La necedad y la cobardía

En una sociedad insana, como la que cultivamos a diario, ha llegado a adquirir tintes de normalidad el hecho de que la sinceridad resulte dudosa al oyente que, bregado en mil engaños, cuestiona mecánicamente cuanta información le llega. El problema es que lo hace atendiendo a unos protocolos aprendidos que, a la larga, no responden a su propósito, dado que, conocidas las reglas, pueden ser manejados a su antojo por el artífice de un engaño o incluso pueden ser inconscientemente manipulados por quien escudriña en la búsqueda de algún resquicio por el que pudiera haberse colado la falsedad. En todo caso, las conclusiones pueden ser erradas y, por tanto, ineficaces.

Al que todo lo cuestiona, hay que sumarle otro tipo de individuo: aquel que recrea los hechos hasta otorgarles significado, concretamente, el que se ajusta a sus intereses. Es usual toparse con algún “lumbrera” que, sin ningún tipo de argumento, ni verbal ni no verbal, con el que respaldar su teorización, adivina “intenciones”, “necesidades” o “realidades”. Y lo hace en nombre de cualquier sujeto, sea o no conocido, adelantándose así a sus deseos o guiándole para encauzar mejor sus acciones o incluso sus pensamientos. Y endiosa, y demoniza. Y se encarama, para ello, en un pedestal de soberbia desde el que todo semeja a su alcance. Todo salvo el suelo, que es el que, a fin de cuentas, sostiene y condiciona al que es tan alegremente juzgado, y que determina las raíces que definen las conductas.

Nos hallamos, pues, ante un ignorante supino, pero un ignorante que, a fin de cuentas, se cree feliz. Desde su atalaya intangible, que le aleja y al tiempo le protege de cuantos lo rodean, cimienta una presunta astucia que, a su vez, da soporte a su autoconcepto, que se eleva, aparentemente, sin toparse con ningún obstáculo. Y esta percepción, que le lleva a ser en ocasiones magnánimo y condescendiente, es la que le impulsa a perpetuar esa sensación. Una sensación que, no obstante, solo se vuelve real y sublime amparada en su carácter efímero. Volverla perenne, pues, la transforma en mediocre y, como consecuencia, en irreal, por más que parezca nutrir a los ilusos.

La necedad, esa que nos permite amoldar la “realidad” a nuestra conveniencia, es la que nos sitúa en ese estado de armonía, de comunión con una sociedad a la que creemos entender y que, por contra, se nos escapa a través de las individualidades, que son las únicas capaces de otorgarle lustre: de hacerla crecer. Por eso, es preferible bajar al suelo y exponernos a la fragilidad, dado que es esta la que, a través de la experiencia, nos pone alerta y nos permite firmeza en el paso. Es esa vulnerabilidad, conocida, la que nos capacita para medir, para analizar, para apreciar, para desechar. Ningún cobarde, ni siquiera aquel que maquilla la realidad a su antojo, es capaz de sentir realmente placer o dicha. Cree, seguramente, que ya no puede aspirar a más, dado que en su caparazón se siente protegido, incluso pleno. Pero le falta el aire; le falta vivir; le falta reafirmar su yo; le falta equivocarse, para poder resurgir; le falta experimentar y, por tanto, aprender. Le falta todo, puesto que de lo que se protege es de su propia naturaleza, y es que esta es la que más le aterra y decepciona.

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Debates sin altura

Analizar de un modo simplón los resultados de unos comicios lleva a conclusiones de la misma índole. Y, lamentablemente, ese es el cariz que llevan tomando, durante años, ciertas tertulias y ciertas entrevistas en las que los turnos se agotan en las menudencias y reiteraciones acordes a unos invitados que no están a la altura de los grandes temas y se escudan, para esconder sus carencias, en los ya conocidos. Mientras, a los interpelados se les corta cuando quieren llegar a la enjundia o antes incluso de que puedan ejercer su derecho a réplica, merced a la tiranía de los tiempos en radio y televisión.

Anoche resultó curioso escuchar el debate de La Sexta, en el que unos y otros se quejaban de que uno de los participantes tenía más voz que el resto. Una queja absurda e inútil cuando en todas las intervenciones se le aludía como presunto gran vencedor de los comicios europeos en España. Y digo presunto dado que, pese a lo espectacular del resultado de un partido naciente (con aparentemente solo cuatro meses de vida pero muchos más de germen), cinco escaños son insuficientes para tener un peso real en las decisiones a adoptar en Europa.

La victoria que le envidian no tiene que ver con el programa, que se asemeja a otros que llevan años sobre la mesa y que fueron silenciados a través del discurso del miedo y del voto útil. Ni siquiera se puede vincular únicamente con el hecho de que el partido es encabezado por una persona mediática, sino con la certeza de que esta y el programa que defiende fueron capaces de ilusionar a una ciudadanía aletargada durante años. Pero esto fue posible gracias a que esta misma sociedad fue despertada a golpes de realidades perniciosas, que se tradujeron en recortes salvajes que atentaron y atentan de un modo directo contra los derechos fundamentales recogidos en el Título I de nuestra Carta Magna; esa que, allá por 1978, recogía la necesidad de proteger más libertades que las que actualmente se ponen a nuestro alcance.

