Ciudadano ejemplar

El aforamiento del Rey Juan Carlos tiene un cierto halo absurdo, dado que a él debería presuponérsele la ejemplaridad. No en vano, fue hasta ahora el cabeza de la Familia Real Española, una familia que, a fin de cuentas, debiera ser referente en cuanto a actitud y comportamiento. De sobra es comentada la mesura del rey abdicado y de su cónyuge en las cuestiones más serias, su sencillez en el trato con la ciudadanía, su capacidad para contener el gesto o para expresar su humanidad mostrándose puntualmente frágiles en las cuestiones más luctuosas, su interés por las artes y la cultura, por el deporte, por la sanidad, por la educación y por el ser humano, y también, cómo no, son objeto de debate hasta en las cuestiones más frívolas como las referentes a la elegancia de su estilismo y su gestualidad, que pasa a un primer plano cuando de protocolo se habla. Todas estas virtudes, achacadas a Don Juan Carlos y a Doña Sofía, fueron transmitidas a la ahora reina consorte, una de las responsables de inculcar dichos valores a la infanta Leonor, heredera al trono de España, y a su hermana, la infanta Sofía.

Resulta, por tanto, extraño que cualquiera de los miembros de la Familia Real precise de instrumentos de dicho calibre, que garanticen que, en el caso de ser investigado, haya de ser procesado por el Tribunal Supremo. Cierto es que Don Juan Carlos pierde su inviolabilidad, pero esta también debiera ser innecesaria. De hecho, Don Felipe no solo hereda un trono, sino cuanto este comporta y la ejemplaridad, la honestidad, la responsabilidad y la lucha por el bienestar de la ciudadanía del país del que ha pasado a ser soberano, ajustándose al respeto a la legislación vigente y cimentándose en ella, debieran ser sus máximas.

En el caso del nuevo entronizado, renunciar a la inviolabilidad, optando a ser aforado, sería una determinación altamente apreciada por monárquicos e incluso por republicanos, dado que mostraría a la ciudadanía su absoluto compromiso con el respeto a la ley. Privarse del aforamiento sería, a su vez, un gesto de nobleza por parte de Don Juan Carlos, Doña Sofía, la Reina Letizia y la Princesa de Asturias, dado que solo se puede prescindir de disfrutar de este privilegio, que deberá ser refrendado por el Senado, desde la convicción y desde el respeto a cuanto conlleva la legislación vigente. Y esta seguridad se le presupone a una familia que debe ser un paradigma para el grueso de la población estatal.

No obstante, el aforamiento de los reyes abdicados, de la Reina consorte y de la infanta Leonor, que solo podrán ser juzgados por la sala Civil o Penal del Tribunal Supremo, ha sido aprobado en el Congreso un día después de que se conociese que Cristina de Borbón, hermana de Felipe VI, sigue imputada por presunto blanqueo y fraude fiscal, tal y como ha precisado el juez Castro, instructor del caso Nóos, al dar por finalizada ayer (el pasado pasado 25 de junio) una investigación que se prolongó durante cuatro años.

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Huelga de basura en Lugo

“Se reconoce el derecho a la huelga de los trabajadores para la defensa de sus intereses. La ley que regule el ejercicio de este derecho establecerá las garantías precisas para asegurar el mantenimiento de los servicios esenciales de la comunidad”. Esto es lo que reza nuestra Carta Magna en su artículo 28,2. Resulta, por tanto, hilarante el hecho de que los trabajadores que están secundando la de basura en Lugo pretendan denunciar al Ayuntamiento por la contratación de otra empresa para prestar unos servicios de recogida mínimos y más aun cuando se ha decretado una alerta sanitaria.

Los huelguistas consideran que esta no existe. Sin embargo, por más que se empeñen, no son quienes de realizar dicha apreciación. De hecho, ni siquiera le corresponde hacerlo a los gerifaltes de hospitales y centros médicos, o a los representantes del colegio de galenos, dado que, consultando nuevamente la Constitución española, nos encontramos con el artículo 43,2 en el que se especifica que “compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios. La ley establecerá los derechos y deberes de todos al respecto”. Intentar, por tanto, limitar el acceso de refuerzos que ayuden a minimizar los riesgos implicaría atentar contra los derechos fundamentales de la ciudadanía que, a fin de cuentas, es la única rehén de este pulso. Es a ella a la que le peligra la salud y es ella la que soporta el hedor que, merced a las altas temperaturas registradas durante la primera semana de huelga, inunda las calles de una ciudad en la que incluso, en determinadas zonas, resulta difícil el paso. Además, la inutilización de los contenedores, que han visto hace días sobrepasada su capacidad, facilita la acción de pequeños mamíferos, que buscan comida en la basura esparciendo así la putrefacción. Y esto, a fin de cuentas, conforma el perfecto caldo de cultivo para alimentar problemas para la salud pública.

