerte de las mujeres en un mundo en el que se hacen oídos sordos a los sometimientos más atroces.

El camino hasta que ni una más sufra de esta violencia continúa siendo muy largo, angosto y empinado, pero ya se han dado pasos. No se pueden escatimar esfuerzos de acción y concienciación para, con ellos, seguir avanzando.

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París era una fiesta

Y la barbarie nos la ha truncado

 

7 de enero de 2015: once personas son asesinadas en la sede de Charlie Hebdo. Los artífices, dos hombres enmascarados que, al grito de “Al.lahu-àkbar”, tirotean a cuantos se hallaban en ese momento en las oficinas de dicho semanario satírico francés. El objetivo, acallar la libertad de expresión en nombre de Al Qaeda.

Al atentado, le sucedieron dos más; y, con ellos, llegaron nuevas víctimas, más muertes. En total, 17. La alerta estaba en su nivel más alto; y, mientras el mundo expresaba su consternación y solidaridad (Je suis Charlie), la ciudadanía gala se unía en protesta. Dos millones de personas, entre ellas cuarenta líderes mundiales, ocupaban la capital para mostrar su repulsa ante la barbarie. Fue la mayor manifestación de cuantas ha albergado la ciudad de la luz, pese a que las concentraciones se produjeron también en toda Francia y en otras ciudades de Europa, América, Oceanía…

París no volvería a ser nunca igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad (Hemingway, Ernest; ‘París era una fiesta’; 1960).

Pero tanto la prensa como la ciudadanía querían dejar claro que nadie les arrebataría sus derechos, que nadie les acallaría. Y es que París, con su Rive Gauche (distritos V y VI) como estandarte, es sinónimo de inquietud cultural, de pensamiento, de arte, de libertades, de bohemia. París es el reflejo de lo que muchos quieren silenciar.

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas a donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue. (Ernest Hemingway, en una carta enviada en 1950)

Por eso, los indignos buscan alentar allí el miedo; y con él, alimentar una xenofobia que garantizaría a los fanáticos un dominio absoluto sobre los que consideran suyos: sobre cualquier musulmán, que quedaría a su merced ante el rechazo internacional, ansiado por los criminales.

13 de noviembre de 2015: masacre en París. Decenas de personas (más de cien) son asesinadas en los distritos X y XI.

La sala Bataclan se convierte en el epicentro del horror cuando un grupo de asaltantes irrumpe en un concierto.

De nuevo se escucha un grito: “Al.lahu-àkbar“.

Algunos espectadores logran salir, pero las noticias que llegan desde el interior muestran el terror y la incertidumbre: “We are still currently trying to determine the safety and whereabouts of all our band and crew. Our thoughts are with all of the people involved in this tragic situation”, comunican los Eagles of Death Metal en su fanpage de Facebook ante la conmoción internacional.

Se habla de decenas de muertos y de un centenar de personas tomadas como rehenes en una sala, con un aforo de 1.500 personas, que está completa.

La policía la toma al asalto. Resuenan los disparos.

Je suis Paris es la nueva consigna en las redes sociales.

Pero, por si la tragedia no fuese suficiente, algunos medios deciden que la realidad no les puede estropear un buen titular y se decantan por: “Música satánica para una carnicería”. No solo falsean datos para alimentar el amarillismo, sino que, en lugar de solidarizarse con las víctimas y sus familias, insultan a un grupo de rock, a sus seguidores y a aquellos a los que les gusta el death metal. Un simple click en la web del grupo solventaría su desconocimiento; pero la irresponsabilidad, una vez más, está servida; y, con ella, el descrédito de la profesión.

La masacre en la sala Bataclan es la más devastadora. Pero no la única.

Cerca de la sede de Charlie Hebdo, en el restaurante Le Carillo, perdieron la vida catorce personas; en la calle Charonne y sus cercanías fueron asesinadas otras treinta (dieciocho en el restaurante Le Belle Équipe y doce en La Petite Cambodge); y en la calle Faubourg du Temple mataron a otras cinco, en la pizzería La Casa Nostra.

Además, en las inmediaciones del Stade de France, donde se enfrentaban las selecciones de Francia y Alemania, se produjeron tres explosiones, una de ellas provocada por un hombre que, al parecer, había intentado entrar en el estadio.

