Un resorte para la conciencia

Ayer las redes se tiñeron de dolor, un dolor punzante, agudo. Un dolor que debiera ser crónico, pero que, sin embargo, resulta rancio y maloliente cuando parte de aquellos a los que, cotidianamente, se les llena la boca de bravatas xenófobas.

Duele la imagen que ocasionó la conmoción, pero también la hipocresía de quienes olvidan que todo ser humano tiene derechos fundamentales y que estos son irrenunciables.

En la fotografía, un niño inerte: muerto en una playa. Un niño que, con solo tres años, huía de su casa, de su país, de una guerra. Un niño de infancia truncada, llena de miedos.

Su historia resume cientos de finales. Es una más. Es la historia de los que, para escapar de la muerte, compran un pasaje a un infierno de inanición en el que planea constante la sombra del naufragio.

El coste de vidas, inasumible, rara vez llega a portada. Y, mientras unos mueren, el goteo de personas que se encaminan al fracaso se mantiene inalterable. Su objetivo, arribar a una Europa en la que han de enfrentarse a un nuevo drama: el ocasionado por la sinrazón de aquellos que dicen representar al primer mundo y que, sin pudor, exhiben su mediocridad en cada argumento. Lo único claro es que las barreras y la soberbia limitan cualquier avance.

Los infortunios del ser social

La actitud crítica es innata al ser humano, al igual que su miedo sistemático a lo desconocido, a aquello que difiere del orden preestablecido en el que el individuo se ha integrado y que, por tanto, constituye su área de confort, por mucho que, en ocasiones, disienta de ella. Este temor se manifestó secularmente en pequeños gestos o en grandes gestas y hoy en día se vale de una pantalla como escudo a partir del que lanzar cualquier ataque. Las redes sociales se compartimentan en vitrinas en las que exhibir egos, catalogados y estructurados en función de las particularidades que los distinguen y que son las que les avalan para sentir esa pertenencia a grupo que tanto les complace.

Cuando la cobardía se traduce en prepotencia, algunos se creen con patente de corso para afear conductas ajenas. Y lo hacen incluso obviando aquellos valores que, a conveniencia, acostumbran a usar como estandarte. Pero, si un arma de ridiculización intergrupal resulta absurda, es aquella que señala el mal uso del léxico o la precaria ortografía del otro. Y lo es porque se pretende un análisis comparativo grupal sin atender, para ello, a los modos de expresión de muchos a los que asumen como iguales.

La incorrección campa a sus anchas por las redes sociales, pero es el individuo y no el colectivo el que, casi con orgullo, la propaga. Su objetivo, en un mundo supuestamente globalizado, es comunicar; y culpa al receptor de su incapacidad para entender un mensaje estructuralmente ininteligible.

Resulta lamentable este retroceso y más teniendo en cuenta que hace apenas un siglo, cuando el acceso a la alfabetización era minoritario, en países de habla hispana ya podíamos presumir de haber alumbrado a grandes de la literatura universal. Despuntaban por su creatividad, pero también por su dominio de la retórica y de sus figuras, y por un manejo de la lengua que resultaba exquisito. Conocían el léxico y se valían de su riqueza para jugar con las palabras y hallar la exacta. Conducían la entonación a través de construcciones inequívocas y cada signo ocupaba su lugar, sin dejar espacio al malentendido, ni siquiera entrelíneas.

Pero ahora, pese a que en muchos países se apuesta por la escolarización obligatoria y pese a que muchos se jactan de su bilingüismo o trilingüismo, nos encontramos con miles de personas incapaces de plasmar gramatical y ortográficamente aquello que quieren expresar. Aplicaciones de mensajería y redes sociales, lejos de servir como herramientas de comunicación, se usan para mancillarla, llenándola de ruido y ensombreciendo el mensaje. Producto de esta incomprensible desidia, surge el malentendido y, en algún caso, la ofensa. Y se llena, así, el espacio virtual de discusiones vacías y, en ocasiones, hirientes. Estas últimas protagonizadas no solo por quienes maltratan la lengua, sino por aquellos que olvidan que, aunque la libertad de expresión es un derecho fundamental, nunca prevalece sobre otros, como el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, tantas veces pisoteados.

Este comportamiento irreflexivo tiene mucho que ver con lo previamente aprendido, pues ninguna enseñanza lleva a la excelencia cuando se entretiene en particularidades, olvidándose del conjunto que las engloba. Es por ello que urge una reflexión para que, a partir de los grupos que inciden en la conformación de la personalidad del educando, se apueste por individuos completos y capaces, y en la que, al mismo tiempo, se establezcan las bases para que alcancen el máximo desarrollo de su potencial. Un paso para lograrlo es contribuir a desplegar ese instinto que les lleva a aprender y a superarse, en lugar de acallarlo bajo el cobertor de la pertenencia a grupo, que no es más que una maraña asfixiante.