Los asistentes a dicha tertulia se olvidaron, por tanto, de algo muy importante: el éxito de Podemos es, sobre todo, una muestra del sentir de la calle y de lo que este sentir está gestando. Obviar esta evidencia se puede traducir como una falta de respeto a la ciudadanía y esta, como pudieron comprobar, responde a dicho atentado en lugares públicos y, aunque tímidamente, también en las urnas. La sociedad comienza a abandonar su indiferencia, pese al descrédito que algunos han ganado a pulso y al que han arrastrado a las formaciones a las que representan, y ha apostado por exponer su disconformidad con una gestión de pleitesía. No obstante, para los que sí creen en la necesidad de un resorte que devuelva esplendor a la democracia, tanto la abstención como el pronóstico errado de quienes aspiran al inmovilismo han de ser marcadores a tener en cuenta. Solo a partir de ahí se puede hacer un balance algo más cercano al hecho social que, a fin de cuentas, está evolucionando y que es preciso encauzar a fin de que no se pervierta. Pero, atendiendo a la circunstancia de que la indiferencia ciudadana sirve a determinados intereses, la calle también ha de reflexionar, en lugar de confiar sus conclusiones y decisiones a aquello que opinan otros.

Todo este cansancio y todas estas ganas de cambio se materializaron en el éxito inesperado de Podemos, pues aunaba la inquietud de la masa y sus ganas de que un revulsivo rasgase las caretas de lo imperante con la capacidad de consulta y de escucha. No en vano, para idear sus líneas básicas de acción se entrevistó con expertos, a fin de conocer de primera mano el potencial de sus propuestas y de determinar así cuáles sí eran factibles. Esto debiera dejar sin argumentos a unos tertulianos que, como principal arma arrojadiza, quisieron tildar de irreal y utópico un programa sustentado en un alarde de trabajo y reflexión. No obstante, perdidos en su propio discurso, se situaron en un extremo u otro en función de dónde soplase el viento, al tiempo que asumieron el hecho de que reconocer públicamente sus errores hubiese sido demasiado impopular de cara a su electorado, acostumbrado a oír, a veces a asentir, y siempre a callar.

Ante el fracaso, se intentó utilizar la misma trampa con uno de los representantes más conocidos de IU, al que se le exigió que ejerciese de vidente y expusiese si habría y hacia dónde irían los posibles pactos. Sin embargo, supo capear el temporal con mesura y prudencia, sabedor de que los votantes de la izquierda, la que se escribe con mayúsculas, no tolerarán según qué alianzas. Especialmente si estas se hacen con aquellos que, con sus políticas de mínimos y quedabien, avergonzarían a cuantos se dejaron la piel y la vida en la lucha.

Sumar es la respuesta, pero la suma no puede implicar restas. La suma debe ayudar a construir, nunca a ralentizar o a dejarse embaucar por el conformismo.

Tanto en la tertulia como en la entrevista se aludió también a la casta, intentando definirla en el primer caso e identificarla dentro de una formación con larga trayectoria en el segundo. Es evidente que, en cada círculo amplio, existen voces disonantes que, en muchas ocasiones, permanecen años ocultas y libres de sospecha. Voces que, en todo caso, estarían dispuestas a traicionar la ideología a la que representan a cambio de poder, dado que un ego desmesurado siempre ha de ir de la mano de un ser mediocre. Es por ello que no solo a los partidos con solera les toca analizar y hacer limpieza, sino que a los emergentes les corresponde también estar prevenidos y alerta, a fin de que en sus filas no se cuelen este tipo de personajes que, sin que les tiemble el pulso, son capaces de corromper la idea primigenia a fin de abrillantarse el ombligo.

Se abordó también la existencia de similitudes entre el programa de Podemos y el de IU y el hecho de que el primero lograse un éxito inaudito para un partido incipiente, mientras que el segundo simplemente mejorase su posicionamiento con respecto a los comicios anteriores, algo que algunos achacan a la capacidad de unos y de otros para darse a conocer, para comunicar y para hacerse un hueco en los medios. Esto está centrando muchos debates en foros sociales que olvidan que, en la actualidad, el que no se informa es porque no quiere y que, lamentablemente, aun hay mucha gente que no quiere, dado que, durante años, se acomodó en su presunto bienestar, que era el que le cegaba ante lo que se le venía encima. La actual IU, aunque aúna a otras fuerzas de la izquierda, hereda la mácula con la que durante años la ensuciaron a fin de garantizar la alternancia bipartidista. De ahí que sean muchos los que ni siquiera se hayan interesado por conocer su propuesta programática.

Podemos se alzó con votos que algunos creen que podrían haber ido hacia IU. Sin embargo, quienes afirman esto se olvidan de que muchos de los votantes de Podemos son aquellos que se aferran a dicha formación como si se tratase de un salvavidas y de que, una vez en tierra firme, volverán a tragarse los mismos placebos que otrora les otorgaban lo que creían que era la felicidad.

Lo urgente para esta izquierda, pues, es despertar la conciencia del individuo, mostrándole las consecuencias históricas de decantarse por la acción responsable o por el inmovilismo y, a partir de dicho conocimiento, lograr un compromiso firme. Asimismo, ha de estar integrada por cientos de individuos capaces de estar a la altura si se les exige que, en un momento dado, ejerzan liderazgo, en lugar de depender de unos referentes sin los cuales el proyecto se desvirtuaría. De este modo, si cada individuo ejerce con responsabilidad, no caben las fisuras, pues todo el mundo es reemplazable, tal y como demostró el señor Anguita, que, pese a que sigue siendo un paradigma, quiso que otros tomasen el relevo y, con esta decisión y con su ideario, sigue siendo consecuente.