De allí, es evacuado François Hollande; y, mientras se busca garantizar la seguridad de las dos selecciones, las 80.000 personas que habían acudido al encuentro salen a la calle entonando La Marsellesa. Valentía, orgullo, tristeza… Demasiadas emociones acompañando su marcha hacia una realidad llena de incertidumbres, pero que, a priori, ya semejaba tremenda.

Las reacciones no se han hecho esperar; entre ellas, la de la ultraderechista Marine Le Pen, que les sigue el juego a los terroristas al afirmar que “hay que expulsar a los extranjeros que predican el odio sobre nuestro suelo”.

Los criminales no son ni serán, pues, los únicos cuestionados; y eso les complace. Con ellos, sufrirán las consecuencias de su fanatismo aquellos que comparten su origen o religión; aquellos que tal vez hayan llegado a Europa huyendo de sus países y del yugo al que los quieren someter los radicales; aquellos que ahora serán puestos también en la mira del rencor.

Por el momento, solo se ha identificado a uno de los terroristas, de nacionalidad francesa, que ya estaba siendo investigado por sus conexiones con el yihadismo.

Pese a ello y pese a la sucesión de atentados acaecidos tras el ataque al semanario satírico en enero, varios asesinos camparon ayer por París a sus anchas cargados de cinturones explosivos y fusiles de asalto; y, pese a los indicios registrados estos días, lograron atentar en una única noche contra Francia, Alemania y Estados Unidos (el grupo que ofrecía un concierto en la Bataclan es californiano). Todo, sin salir de París.

El análisis, en todo caso, no puede ceñirse a la cuantificación de la masacre; ni limitarse a cuestiones de fanatismo religioso. El análisis ha de ser político e inclusivo, dado que no se ciñe a asuntos exteriores, sino que tiene que ver, en muchos casos, con las políticas internas que favorecen el descontento social, que es, a fin de cuentas, el que propicia la radicalización y lleva a la barbarie.

Las víctimas de la marginalidad, la desigualdad, la pobreza y la xenofobia caen en el desánimo y ello hace que claudiquen fácilmente ante quienes les ofrecen pertenencia a grupo y protección. Son objetivos a reclutar, dado que son maleables y su capacidad de decisión se inutiliza, puesto que, sometida por promesas de felicidad y recompensa eterna, deriva del adoctrinamiento.

La respuesta al fanatismo y al terror que este provoca ha de ser unánime, contundente y ambiciosa; y debe analizar rigurosamente la coyuntura que favorece el odio, pues, de otro modo, ni se corregirá ni se minimizará.

Los atentados no son el objetivo, sino el medio del que se valen quienes guían las masacres para hacer partícipe a Europa de su odio irracional; y para detonar, con los asesinatos, una contienda que implique a toda la comunidad internacional.

Pero los parisinos, los directamente atacados, no solo resisten, sino que, con su hashtag #PorteOuverte, nos dan una lección de solidaridad al abrir sus casas a cuantos se vieron obligados a hacer noche en la ciudad. Nos enseñan lo que es hacer frente al miedo. Nos muestran lo que implica la palabra valor.

París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. (…) París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices (Hemingway, Ernest; ‘París era una fiesta’; 1960).

 

 

Un resorte para la conciencia

Ayer las redes se tiñeron de dolor, un dolor punzante, agudo. Un dolor que debiera ser crónico, pero que, sin embargo, resulta rancio y maloliente cuando parte de aquellos a los que, cotidianamente, se les llena la boca de bravatas xenófobas.

Duele la imagen que ocasionó la conmoción, pero también la hipocresía de quienes olvidan que todo ser humano tiene derechos fundamentales y que estos son irrenunciables.

En la fotografía, un niño inerte: muerto en una playa. Un niño que, con solo tres años, huía de su casa, de su país, de una guerra. Un niño de infancia truncada, llena de miedos.

Su historia resume cientos de finales. Es una más. Es la historia de los que, para escapar de la muerte, compran un pasaje a un infierno de inanición en el que planea constante la sombra del naufragio.