CUESTIÓN DE PRIORIDADES

Hay quien se deja seducir por las mieles de una jaula de oro y por el hieratismo jerárquico con el que le agasaja su corte de zánganos. Una corte cuya única pretensión es la de verse satisfecha y que, de no lograrlo, no dudará en partir en busca de otro al que adular. De otro que tampoco añora compañía, ni anticipa derrocamientos. De otro que se ha hecho a la soledad y que simplemente se limita a contemplar como, en su colmena, todo fluye, siguiendo el orden preestablecido que inexorablemente precede a su muerte.

El enjambre lo completan quienes se amoldan a las encomiendas, sin consciencia de la relevancia de su hacer: de las tareas que les hostigan a enfrentarse a un mundo que, desde la oscuridad de su colmena, vislumbran abrupto.

En la colonia, cada ser es uno más en una masa que, hacinada, labora mecánicamente en pro de un bien ulterior, que ni siquiera comprende. Pero, como parte de un todo, el sujeto se siente amparado y validado. Su esfuerzo es dantesco si se balancea con la recompensa con la que, tras el trabajo, retorna a ese redil que considera hogar y en el que, pese a que suma, será suplido sin una lágrima y sin un lamento. Ha ocurrido siempre: la valía individual se ningunea.

Allí, ni siquiera se cuestionan las decisiones que preceden a la acción: se acata lo que marca la voz de la costumbre o la de aquel que se ha erigido en líder. Y el grueso del enjambre transige con quienes se alimentan de su obra.

En cualquier caso, la situación es caduca. Los rigores del frío y del hambre instigan al proletariado y este se torna subversivo. Es entonces cuando expulsa a esa casta parásita, que cotidianamente se ceñía a mantener el calor en la colmena y a repartir el néctar.

Pero en el día a día se intuyen siempre disidencias: entre el gentío, hay quien se niega a ser autómata. Ávido de conocimiento, se sumerge en la belleza de cuanto halla al paso. Alza el vuelo con brío y con la mirada dispuesta. Y observa, y descubre, y analiza, y crea. Se pierde en los colores y se sumerge en los aromas, mientras liba. Y regresa pleno al panal, donde, pese al desconcierto que provoca, le esperan.

Sabe bien que de una obrera puede surgir una reina, pero agradece sus cargas cotidianas. Son estas las que, a fin de cuentas, le liberan.

Dicen que está de fiesta,…

… pero, para muchos, hace tiempo que la jornada electoral ha perdido ese significado. Caminan, pues, con desidia, para acercarse a una mesa en la que depositar su pequeño aporte a la esperanza, en la que ya no creen. Tampoco lo hacen en la democracia, que parece diluirse día a día en un maremágnum de intereses cada vez más alejado del pueblo, que es, a fin de cuentas, el que lo sustenta.

Marina

A los descreídos, la mirada les delata. Está agotada de tantas cuitas. Y arrastran ese peso hacia un voto conformista, al compás que les marcan aquellos que alcanzan sus victorias alimentando miedos.

Otros, sin embargo, vacilan. No quieren empoderar a quienes cimientan su presunta vocación de servicio en un despotismo que dista de ser ilustrado. Pero se dejan llevar por el machacón voto desperdiciado y se autocensuran.

Voto conformista, voto nulo, voto en blanco, absentismo. Y, entre todo ese dolor, se atisba también la ilusión. La de quienes ejercen su derecho por primera vez y la de quienes, pese a todo, mantienen intactas sus convicciones, apuestan por su conciencia y, analizando los pros y los contras de cada opción, acuden a las urnas sin dejarse amilanar por dimes y diretes.

De como augar a festa

Hai quen define o carácter dos galegos como morriñento e reservado, pero calquera que coñeza Galicia e os seus costumes sabe ben da súa tendencia innata á algueirada, aparellada usualmente ó bo xantar. Ruadas, foliadas e romarías, case sempre hai unha excusa para a troula; pero, aínda que festexamos e festexamos, hoxe, Día das Letras Galegas, hai quen levanta a súa voz, amarga, deixando nun segundo plano a súa esencia: a conmemoración dunha loita secular, que segue en pé, na procura de preservar a nosa lingua, a nosa cultura e a nosa identidade.

O motivo da disconformidade é a elección do persoeiro ó que este ano se lle adica a xornada. Trátase dun mestre, Xosé Fernando Filgueira Valverde, incuestionablemente douto, pero cunha clara vocación política que o levou a ocupar a alcaldía da súa cidade natal, a de Pontevedra, durante unha das épocas máis escuras para Galicia e para os galegofalantes. Ser rexedor dende o 1959 ata o 1968 fai que, para moitos, o seu traballo na prol da divulgación do noso quede invalidado.

Entre as voces críticas, destaca a do actual rexedor de Pontevedra; pero tamén mostraron a súa disconformidade distintas entidades, como A Mesa Pola Normalización Lingüistica, que acordou organizar actividades alternativas, ou a asociación de escritores en galego. Todos eles consideran inapropiado que se lle outorgue dito recoñecemento a quen ocupou cargos de responsabilidade política durante o franquismo.

