Los infortunios del ser social

La actitud crítica es innata al ser humano, al igual que su miedo sistemático a lo desconocido, a aquello que difiere del orden preestablecido en el que el individuo se ha integrado y que, por tanto, constituye su área de confort, por mucho que, en ocasiones, disienta de ella. Este temor se manifestó secularmente en pequeños gestos o en grandes gestas y hoy en día se vale de una pantalla como escudo a partir del que lanzar cualquier ataque. Las redes sociales se compartimentan en vitrinas en las que exhibir egos, catalogados y estructurados en función de las particularidades que los distinguen y que son las que les avalan para sentir esa pertenencia a grupo que tanto les complace.

Cuando la cobardía se traduce en prepotencia, algunos se creen con patente de corso para afear conductas ajenas. Y lo hacen incluso obviando aquellos valores que, a conveniencia, acostumbran a usar como estandarte. Pero, si un arma de ridiculización intergrupal resulta absurda, es aquella que señala el mal uso del léxico o la precaria ortografía del otro. Y lo es porque se pretende un análisis comparativo grupal sin atender, para ello, a los modos de expresión de muchos a los que asumen como iguales.

La incorrección campa a sus anchas por las redes sociales, pero es el individuo y no el colectivo el que, casi con orgullo, la propaga. Su objetivo, en un mundo supuestamente globalizado, es comunicar; y culpa al receptor de su incapacidad para entender un mensaje estructuralmente ininteligible.

Resulta lamentable este retroceso y más teniendo en cuenta que hace apenas un siglo, cuando el acceso a la alfabetización era minoritario, en países de habla hispana ya podíamos presumir de haber alumbrado a grandes de la literatura universal. Despuntaban por su creatividad, pero también por su dominio de la retórica y de sus figuras, y por un manejo de la lengua que resultaba exquisito. Conocían el léxico y se valían de su riqueza para jugar con las palabras y hallar la exacta. Conducían la entonación a través de construcciones inequívocas y cada signo ocupaba su lugar, sin dejar espacio al malentendido, ni siquiera entrelíneas.

Pero ahora, pese a que en muchos países se apuesta por la escolarización obligatoria y pese a que muchos se jactan de su bilingüismo o trilingüismo, nos encontramos con miles de personas incapaces de plasmar gramatical y ortográficamente aquello que quieren expresar. Aplicaciones de mensajería y redes sociales, lejos de servir como herramientas de comunicación, se usan para mancillarla, llenándola de ruido y ensombreciendo el mensaje. Producto de esta incomprensible desidia, surge el malentendido y, en algún caso, la ofensa. Y se llena, así, el espacio virtual de discusiones vacías y, en ocasiones, hirientes. Estas últimas protagonizadas no solo por quienes maltratan la lengua, sino por aquellos que olvidan que, aunque la libertad de expresión es un derecho fundamental, nunca prevalece sobre otros, como el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, tantas veces pisoteados.

Este comportamiento irreflexivo tiene mucho que ver con lo previamente aprendido, pues ninguna enseñanza lleva a la excelencia cuando se entretiene en particularidades, olvidándose del conjunto que las engloba. Es por ello que urge una reflexión para que, a partir de los grupos que inciden en la conformación de la personalidad del educando, se apueste por individuos completos y capaces, y en la que, al mismo tiempo, se establezcan las bases para que alcancen el máximo desarrollo de su potencial. Un paso para lograrlo es contribuir a desplegar ese instinto que les lleva a aprender y a superarse, en lugar de acallarlo bajo el cobertor de la pertenencia a grupo, que no es más que una maraña asfixiante.

Polvorín

Resulta triste comprobar cómo la ejecución de una persona se convierte rápidamente en un motivo más para la mofa a través de unas redes sociales en las que parece ser que todo cabe, incluso una absoluta falta del respeto al honor, a la intimidad y a la propia imagen de alguien que, por ostentar o haber ostentado cargos públicos, ve como dichos derechos fundamentales, se diluyen y le esquivan hasta hacerlos objeto de un escarnio sin cuartel en el que la impiedad se cobra también otras víctimas, las colaterales, que no pueden llorar el dolor de un tiroteo en plena calle.

No obstante, al común se le llena la boca exigiendo respeto cuando la burla le afecta y es entonces cuando enarbola términos grandilocuentes para denunciar su situación, que encumbra de un modo exasperante. Pero ese mismo individuo, que magnifica las pequeñas afrentas de las que es objeto, es el que no se comide a la hora de justificar su mordacidad, amparándola en trayectorias forjadas sobre rumores, que, carentes de cualquier solidez documental, corren de boca en boca atrapando a oyentes ávidos de cotilleos. Espectadores que, en su conformismo, confunden curiosidad con morbo y  que ni siquiera cuestionan los datos que, sin filtros que garanticen su veracidad, encajan con aquello que quisieran creer.

Esas tragaderas y esa absoluta contradicción moral son las que propician esa corrupción que, haciéndonos eco de cualquier información, creemos querer combatir. Y es por ello que erramos una y otra vez en nuestro propósito, un objetivo que pierde su nobleza cuando se sustenta en patrañas y en risas fatuas.

Un asesinato es lo que es y nada lo justifica. Ni siquiera una inculpación judicial o el hartazgo general ante los desmanes de la acción política. Nada puede convertir en plausible un ajusticiamiento, pues este pierde su significado cuando se deriva del sentir de una persona que, cargada de iracundia y rea de su desdicha, decide erigirse en juez y verdugo, como en los tiempos del terror, en los que un tiro en la nuca ni siquiera nos sorprendía, pues, en esa guerra sin logros, se había hecho del horror algo cotidiano.

Esta ejecución, en todo caso, debe llevar a una profunda reflexión de quienes priorizan el capital sobre el ciudadano, pues este asesinato no es más que una prueba de la inestabilidad de una masa a la que la desfachatez creciente del capital, que alimenta su ira, ha convertido en polvorín.