Arquitectura de la historia

Lugo es una fuente inagotable de estímulos, dado que cualquier recorrido que se inicie permite alimentar la curiosidad del visitante, ya sea a través de la percepción propia; de la consulta de la creciente documentación histórica; del servicio de guías, ofrecido por grandes profesionales capaces de adaptar su discurso a los intereses e inquietudes de cada grupo; o de la charla con los lugareños, siempre predispuestos a la afabilidad.


PREHISTORIA

El recorrido por la provincia se puede iniciar en la Prehistoria, visitando un legado cada vez más rico, a tenor de los descubrimientos que, de forma a veces casual, van saliendo a la luz. Entre las últimas pruebas de asentamientos prehistóricos hallados, destaca la aparición de interesantes petroglifos en la parroquia de Donís. Son los primeros encontrados en la comarca de Os Ancares y, en verano de 2013, el historiador Xabier Moure ponía de manifiesto su relevancia, pues los calificó como uno de los casos más enigmáticos del arte rupestre. Pero ese no fue el único hallazgo de 2013, dado que poco antes, un campesino comunicó la existencia de otro grupo de petroglifos en el monte Fabeiro, en el municipio chantadino de Carballedo. Este, en concreto, es muy similar al que se puede admirar en el ayuntamiento ulloano de Antas de Ulla. Pero estos no son, ni mucho menos los únicos vestigios del arte prehistórico en la provincia. Sobresalen, por ejemplo, los hallados en la Ribeira Sacra, concretamente en las parroquias soberinas de Proendos y Anllo de Santo Estevo, que destacan por sus diseños, más complejos.

Los estudiosos confirman que este tipo de representaciones, halladas en toda Galicia, están datadas entre el Megalítico y la Edad del Hierro, aunque son más numerosas las pertenecientes a la Edad del Bronce, entre el 1800 y el 700 a. de C.

También destacan por su antigüedad las mámoas (túmulos funerarios) y las necrópolis megalíticas, muchas de ellas localizadas en la comarca de Os Ancares, en la montaña luguesa. No obstante, algunas, como la situada en A Pena dos Mouros, han sido objeto de importantes daños, derivados de acciones furtivas, según afirmó Moure.

En todo caso, el que quiera conocer en profundidad la relevancia de este periodo en la provincia puede acercarse al Museo de Prehistoria e Arqueoloxía de Vilalba, en cuya exposición permanente se presenta la colección más completa de la Edad de Piedra Lascada del noroeste peninsular, ya que dispone de fondos del Paleolítico inferior y superior, del Epipaleolítico y del Mesolítico. Cuenta también con materiales procedentes de yacimientos neolíticos y contextos megalíticos, datados en la Edad de Piedra Pulida; y otros datados en la Edad del Bronce.


 

ASENTAMIENTOS CASTREXOS

La Edad del Hierro, en la que se produjeron los primeros asentamientos de castrexos, y la época romana también están representadas. No obstante, el interesado en un mejor acercamiento a la época castrexa, puede hacerlo a través de visitas más pausadas, como la que ofrece el castro de Viladonga, situdado en la comarca de Terra Chá. Dicho asentamiento, que cuenta con su propio museo arqueológico, comenzó a excavarse en 1972 y los trabajos, dada la relevancia del hallazgo, por el momento no han concluido. El castro, que resulta impresionante, cuenta con varias murallas y fosos, que albergan dos antecastros y una amplia croa central, en la que se encuentra la mayor parte de las construcciones descubiertas, desde viviendas a almacenes o, incluso, edificios de uso comunal.

Dicho asentamiento, con dos calles principales y una ronda paralela a la muralla principal, tuvo su momento de esplendor entre los siglos II y V d. de C. y es un referente para el estudio de la época castreña y su evolución en la etapa galaico-romana.

Asimismo, en la costa de Lugo se puede visitar otro asentamiento de gran belleza: el castro de Fazouro, situado sobre un acantilado en Foz.

En todo caso, hay vestigios de otros asentamientos similares en toda la provincia, alguno de los cuales se mantiene soterrado para favorecer su conservación, dada la inexistencia de fondos para iniciar su estudio.