Estos se agravaron a tenor de las fechas elegidas para iniciar la protesta, dado que, si bien los lucenses intentaron en un primer momento paliar su impacto acumulando desperdicios en sus propios domicilios y limpiando envases antes de desecharlos, la ciudad vivió este fin de semana una de sus fiestas más multitudinarias, con lo que esto conlleva. Pero la repercusión no tuvo que ver exclusivamente con las toneladas de basura generadas, el mal olor o la insalubridad, sino también con la imagen de ciudad ofrecida a las miles de personas que se acercaron a disfrutar de una celebración que, gracias al esfuerzo de los lucenses, logró ser declarada de interés turístico. Los lugareños llevan años cuidando cada detalle, desde su caracterización, hasta la participación activa en el festejo, ya sea a través de eventos teatralizados o de otros improvisados. Hacer coincidir la huelga de basura con esta cita no fue una medida de presión, sino que significó una agresión a los habitantes de Lugo y a sus sectores productivos. El más perjudicado, el turístico, dado que perdió la oportunidad de mostrar el encanto de una ciudad con potencial para resultar atractiva en cualquier época del año, algo que redundaría también de forma positiva sobre otros sectores. La huelga se traduce, por tanto, en pérdidas a corto y medio plazo, algo inaceptable en un momento en el que la situación económica exige favorecer cualquier actividad que suponga ingresos y sirva para generar empleo.

Así, aunque son legítimas las peticiones de mejora laboral de los empleados de Urbaser, no lo son los modos. No lo es el condenar a una ciudad a convivir puntualmente con la mugre. No es asumible el tener que sufrir las consecuencias de una lucha en cuya resolución los de a pie carecen de voz y voto. Y a nadie beneficia consentir mientras se pone en riesgo la salud pública. Hacerlo no implica, en ningún caso, un apoyo a la dignidad, por mucho que haya quienes se empeñen en esgrimir dicho argumento como única vía de solidaridad.

La consulta y el miedo

Pese a que muchos critican el inmovilismo del pueblo español, lo cierto es que, en los últimos años, miles de personas han abarrotado las calles para evidenciar su disconformidad con la actual situación socioeconómica y para exigir, de forma pacientemente pacífica, cambios a partir de los cuales comenzar a construir una sociedad mejor, una en la que imperen valores encaminados a garantizar que cada ciudadano pueda esquivar el hambre y el miedo, y pueda también disfrutar de esos derechos fundamentales que tanto costó plasmar en papel.

La queja recorre callejuelas, bulevares, plazas públicas. Y el grito se concreta en foros, en los que el lamento yermo se transforma, para ceder espacio a un debate del que se alimenta la creatividad. A partir de este, se buscan posibles soluciones, al tiempo que, de forma consensuada, se idean iniciativas con las que frenar los desmanes del capital y con las que volver a impulsar todo cuanto, bajo la excusa de la crisis, nos han arrebatado impunemente. El inconformismo se adueña progresivamente de cada rincón de lo físico y de lo virtual y, ya sea desde la acción o desde la abstención, se manifiesta en urnas y en hechos.

Son, en todo caso, pequeños grandes pasos, a fin de evitar el titubeo y, así, afianzar el recorrido hacia un nuevo bienestar, construido sobre la base de la solidaridad, el bien común y la igualdad. Pero la indignación ante el despropósito de políticas antisociales, que vilmente se silencia, es la que ha llevado a que las manifestaciones y concentraciones se volviesen la semana pasada multitudinarias. Y es que, en un gesto, miles de personas vieron la llave para activar un resorte que supondrá, creen, la clave para lograr un cambio real. Se trata de la abdicación del monarca, una decisión que sirvió de acicate a la ambición de una sociedad hastiada y que, ante la nueva situación, se muestra ilusionada y confía en la posibilidad de un cambio.

A la calle y a sus demandas, como no podría ser de otro modo, se une la izquierda, la real. Pero esta llama a la cautela y pide, simplemente, la consulta al pueblo, a fin de que sea este el que, a través de un mecanismo propio de esta democracia, elija el modelo de Estado que prefiere. No obstante, en lugar de optar por el ansiado referéndum, el Gobierno se ha apresurado a fechar la proclamación del Príncipe Felipe como nuevo Rey de España.