El coste de vidas, inasumible, rara vez llega a portada. Y, mientras unos mueren, el goteo de personas que se encaminan al fracaso se mantiene inalterable. Su objetivo, arribar a una Europa en la que han de enfrentarse a un nuevo drama: el ocasionado por la sinrazón de aquellos que dicen representar al primer mundo y que, sin pudor, exhiben su mediocridad en cada argumento. Lo único claro es que las barreras y la soberbia limitan cualquier avance.

Los infortunios del ser social

La actitud crítica es innata al ser humano, al igual que su miedo sistemático a lo desconocido, a aquello que difiere del orden preestablecido en el que el individuo se ha integrado y que, por tanto, constituye su área de confort, por mucho que, en ocasiones, disienta de ella. Este temor se manifestó secularmente en pequeños gestos o en grandes gestas y hoy en día se vale de una pantalla como escudo a partir del que lanzar cualquier ataque. Las redes sociales se compartimentan en vitrinas en las que exhibir egos, catalogados y estructurados en función de las particularidades que los distinguen y que son las que les avalan para sentir esa pertenencia a grupo que tanto les complace.

Cuando la cobardía se traduce en prepotencia, algunos se creen con patente de corso para afear conductas ajenas. Y lo hacen incluso obviando aquellos valores que, a conveniencia, acostumbran a usar como estandarte. Pero, si un arma de ridiculización intergrupal resulta absurda, es aquella que señala el mal uso del léxico o la precaria ortografía del otro. Y lo es porque se pretende un análisis comparativo grupal sin atender, para ello, a los modos de expresión de muchos a los que asumen como iguales.

La incorrección campa a sus anchas por las redes sociales, pero es el individuo y no el colectivo el que, casi con orgullo, la propaga. Su objetivo, en un mundo supuestamente globalizado, es comunicar; y culpa al receptor de su incapacidad para entender un mensaje estructuralmente ininteligible.

Resulta lamentable este retroceso y más teniendo en cuenta que hace apenas un siglo, cuando el acceso a la alfabetización era minoritario, en países de habla hispana ya podíamos presumir de haber alumbrado a grandes de la literatura universal. Despuntaban por su creatividad, pero también por su dominio de la retórica y de sus figuras, y por un manejo de la lengua que resultaba exquisito. Conocían el léxico y se valían de su riqueza para jugar con las palabras y hallar la exacta. Conducían la entonación a través de construcciones inequívocas y cada signo ocupaba su lugar, sin dejar espacio al malentendido, ni siquiera entrelíneas.

Pero ahora, pese a que en muchos países se apuesta por la escolarización obligatoria y pese a que muchos se jactan de su bilingüismo o trilingüismo, nos encontramos con miles de personas incapaces de plasmar gramatical y ortográficamente aquello que quieren expresar. Aplicaciones de mensajería y redes sociales, lejos de servir como herramientas de comunicación, se usan para mancillarla, llenándola de ruido y ensombreciendo el mensaje. Producto de esta incomprensible desidia, surge el malentendido y, en algún caso, la ofensa. Y se llena, así, el espacio virtual de discusiones vacías y, en ocasiones, hirientes. Estas últimas protagonizadas no solo por quienes maltratan la lengua, sino por aquellos que olvidan que, aunque la libertad de expresión es un derecho fundamental, nunca prevalece sobre otros, como el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, tantas veces pisoteados.

Este comportamiento irreflexivo tiene mucho que ver con lo previamente aprendido, pues ninguna enseñanza lleva a la excelencia cuando se entretiene en particularidades, olvidándose del conjunto que las engloba. Es por ello que urge una reflexión para que, a partir de los grupos que inciden en la conformación de la personalidad del educando, se apueste por individuos completos y capaces, y en la que, al mismo tiempo, se establezcan las bases para que alcancen el máximo desarrollo de su potencial. Un paso para lograrlo es contribuir a desplegar ese instinto que les lleva a aprender y a superarse, en lugar de acallarlo bajo el cobertor de la pertenencia a grupo, que no es más que una maraña asfixiante.

Dicen que está de fiesta,…

… pero, para muchos, hace tiempo que la jornada electoral ha perdido ese significado. Caminan, pues, con desidia, para acercarse a una mesa en la que depositar su pequeño aporte a la esperanza, en la que ya no creen. Tampoco lo hacen en la democracia, que parece diluirse día a día en un maremágnum de intereses cada vez más alejado del pueblo, que es, a fin de cuentas, el que lo sustenta.