Entre los últimos hallazgos, destaca un asentamiento situado en una zona boscosa en la parroquia de Coeses. Su descubrimiento, en 2009, obligó a variar el trazado original de la autovía que unirá Lugo con la capital gallega. No obstante, las nuevas obras sacaron a la luz otra estructura singular, nunca vista hasta entonces en Galicia y que, según los estudiosos, se asemeja a algunos yacimientos funerarios del norte de Europa. Ante esto, varios grupos culturales mostraron su temor ante la posibilidad de que el nuevo trazado de la vía separe dicho hallazgo en dos partes: el Castro de Valente y la Chousa.

Pero, al trabajo de arqueólogos y a los descubrimientos casuales, hay que sumar en otros casos la acción del mar. Es el caso del yacimiento de Estabañón, situado en la parroquia vivariense de Area, donde los temporales del invierno de 2014 propiciaron la aparición de nuevos restos arqueológicos, concretamente cimentaciones y muros, uno de los cuales es especialmente ancho, e incluso un posible mortero de piedra, que se suman a los restos encontrados en las primeras catas, efectuadas en 2007.

Además, en la Ribeira Sacra, a unos quinientos metros de la localización del grupo de petroglifos hallados en monte Fareiro, se sitúa el castro de O Cotillón, sobre el que se conservan leyendas populares protagonizadas por un ser mitológico, una moura, que guardaba un tesoro. Debajo de la tierra, según esta historia tradicional, habría una llave de oro y otra de plata.

No obstante, el que sin duda fue un referente en la comarca de Lemos fue el asentamiento de Lemavos, en el Castro Dactonio, que, según se afirma, probablemente se encuentra en San Vicente del Pino, en la capital de la comarca.

Asimismo, aunque en el municipio de Lugo hay más de cuarenta castros, destaca el emplazado en A Agra dos Castros, situado en las proximidades de los depósitos del auga y popularmente conocido como Castro da Piringalla. De dimensiones considerables y con diferentes fases de ocupación, los arqueólogos hablan de su indiscutible potencial, dada su relación con la romanización de la ciudad.

La primera de las fases de ocupación documentada, a partir de las catas desarrolladas entre 2007 y 2008, está relacionada con diferentes elementos defensivos como fosos y parapetos, pertenecientes a un periodo prerromano, posiblemente de la fase final de la Edad del Hierro.

La siguiente etapa constructiva se sitúa en la fase Flavia, se prolonga hasta el siglo III, y está caracterizada por las edificaciones de muros de losa, de tipología romana. Esta fase plenamente romana es la predominante y de ella se conservan muros de distintas edificaciones, dos hogares y un complejo artesanal con restos de un horno de fundición.

No obstante, este relevante castro permanece actualmente tapado para garantizar su conservación.

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Castro de Fazouro. Foz


 

ROMANIZACIÓN

En todo caso es, sin duda, la ocupación romana la que contribuye a definir la provincia, tal y como la conocemos hoy en día.

Fue Paulo Fabio Máximo quien, en el año 15 a. de C., fundó la ciudad de Lugo, un lugar que, con el nombre de Lucus Augusti, sería capital de uno de los tres conventos jurídicos romanos que conformaron la provincia de la Gallaecia, que se extendía hasta el río Duero y que presumía de una importante riqueza aurífera.

La instalación de un campamento militar, en un lugar privilegiado para tal función, fue la que dio origen al nacimiento de la ciudad, que en el siglo III llegó a ser, durante dos décadas, capital de la provincia Hispania Superior.

