CUESTIÓN DE PRIORIDADES

Hay quien se deja seducir por las mieles de una jaula de oro y por el hieratismo jerárquico con el que le agasaja su corte de zánganos. Una corte cuya única pretensión es la de verse satisfecha y que, de no lograrlo, no dudará en partir en busca de otro al que adular. De otro que tampoco añora compañía, ni anticipa derrocamientos. De otro que se ha hecho a la soledad y que simplemente se limita a contemplar como, en su colmena, todo fluye, siguiendo el orden preestablecido que inexorablemente precede a su muerte.

El enjambre lo completan quienes se amoldan a las encomiendas, sin consciencia de la relevancia de su hacer: de las tareas que les hostigan a enfrentarse a un mundo que, desde la oscuridad de su colmena, vislumbran abrupto.

En la colonia, cada ser es uno más en una masa que, hacinada, labora mecánicamente en pro de un bien ulterior, que ni siquiera comprende. Pero, como parte de un todo, el sujeto se siente amparado y validado. Su esfuerzo es dantesco si se balancea con la recompensa con la que, tras el trabajo, retorna a ese redil que considera hogar y en el que, pese a que suma, será suplido sin una lágrima y sin un lamento. Ha ocurrido siempre: la valía individual se ningunea.

Allí, ni siquiera se cuestionan las decisiones que preceden a la acción: se acata lo que marca la voz de la costumbre o la de aquel que se ha erigido en líder. Y el grueso del enjambre transige con quienes se alimentan de su obra.

En cualquier caso, la situación es caduca. Los rigores del frío y del hambre instigan al proletariado y este se torna subversivo. Es entonces cuando expulsa a esa casta parásita, que cotidianamente se ceñía a mantener el calor en la colmena y a repartir el néctar.

Pero en el día a día se intuyen siempre disidencias: entre el gentío, hay quien se niega a ser autómata. Ávido de conocimiento, se sumerge en la belleza de cuanto halla al paso. Alza el vuelo con brío y con la mirada dispuesta. Y observa, y descubre, y analiza, y crea. Se pierde en los colores y se sumerge en los aromas, mientras liba. Y regresa pleno al panal, donde, pese al desconcierto que provoca, le esperan.

Sabe bien que de una obrera puede surgir una reina, pero agradece sus cargas cotidianas. Son estas las que, a fin de cuentas, le liberan.

Ciudadano ejemplar

El aforamiento del Rey Juan Carlos tiene un cierto halo absurdo, dado que a él debería presuponérsele la ejemplaridad. No en vano, fue hasta ahora el cabeza de la Familia Real Española, una familia que, a fin de cuentas, debiera ser referente en cuanto a actitud y comportamiento. De sobra es comentada la mesura del rey abdicado y de su cónyuge en las cuestiones más serias, su sencillez en el trato con la ciudadanía, su capacidad para contener el gesto o para expresar su humanidad mostrándose puntualmente frágiles en las cuestiones más luctuosas, su interés por las artes y la cultura, por el deporte, por la sanidad, por la educación y por el ser humano, y también, cómo no, son objeto de debate hasta en las cuestiones más frívolas como las referentes a la elegancia de su estilismo y su gestualidad, que pasa a un primer plano cuando de protocolo se habla. Todas estas virtudes, achacadas a Don Juan Carlos y a Doña Sofía, fueron transmitidas a la ahora reina consorte, una de las responsables de inculcar dichos valores a la infanta Leonor, heredera al trono de España, y a su hermana, la infanta Sofía.

Resulta, por tanto, extraño que cualquiera de los miembros de la Familia Real precise de instrumentos de dicho calibre, que garanticen que, en el caso de ser investigado, haya de ser procesado por el Tribunal Supremo. Cierto es que Don Juan Carlos pierde su inviolabilidad, pero esta también debiera ser innecesaria. De hecho, Don Felipe no solo hereda un trono, sino cuanto este comporta y la ejemplaridad, la honestidad, la responsabilidad y la lucha por el bienestar de la ciudadanía del país del que ha pasado a ser soberano, ajustándose al respeto a la legislación vigente y cimentándose en ella, debieran ser sus máximas.

En el caso del nuevo entronizado, renunciar a la inviolabilidad, optando a ser aforado, sería una determinación altamente apreciada por monárquicos e incluso por republicanos, dado que mostraría a la ciudadanía su absoluto compromiso con el respeto a la ley. Privarse del aforamiento sería, a su vez, un gesto de nobleza por parte de Don Juan Carlos, Doña Sofía, la Reina Letizia y la Princesa de Asturias, dado que solo se puede prescindir de disfrutar de este privilegio, que deberá ser refrendado por el Senado, desde la convicción y desde el respeto a cuanto conlleva la legislación vigente. Y esta seguridad se le presupone a una familia que debe ser un paradigma para el grueso de la población estatal.

No obstante, el aforamiento de los reyes abdicados, de la Reina consorte y de la infanta Leonor, que solo podrán ser juzgados por la sala Civil o Penal del Tribunal Supremo, ha sido aprobado en el Congreso un día después de que se conociese que Cristina de Borbón, hermana de Felipe VI, sigue imputada por presunto blanqueo y fraude fiscal, tal y como ha precisado el juez Castro, instructor del caso Nóos, al dar por finalizada ayer (el pasado pasado 25 de junio) una investigación que se prolongó durante cuatro años.