La decisión, pese a llevar meses gestándose, huele a aprieto e invita a la desconfianza, dado que implica ignorar a quienes claman por poder elegir. Esta actitud solo tiene una lectura: es una falta de respeto (una más) a la ciudadanía, que solo cuenta como voto computable y a la que solo se le consiente decidir cada cuatrienio en las urnas, atendiendo, eso sí, a una legislación que prima a los votantes de dos fuerzas sobre los de cualquier otra. Esta decisión corrompida por un sistema que muchos califican de injusto, se ensucia también con el engaño teatralizado a través del que se exhibe un programa utópico que, usualmente, en cuanto concluye el recuento, se convierte en papel mojado.

En todo caso, la aparentemente precipitada decisión gubernamental desprende también otro olor, el de la torpeza; y es que, pese al bullicio de la calle, un triunfo en referéndum del actual sistema es más que probable. La consulta sería, pues, contundente al golpear a esa izquierda y sus pretensiones, y al posibilitar que la monarquía saliese reforzada.

Sin embargo, parece ser que el miedo, la soga con la que pretenden atormentar a la sociedad, se contagia y, finalmente, es este el que marca el dictado. Y a su son, los que carecen de vergüenza, abren el baile.

Debates sin altura

Analizar de un modo simplón los resultados de unos comicios lleva a conclusiones de la misma índole. Y, lamentablemente, ese es el cariz que llevan tomando, durante años, ciertas tertulias y ciertas entrevistas en las que los turnos se agotan en las menudencias y reiteraciones acordes a unos invitados que no están a la altura de los grandes temas y se escudan, para esconder sus carencias, en los ya conocidos. Mientras, a los interpelados se les corta cuando quieren llegar a la enjundia o antes incluso de que puedan ejercer su derecho a réplica, merced a la tiranía de los tiempos en radio y televisión.

Anoche resultó curioso escuchar el debate de La Sexta, en el que unos y otros se quejaban de que uno de los participantes tenía más voz que el resto. Una queja absurda e inútil cuando en todas las intervenciones se le aludía como presunto gran vencedor de los comicios europeos en España. Y digo presunto dado que, pese a lo espectacular del resultado de un partido naciente (con aparentemente solo cuatro meses de vida pero muchos más de germen), cinco escaños son insuficientes para tener un peso real en las decisiones a adoptar en Europa.

La victoria que le envidian no tiene que ver con el programa, que se asemeja a otros que llevan años sobre la mesa y que fueron silenciados a través del discurso del miedo y del voto útil. Ni siquiera se puede vincular únicamente con el hecho de que el partido es encabezado por una persona mediática, sino con la certeza de que esta y el programa que defiende fueron capaces de ilusionar a una ciudadanía aletargada durante años. Pero esto fue posible gracias a que esta misma sociedad fue despertada a golpes de realidades perniciosas, que se tradujeron en recortes salvajes que atentaron y atentan de un modo directo contra los derechos fundamentales recogidos en el Título I de nuestra Carta Magna; esa que, allá por 1978, recogía la necesidad de proteger más libertades que las que actualmente se ponen a nuestro alcance.

Los asistentes a dicha tertulia se olvidaron, por tanto, de algo muy importante: el éxito de Podemos es, sobre todo, una muestra del sentir de la calle y de lo que este sentir está gestando. Obviar esta evidencia se puede traducir como una falta de respeto a la ciudadanía y esta, como pudieron comprobar, responde a dicho atentado en lugares públicos y, aunque tímidamente, también en las urnas. La sociedad comienza a abandonar su indiferencia, pese al descrédito que algunos han ganado a pulso y al que han arrastrado a las formaciones a las que representan, y ha apostado por exponer su disconformidad con una gestión de pleitesía. No obstante, para los que sí creen en la necesidad de un resorte que devuelva esplendor a la democracia, tanto la abstención como el pronóstico errado de quienes aspiran al inmovilismo han de ser marcadores a tener en cuenta. Solo a partir de ahí se puede hacer un balance algo más cercano al hecho social que, a fin de cuentas, está evolucionando y que es preciso encauzar a fin de que no se pervierta. Pero, atendiendo a la circunstancia de que la indiferencia ciudadana sirve a determinados intereses, la calle también ha de reflexionar, en lugar de confiar sus conclusiones y decisiones a aquello que opinan otros.

