Involución programada

Hace no mucho tiempo, diría, de hecho, que fue ayer, la ciudadanía aspiraba a formarse, a aprender. Quería mejorar sus opciones y trabajar en pro de un bien común ulterior.

Sin embargo, hoy en día la masa, tan apática como maleable, se decanta por la mediocridad como refugio y aplaude, sin mesura, a aquel a quien ha decidido encumbrar. No elige al que encabeza a un equipo de investigación sanitario; tampoco al que se deja la piel en evitar el emponzoñamiento sistemático del entorno, cada vez más devaluado; ni siquiera a quien arriesga su vida para garantizar el mantenimiento de aquellos derechos que, reconocidos internacionalmente, hoy machacan gobiernos, patronales, sindicatos, religiones… como si, para ello, estuviesen legitimados; y lo hacen con tal saña que el pueblo, cautivo de sí mismo y de sus miserias, acepta rescindirlos sin una lágrima, casi sin un parpadeo; como si un velo opacase el sudor y la sangre con los que fueron forjados.

El populacho corona líderes en los que mirarse, a los que admirar y a los que envidiar; y, pervertidas sus aspiraciones evolutivas, envanece a gentes que, a fin de cuentas, son similares al grueso. Lo extraordinario no radica en su inteligencia o en su nobleza. Son gentes con dinero, con estilo, sin vergüenza. Gentes a quienes no les sonrojan sus carencias, y mucho menos las que a cuestiones éticas se refieren. Gentes que rezuman simpatía, pero incapaces para el afecto. Gentes que se rodean de una corte ciega, a la que ni siquiera la halitosis le desvela que, bajo las carillas estéticas, no hay más que huellas de una podredumbre en ciernes. Y que a la máscara, la llama carisma; a la cirugía, belleza; y a la amoralidad, Dorian Gray.

Acólita de la chabacanería y de los malabares con la legalidad, jamás duda. Solo habla de cercanía, sencillez, trabajo, tesón o, tal vez, de simple buena suerte. Acepta, jalea y, si es menester, calla. Incluso cuando la corrupción se vuelve hedionda, hay quienes niegan o justifican. También, quienes se compadecen, pese a que, vapuleados por la sinrazón que alientan, son incapaces de sentir lástima de sí mismos o de sus congéneres.

Pero la estupidez, en su voracidad parasitaria, se ha adueñado de una ciudadanía regodeada en sus miserias y que, temerosa de la luz, profundiza en la caverna y se aventura hacia el abismo, culpando a los medios, eso sí, de programar su torpeza.

El potencial de la mentira

Es increíble la incapacidad de sonrojo que caracteriza a ciertos individuos, que, con denuedo, ensartan una tras otra afirmaciones carentes de fundamento y con las que perlan una soga miserable. Su propósito, dejar sin fuelle a quienes encabezan a aquellos que, por fin, han abierto el entendimiento y ya no comulgan con ruedas de molino.

La artimaña es harto conocida y, dada su antigüedad, exhibe un currículum fulgurante, plagado de una indecente cantidad de éxitos, en los que el miedo, infundido a través de fantasmas, supercherías y patrañas, brindó a quienes se valieron de ella un respaldo inaudito.

La tarea exige una imaginación morbosa, que sirve de cauce para tejer una historia que, aunque plagada de barbaridades, cobre verosimilitud y resulte, de este modo, creíble. Cosechada la duda, solo hay que esperar a que esta dé su fruto, regándola, de cuando en cuando con nuevos infundios, a fin de garantizar el éxito y evitar desórdenes.

La otra clave es contar con un auditorio que confunda la sana curiosidad con el hambriento afán de cotilleo. De este modo, ávido de truculencias, el individuo, incapaz de apostar por su propia formación continua y de contrastar la información que le llega, da pábulo a las habladurías, otorgándoles, en ocasiones, un cariz aun más retorcido que el que exhibía la historia primigenia. A partir de ahí, resulta fácil suprimir cualquier matiz entre el blanco y el negro. Y, si bien es cierto que quien urde la historia no siempre es endiosado, quien protagoniza la falacia usualmente acaba por ser demonizado, perdiendo incluso en el camino a sus acólitos más mediocres: aquellos que suman al objetivo genuino toda suerte de propósitos egoístas que, de hacerse públicos, pondrían en entredicho su nobleza.

Esta martingala es usada por quienes creen en la hegemonía piramidal como único sistema válido de gestión, cuya estructura se sustenta en una base fácilmente manipulable. De ahí que, tras ver la insurgencia naciente en la calle a causa de los desmanes de la usura y de la sinrazón del capital, haya voces que, con flagrante desfachatez, apunten que es necesario establecer cauces que releguen la educación a un segundo plano, convirtiéndola en una opción solo al alcance de las clases más pudientes. Con esta actitud, se minimiza la capacidad de avance social de la ciudadanía y del individuo, regodeado en su oscuridad; y se garantiza el encumbramiento de unos pocos elegidos, siendo el corte su capacidad económica, en lugar de su potencial intelectual.

Parapetada tras un muro forjado por patrañas y naderías, se perpetúa así la servidumbre de la masa como única herramienta para resguardarla de aquello con lo que la asustan y que, normalmente, no es más que la luz al otro lado de la caverna. Una luz hecha de derechos y libertades. Una luz que, sin duda, brilla demasiado para quienes solo sueñan dormidos.