A las necesidades de una época convulsa, debemos la modificación de la estructura urbana de la ciudad que, en el siglo III, fue amurallada. El monumento, de 2.266 metros y coronado con 85 torres, sufrió un progresivo deterioro y hubo de adaptarse a los tiempos con la apertura de puertas y con la creación, en 1837, del reducto de María Cristina, en una época en la que era preciso un baluarte defensivo para hacer frente a las Guerras Carlistas. La infraestructura, que se puede recorrer gratuitamente y de forma íntegra, conserva dos de las arcadas originales, en una zona conocida como A Mosqueira. Su relevancia y magnificencia es tal que, aunque hubo de sobrevivir a varios intentos de demolición y al levantamiento de edificaciones pegadas a su perímetro, la construcción fue erigida en estandarte de la ciudad y obtuvo, el 2 de diciembre de 2000, el reconocimiento internacional, al ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En todo caso, el que quiera conocer más datos acerca de dicho monumento defensivo puede hacerlo visitando el Centro de Interpretación de la Muralla.

Este proyecto, pese a ser el más conocido, no es la única obra civil que la ciudad y sus inmediaciones conservan de aquella época. Sobresalen, sin duda, los baños romanos, cuya construcción está datada en el año de fundación de Lucus Augusti y de los que, a día de hoy, siguen descubriéndose importantes restos. Declaradas Monumento Histórico Artístico en 1931, las termas pueden ser actualmente visitadas, aunque, para hacerlo, es preciso dirigirse a la recepción del Hotel Balneario, en cuyas instalaciones se encuentran.

Los baños romanos, situados a 900 metros de la ciudad y a orillas del Miño, ofrecían a sus usuarios el carácter medicinal de sus aguas sulfurado-sódicas y carbonatadas, que manan a una temperatura media anual de 44 grados centígrados.

Entre los restos de dichas termas, destaca el apodycterium, una estancia utilizada por sus usuarios para despojarse de sus vestimentas y al fondo de la cual se pueden ver dos puertas en arco, que dan paso a sendas estancias abovedadas. En sus paredes, dieciocho urnas con arco de medio punto servían para guardar la ropa.

También se conserva otra estancia abovedada, que fue usada como sala de baños y que, posteriormente, fue convertida en capilla cristiana para uso de los bañistas. De esta época, perviven vestigios de pinturas murales que, ocasionalmente, sufren las crecidas del río Miño.

Entre los últimos hallazgos, destaca el de una piscina romana con más de 6,5 metros de largo y algo más de dos metros de ancho, y el de estructuras complejas que parecen corresponder a la sudatio.

Próximo a las termas, se encuentra el viaducto romano, que daba salida hacia la vía XIX del Itinerario Antonino, que unía Lucus Augusti con Bracara Augusta, pasando por Iria Flavia. Dicha obra, recientemente rehabilitada, fue objeto de reconstrucciones en los siglos XII, XIV y XVIII y hasta el inicio de las obras de restauración aun permitía el tráfico rodado.

En cualquier caso, el pasado romano de la ciudad se va mostrado a medida que se realizan excavaciones. Así, se ha podido comprobar el trazado primigenio del acueducto que, desde el siglo I, abastecía a la ciudad. Dicha obra puede conocerse a través de una ventana arqueológica situada en la nueva plaza de San Marcos, frente al pazo que alberga la Diputación Provincial. También se utiliza este sistema para mostrar otros hallazgos como el posible baptisterio encontrado en la Plaza de Santa María; los restos del templo romano del siglo IV localizados al lado del Círculo de las Artes; o un fragmento de un bellísimo mosaico, que correspondería a la antesala del salón de recepciones de la Domus Oceani, una de las grandes mansiones del Lugo romano ubicada en la rúa Doutor Castro.

La magnificencia de los mosaicos descubiertos en la ciudad se puede admirar con mayor comodidad visitando el Museo Provincial, donde se muestran los hallados en la rúa Armañá, que sorprenden por su gran tamaño; o acudiendo a la Casa de los Mosaicos, antes conocida como Casa Batitales, que, situada en la calle Doutor Castro, cuenta también con pinturas murales, bases de columnas y los restos del hypocaustum, que aseguraba la calefacción de esta mansión del Bajo Imperio.