Todo este cansancio y todas estas ganas de cambio se materializaron en el éxito inesperado de Podemos, pues aunaba la inquietud de la masa y sus ganas de que un revulsivo rasgase las caretas de lo imperante con la capacidad de consulta y de escucha. No en vano, para idear sus líneas básicas de acción se entrevistó con expertos, a fin de conocer de primera mano el potencial de sus propuestas y de determinar así cuáles sí eran factibles. Esto debiera dejar sin argumentos a unos tertulianos que, como principal arma arrojadiza, quisieron tildar de irreal y utópico un programa sustentado en un alarde de trabajo y reflexión. No obstante, perdidos en su propio discurso, se situaron en un extremo u otro en función de dónde soplase el viento, al tiempo que asumieron el hecho de que reconocer públicamente sus errores hubiese sido demasiado impopular de cara a su electorado, acostumbrado a oír, a veces a asentir, y siempre a callar.

Ante el fracaso, se intentó utilizar la misma trampa con uno de los representantes más conocidos de IU, al que se le exigió que ejerciese de vidente y expusiese si habría y hacia dónde irían los posibles pactos. Sin embargo, supo capear el temporal con mesura y prudencia, sabedor de que los votantes de la izquierda, la que se escribe con mayúsculas, no tolerarán según qué alianzas. Especialmente si estas se hacen con aquellos que, con sus políticas de mínimos y quedabien, avergonzarían a cuantos se dejaron la piel y la vida en la lucha.

Sumar es la respuesta, pero la suma no puede implicar restas. La suma debe ayudar a construir, nunca a ralentizar o a dejarse embaucar por el conformismo.

Tanto en la tertulia como en la entrevista se aludió también a la casta, intentando definirla en el primer caso e identificarla dentro de una formación con larga trayectoria en el segundo. Es evidente que, en cada círculo amplio, existen voces disonantes que, en muchas ocasiones, permanecen años ocultas y libres de sospecha. Voces que, en todo caso, estarían dispuestas a traicionar la ideología a la que representan a cambio de poder, dado que un ego desmesurado siempre ha de ir de la mano de un ser mediocre. Es por ello que no solo a los partidos con solera les toca analizar y hacer limpieza, sino que a los emergentes les corresponde también estar prevenidos y alerta, a fin de que en sus filas no se cuelen este tipo de personajes que, sin que les tiemble el pulso, son capaces de corromper la idea primigenia a fin de abrillantarse el ombligo.

Se abordó también la existencia de similitudes entre el programa de Podemos y el de IU y el hecho de que el primero lograse un éxito inaudito para un partido incipiente, mientras que el segundo simplemente mejorase su posicionamiento con respecto a los comicios anteriores, algo que algunos achacan a la capacidad de unos y de otros para darse a conocer, para comunicar y para hacerse un hueco en los medios. Esto está centrando muchos debates en foros sociales que olvidan que, en la actualidad, el que no se informa es porque no quiere y que, lamentablemente, aun hay mucha gente que no quiere, dado que, durante años, se acomodó en su presunto bienestar, que era el que le cegaba ante lo que se le venía encima. La actual IU, aunque aúna a otras fuerzas de la izquierda, hereda la mácula con la que durante años la ensuciaron a fin de garantizar la alternancia bipartidista. De ahí que sean muchos los que ni siquiera se hayan interesado por conocer su propuesta programática.

Podemos se alzó con votos que algunos creen que podrían haber ido hacia IU. Sin embargo, quienes afirman esto se olvidan de que muchos de los votantes de Podemos son aquellos que se aferran a dicha formación como si se tratase de un salvavidas y de que, una vez en tierra firme, volverán a tragarse los mismos placebos que otrora les otorgaban lo que creían que era la felicidad.

Lo urgente para esta izquierda, pues, es despertar la conciencia del individuo, mostrándole las consecuencias históricas de decantarse por la acción responsable o por el inmovilismo y, a partir de dicho conocimiento, lograr un compromiso firme. Asimismo, ha de estar integrada por cientos de individuos capaces de estar a la altura si se les exige que, en un momento dado, ejerzan liderazgo, en lugar de depender de unos referentes sin los cuales el proyecto se desvirtuaría. De este modo, si cada individuo ejerce con responsabilidad, no caben las fisuras, pues todo el mundo es reemplazable, tal y como demostró el señor Anguita, que, pese a que sigue siendo un paradigma, quiso que otros tomasen el relevo y, con esta decisión y con su ideario, sigue siendo consecuente.