Marina

A los descreídos, la mirada les delata. Está agotada de tantas cuitas. Y arrastran ese peso hacia un voto conformista, al compás que les marcan aquellos que alcanzan sus victorias alimentando miedos.

Otros, sin embargo, vacilan. No quieren empoderar a quienes cimientan su presunta vocación de servicio en un despotismo que dista de ser ilustrado. Pero se dejan llevar por el machacón voto desperdiciado y se autocensuran.

Voto conformista, voto nulo, voto en blanco, absentismo. Y, entre todo ese dolor, se atisba también la ilusión. La de quienes ejercen su derecho por primera vez y la de quienes, pese a todo, mantienen intactas sus convicciones, apuestan por su conciencia y, analizando los pros y los contras de cada opción, acuden a las urnas sin dejarse amilanar por dimes y diretes.

Debate sobre el estado de la nación

O cómo evitar que la realidad estropee la diversión

Amparados en lo que se atreven a tildar de datos, los oradores niegan la tempestad como propia y los que dicen atisbarla sitúan su epicentro, tal vez, allá por el Mediterráneo. Así, mientras unos representan su particular pantomima del rifirrafe, otros, los espectadores, intentan lidiar con una realidad de calma tan pasmosa como la que ayer se vivía en el Cantábrico (entiéndase, aquí, la ironía).

 


Costa de Lugo – A Mariña Occidental – Municipios de Viveiro, O Vicedo y Xove – Ría de Viveiro – Playa de Portonovo – Isla Coelleira

Involución programada

Hace no mucho tiempo, diría, de hecho, que fue ayer, la ciudadanía aspiraba a formarse, a aprender. Quería mejorar sus opciones y trabajar en pro de un bien común ulterior.

Sin embargo, hoy en día la masa, tan apática como maleable, se decanta por la mediocridad como refugio y aplaude, sin mesura, a aquel a quien ha decidido encumbrar. No elige al que encabeza a un equipo de investigación sanitario; tampoco al que se deja la piel en evitar el emponzoñamiento sistemático del entorno, cada vez más devaluado; ni siquiera a quien arriesga su vida para garantizar el mantenimiento de aquellos derechos que, reconocidos internacionalmente, hoy machacan gobiernos, patronales, sindicatos, religiones… como si, para ello, estuviesen legitimados; y lo hacen con tal saña que el pueblo, cautivo de sí mismo y de sus miserias, acepta rescindirlos sin una lágrima, casi sin un parpadeo; como si un velo opacase el sudor y la sangre con los que fueron forjados.

El populacho corona líderes en los que mirarse, a los que admirar y a los que envidiar; y, pervertidas sus aspiraciones evolutivas, envanece a gentes que, a fin de cuentas, son similares al grueso. Lo extraordinario no radica en su inteligencia o en su nobleza. Son gentes con dinero, con estilo, sin vergüenza. Gentes a quienes no les sonrojan sus carencias, y mucho menos las que a cuestiones éticas se refieren. Gentes que rezuman simpatía, pero incapaces para el afecto. Gentes que se rodean de una corte ciega, a la que ni siquiera la halitosis le desvela que, bajo las carillas estéticas, no hay más que huellas de una podredumbre en ciernes. Y que a la máscara, la llama carisma; a la cirugía, belleza; y a la amoralidad, Dorian Gray.

Acólita de la chabacanería y de los malabares con la legalidad, jamás duda. Solo habla de cercanía, sencillez, trabajo, tesón o, tal vez, de simple buena suerte. Acepta, jalea y, si es menester, calla. Incluso cuando la corrupción se vuelve hedionda, hay quienes niegan o justifican. También, quienes se compadecen, pese a que, vapuleados por la sinrazón que alientan, son incapaces de sentir lástima de sí mismos o de sus congéneres.

Pero la estupidez, en su voracidad parasitaria, se ha adueñado de una ciudadanía regodeada en sus miserias y que, temerosa de la luz, profundiza en la caverna y se aventura hacia el abismo, culpando a los medios, eso sí, de programar su torpeza.