Asimismo, en el vicerrectorado se pueden admirar los restos de la Domus do Mitreo, datada en los siglos II y III y cuya extensión sobrepasaba el perímetro de la posterior muralla. En ella destaca un espacio central, ocupado por el ara votiva dedicada por parte de un centurión de la Legio XII Gemina a Mitra. Dicho centurión se ocupaba de la oficina de impuestos de Lucus Augusti y su casa, de la que se conservan restos de algunas pinturas y de distintas estancias, fue expropiada.

También hay constancia de la ubicación de la antigua necrópolis y se conserva parte del sistema de cloacas romano. No obstante, son las distintas obras que se acomenten en la ciudad las que permiten acercarse a este pasado que, en gran parte, es aun desconocido.

A catorce kilómetros de la que fue capital de uno de los tres conventos jurídicos romanos, se encuentra otro de los referentes de dicha ocupación, que posteriormente fue usado como templo cristiano. Se trata Santa Eulalia de Bóveda, un edificio de planta rectangular, con una piscina en el centro y bóveda de cañón, en la que sobresale la singular relevancia de sus frescos. Además, tiene un pequeño atrio peculiar, que precede a la fachada. Se trata de una edificación única, datada en la época tardo romana y de cuya función original hay varias teorías. Así, se baraja que pudiese ser un lugar de baños, un ninfeo, un tempo dedicado a Prisciliano o incluso, a tenor de los elementos hallados en el mismo, el culto podría corresponderse al del rito romano de la diosa Cibeles.

Por otra parte, núcleos tan importantes como la capital de la comarca de Lemos, deben su nombre a la época de ocupación romana y sus artífices fueron los principales impulsores de lo que hoy en día es la Ribeira Sacra. De hecho, la tradición vinícola comenzó en esa época y tal fue la fama que alcanzaron los caldos soberinos de Amandi que una leyenda local afirma que el mismo César hacía que le llevasen a Roma ánforas de vino de dicha zona.

A los romanos se debe también la disposición de las laderas que bordean al Sil y al Miño en bancales. Para propiciar un mejor aprovechamiento del terreno, crearon escalones de piedra horizontales, que solucionaban el problema de las pendientes del terreno y favorecían la orientación de las áreas de cultivo de la vid hacia el sur. Actualmente, la viticultura heredada y aun practicada en la zona se conoce como heroica, dada la dificultad que presenta una orografía hostil, pero que permite, gracias a sus suelos pizarrosos, una humedad constante, que, unida al microclima, enaltece todo el potencial del vino de la Ribeira Sacra.

Pero no solo los bancales incidieron notablemente sobre el paisaje que ofrece esta zona. También fue determinante la tradición aurífera, algo que se puede imaginar con una visita al municipio de Quiroga, donde se conserva el principal vestigio de lo que significó otrora la extracción de dicho mineral. Allí se puede visitar Montefurado, un túnel practicado en la época de Trajano para desviar el curso del río Sil a fin de favorecer la extracción. No obstante, poco queda de su auténtico aspecto, dado que en 1934 una riada derrumbó gran parte de este túnel, mudando, de este modo, su aspecto.

Según las leyendas populares, sobre el túnel se erigía un castillo o una torre, conocido como el de A Pena do Corvo, del que no existen restos debido, posiblemente, a la riada de principios del siglo XX. No obstante, la construcción sí se puede ver en distintas ilustraciones previas a dicha fecha.

El grueso de la impronta romana, que se extiende de sur a norte a los más diversos puntos de la provincia, está, en todo caso aun por determinar.

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Puente romana sobre el Miño

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Muralla de Lugo


 

LA LLEGADA DE ÁRABES Y MUSULMANES

En el Bajo Imperio, Lucus Augusti siguió siendo un gran bastión occidental y, al caer el Imperio Romano, la Gallaecia se convirtió en la base de la monarquía sueva. En aquel momento, Lugo, que en la época visigoda se convirtió en un gran ducado, ya era una importante sede social y tenía condición de metropolitana. Pero en el siglo VIII, tierras de la actual provincia, sufrieron un gran revés al ser destruidas la fortaleza de Dactonio y los monasterios de Atán y Santa María de Amandi, en Lemos, que pertenecían en aquella época al condado Pallarense. 

