París era una fiesta

Y la barbarie nos la ha truncado

 

7 de enero de 2015: once personas son asesinadas en la sede de Charlie Hebdo. Los artífices, dos hombres enmascarados que, al grito de “Al.lahu-àkbar”, tirotean a cuantos se hallaban en ese momento en las oficinas de dicho semanario satírico francés. El objetivo, acallar la libertad de expresión en nombre de Al Qaeda.

Al atentado, le sucedieron dos más; y, con ellos, llegaron nuevas víctimas, más muertes. En total, 17. La alerta estaba en su nivel más alto; y, mientras el mundo expresaba su consternación y solidaridad (Je suis Charlie), la ciudadanía gala se unía en protesta. Dos millones de personas, entre ellas cuarenta líderes mundiales, ocupaban la capital para mostrar su repulsa ante la barbarie. Fue la mayor manifestación de cuantas ha albergado la ciudad de la luz, pese a que las concentraciones se produjeron también en toda Francia y en otras ciudades de Europa, América, Oceanía…

París no volvería a ser nunca igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad (Hemingway, Ernest; ‘París era una fiesta’; 1960).

Pero tanto la prensa como la ciudadanía querían dejar claro que nadie les arrebataría sus derechos, que nadie les acallaría. Y es que París, con su Rive Gauche (distritos V y VI) como estandarte, es sinónimo de inquietud cultural, de pensamiento, de arte, de libertades, de bohemia. París es el reflejo de lo que muchos quieren silenciar.

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas a donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue. (Ernest Hemingway, en una carta enviada en 1950)

Por eso, los indignos buscan alentar allí el miedo; y con él, alimentar una xenofobia que garantizaría a los fanáticos un dominio absoluto sobre los que consideran suyos: sobre cualquier musulmán, que quedaría a su merced ante el rechazo internacional, ansiado por los criminales.

13 de noviembre de 2015: masacre en París. Decenas de personas (más de cien) son asesinadas en los distritos X y XI.

La sala Bataclan se convierte en el epicentro del horror cuando un grupo de asaltantes irrumpe en un concierto.

De nuevo se escucha un grito: “Al.lahu-àkbar“.

Algunos espectadores logran salir, pero las noticias que llegan desde el interior muestran el terror y la incertidumbre: “We are still currently trying to determine the safety and whereabouts of all our band and crew. Our thoughts are with all of the people involved in this tragic situation”, comunican los Eagles of Death Metal en su fanpage de Facebook ante la conmoción internacional.

Se habla de decenas de muertos y de un centenar de personas tomadas como rehenes en una sala, con un aforo de 1.500 personas, que está completa.

La policía la toma al asalto. Resuenan los disparos.

Je suis Paris es la nueva consigna en las redes sociales.

Pero, por si la tragedia no fuese suficiente, algunos medios deciden que la realidad no les puede estropear un buen titular y se decantan por: “Música satánica para una carnicería”. No solo falsean datos para alimentar el amarillismo, sino que, en lugar de solidarizarse con las víctimas y sus familias, insultan a un grupo de rock, a sus seguidores y a aquellos a los que les gusta el death metal. Un simple click en la web del grupo solventaría su desconocimiento; pero la irresponsabilidad, una vez más, está servida; y, con ella, el descrédito de la profesión.

La masacre en la sala Bataclan es la más devastadora. Pero no la única.

Cerca de la sede de Charlie Hebdo, en el restaurante Le Carillo, perdieron la vida catorce personas; en la calle Charonne y sus cercanías fueron asesinadas otras treinta (dieciocho en el restaurante Le Belle Équipe y doce en La Petite Cambodge); y en la calle Faubourg du Temple mataron a otras cinco, en la pizzería La Casa Nostra.

Además, en las inmediaciones del Stade de France, donde se enfrentaban las selecciones de Francia y Alemania, se produjeron tres explosiones, una de ellas provocada por un hombre que, al parecer, había intentado entrar en el estadio.

De allí, es evacuado François Hollande; y, mientras se busca garantizar la seguridad de las dos selecciones, las 80.000 personas que habían acudido al encuentro salen a la calle entonando La Marsellesa. Valentía, orgullo, tristeza… Demasiadas emociones acompañando su marcha hacia una realidad llena de incertidumbres, pero que, a priori, ya semejaba tremenda.

Las reacciones no se han hecho esperar; entre ellas, la de la ultraderechista Marine Le Pen, que les sigue el juego a los terroristas al afirmar que “hay que expulsar a los extranjeros que predican el odio sobre nuestro suelo”.

Los criminales no son ni serán, pues, los únicos cuestionados; y eso les complace. Con ellos, sufrirán las consecuencias de su fanatismo aquellos que comparten su origen o religión; aquellos que tal vez hayan llegado a Europa huyendo de sus países y del yugo al que los quieren someter los radicales; aquellos que ahora serán puestos también en la mira del rencor.

Por el momento, solo se ha identificado a uno de los terroristas, de nacionalidad francesa, que ya estaba siendo investigado por sus conexiones con el yihadismo.

Pese a ello y pese a la sucesión de atentados acaecidos tras el ataque al semanario satírico en enero, varios asesinos camparon ayer por París a sus anchas cargados de cinturones explosivos y fusiles de asalto; y, pese a los indicios registrados estos días, lograron atentar en una única noche contra Francia, Alemania y Estados Unidos (el grupo que ofrecía un concierto en la Bataclan es californiano). Todo, sin salir de París.

El análisis, en todo caso, no puede ceñirse a la cuantificación de la masacre; ni limitarse a cuestiones de fanatismo religioso. El análisis ha de ser político e inclusivo, dado que no se ciñe a asuntos exteriores, sino que tiene que ver, en muchos casos, con las políticas internas que favorecen el descontento social, que es, a fin de cuentas, el que propicia la radicalización y lleva a la barbarie.

Las víctimas de la marginalidad, la desigualdad, la pobreza y la xenofobia caen en el desánimo y ello hace que claudiquen fácilmente ante quienes les ofrecen pertenencia a grupo y protección. Son objetivos a reclutar, dado que son maleables y su capacidad de decisión se inutiliza, puesto que, sometida por promesas de felicidad y recompensa eterna, deriva del adoctrinamiento.

La respuesta al fanatismo y al terror que este provoca ha de ser unánime, contundente y ambiciosa; y debe analizar rigurosamente la coyuntura que favorece el odio, pues, de otro modo, ni se corregirá ni se minimizará.

Los atentados no son el objetivo, sino el medio del que se valen quienes guían las masacres para hacer partícipe a Europa de su odio irracional; y para detonar, con los asesinatos, una contienda que implique a toda la comunidad internacional.

Pero los parisinos, los directamente atacados, no solo resisten, sino que, con su hashtag #PorteOuverte, nos dan una lección de solidaridad al abrir sus casas a cuantos se vieron obligados a hacer noche en la ciudad. Nos enseñan lo que es hacer frente al miedo. Nos muestran lo que implica la palabra valor.

París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. (…) París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices (Hemingway, Ernest; ‘París era una fiesta’; 1960).