Dichas acciones, llevadas a cabo por árabes y musulmanes, propiciaron la instalación en la zona de una importante colonía judía. Así, Monforte de Lemos es, junto a Rivadavia, la única localidad gallega integrada en la Red de Juderías de España, en la que figuran 24 villas.

Según la documentación existente, en su mayor parte inédita, árabes y musulmanes se situaron próximos a las puertas de la villa y en las plazas del mercado, aunque también se afirmó que la judería monfortina se encontraba próxima al antiguo ayuntamiento, en A Calexa, que es como se conoce popularmente a la actual calle Abelardo Baanante, en la que sí hubo viviendas semitas. En la calle Falagueira se ha localizado lo que podría haber sido la sinagoga y, además de parte de los muros, se conservan dos cuevas, integradas en el conjunto. Una de ellas podría corresponderse con un  micvé o baño ritual judío. En todo caso, en Monforte la población árabe y musulmana vivía mezclada con la cristiana.

La presencia de esta comunidad se puede comprobar visitando la parte más antigua de la Torre del Homenaje, construida en el siglo XIV y en la que se encuentran marcas de canteros, entre ellas la estrella de cinco puntas o sello de Salomón, que representa a los libros del Pentateuco. Pero, a mayores, en la otrora ciudad intramuros abundan las referencias a una activa comunidad judía sobre la que se hallaron documentos. El primero de ellos está datado en el año 915, aunque ya existen noticias relacionadas con los judíos de Galicia en el siglo IV, cuando se les vinculaba a la actividad comercial. Sobre ellos versan leyendas y, además, se conservan elementos arquitectónicos como los trabuleiros, ligados al comercio.

La tolerancia religiosa de los suevos favorecía la presencia de árabes y musulmanes, y en la zona se llegaron a producir matrimonios entre judíos y cristianos. No obstante, a principios del siglo VII, cumpliendo con los preceptos del III Concilio de Toledo, se dictó un edicto de expulsión de los judíos del reino visigodo, siempre y cuando estos no se hubiesen bautizado. Muchos huyeron, pero muerto Sisebuto, quien reinaba en aquella época, los judíos bautizados volvieron al judaísmo, lo que llevó a todo tipo de conflictos y persecuciones. Así, se prescribió que nadie que no fuese cristiano podría vivir libremente en el reino. Esto debilitó la prosperidad de Monforte, si bien es cierto que los judíos siguieron con su actividad comercial y practicando la medicina en monasterios, hospitales y hospederías del Camino de Santiago. Incluso, a lo largo del siglo XIV, distintos señores de Lemos, confiaron puestos importantes a integrantes de la comunidad judía. De hecho, tras las matanzas de 1391 en Castilla y Aragón, Monforte aumentó su población con los judíos huidos de otras comunidades peninsulares.

Por otra parte, en el año 842, Ramiro I, el primer rey de la dinastía gallega, reunía en Lugo un gran ejército para conquistar Oviedo; y años más tarde los musulmanes llegaron a Lugo. Sin embargo, en 997, destaca la residencia legendaria contra Almanzor.

La presencia judía en ciudades como la de Monforte no incomodaba en el siglo XV a la ciudadanía, pues estaba ocupada en las Revueltas Irmandiñas, que comenzaron en la primavera de 1467 y se prolongaron hasta el 1469. Sin embargo, tras la expulsión de 1492, los judíos que no quisieron convertirse al cristianismo, se exiliaron a Portugal, de donde retornaron cuatro años después tras su expulsión de dicho país. Muchos regresaron a Galicia, convertidos en su mayor parte al cristianismo. Pero entre los siglos XVI y XVIII, la Inquisición se centró en los cristianos nuevos asentados en Galicia. Entre los afectados, estaba el secretario del II Conde de Lemos, que se convirtió al cristianismo para evitar la expulsión en 1492. Juan de Gaibor, que así se llamaba, no se vio afectado de forma directa, pero algunos miembros de su familia fueron perseguidos y algunos ajusticiados, según un documento de la Inquisición de Santiago de 1850.

 

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