En todo caso, o compromiso político de Filgueira Valverde, non se circunscribe unicamente a aquela época, senón que é anterior e posterior. Os pactos coa esquerda foron os que o levaron a abandonar o Partido Galeguista, o primeiro no que militou, para pasar, en 1935, ás filas da Dereita Galeguista. Case medio século despois, e morto Franco, ocupou a Consellería de Cultura da Xunta de Galicia, dende a que defendeu a importancia do bilingüismo no ensino. Foi durante o primeiro goberno de Gerardo Fernández Albor.

En 2014, o plenario da Real Academia Galega, entidade da que el mesmo formou parte dende 1942, acordou, pola mínima, adicarlle o Día das Letras Galegas ó vello profesor. Entre os méritos que se lle atribúen a quen fora mestre nas cidades da muralla e do Lérez, están a súa tenacidade para impulsar a preservación dos tesouros materiais de Galicia, a través do Museo de Pontevedra, que dirixiu durante décadas. A el débese tamén unha extensa obra de carácter divulgativo, a través da que afondou no coñecemento de autores tan senlleiros como Castelao ou Rosalía; amais doutros estudos, como os que firmou sobre a épica medieval ou a toponimia de Galicia. Foron uns trescentos traballos e milleiros de artigos.

O seu interese pola investigación e por dar a coñecer o noso espertou cedo e, con tan só 17 anos, cofundou o Seminario de Estudios Galegos. Posteriormente, foi membro da Real Academia da Lingua, dirixiu o Instituto de Estudios Galegos Padre Sarmiento, presidiu o Consello da Cultura Galega, dende 1990 ata o seu pasamento en 1996, e integrou outras moitas organizacións e entidades.

Licenciado en Dereito, doutorado en Filosofía e Letras, e diplomado en Psicoloxía, o certo é que o seu compromiso con Galicia foi fondo, algo que, xunto coa súa traxectoria política, contribúe a que a figura de Filgueira Valverde non deixe lugar á indiferencia.

Debate sobre el estado de la nación

O cómo evitar que la realidad estropee la diversión

Amparados en lo que se atreven a tildar de datos, los oradores niegan la tempestad como propia y los que dicen atisbarla sitúan su epicentro, tal vez, allá por el Mediterráneo. Así, mientras unos representan su particular pantomima del rifirrafe, otros, los espectadores, intentan lidiar con una realidad de calma tan pasmosa como la que ayer se vivía en el Cantábrico (entiéndase, aquí, la ironía).

 


Costa de Lugo – A Mariña Occidental – Municipios de Viveiro, O Vicedo y Xove – Ría de Viveiro – Playa de Portonovo – Isla Coelleira

Involución programada

Hace no mucho tiempo, diría, de hecho, que fue ayer, la ciudadanía aspiraba a formarse, a aprender. Quería mejorar sus opciones y trabajar en pro de un bien común ulterior.

Sin embargo, hoy en día la masa, tan apática como maleable, se decanta por la mediocridad como refugio y aplaude, sin mesura, a aquel a quien ha decidido encumbrar. No elige al que encabeza a un equipo de investigación sanitario; tampoco al que se deja la piel en evitar el emponzoñamiento sistemático del entorno, cada vez más devaluado; ni siquiera a quien arriesga su vida para garantizar el mantenimiento de aquellos derechos que, reconocidos internacionalmente, hoy machacan gobiernos, patronales, sindicatos, religiones… como si, para ello, estuviesen legitimados; y lo hacen con tal saña que el pueblo, cautivo de sí mismo y de sus miserias, acepta rescindirlos sin una lágrima, casi sin un parpadeo; como si un velo opacase el sudor y la sangre con los que fueron forjados.

El populacho corona líderes en los que mirarse, a los que admirar y a los que envidiar; y, pervertidas sus aspiraciones evolutivas, envanece a gentes que, a fin de cuentas, son similares al grueso. Lo extraordinario no radica en su inteligencia o en su nobleza. Son gentes con dinero, con estilo, sin vergüenza. Gentes a quienes no les sonrojan sus carencias, y mucho menos las que a cuestiones éticas se refieren. Gentes que rezuman simpatía, pero incapaces para el afecto. Gentes que se rodean de una corte ciega, a la que ni siquiera la halitosis le desvela que, bajo las carillas estéticas, no hay más que huellas de una podredumbre en ciernes. Y que a la máscara, la llama carisma; a la cirugía, belleza; y a la amoralidad, Dorian Gray.

Acólita de la chabacanería y de los malabares con la legalidad, jamás duda. Solo habla de cercanía, sencillez, trabajo, tesón o, tal vez, de simple buena suerte. Acepta, jalea y, si es menester, calla. Incluso cuando la corrupción se vuelve hedionda, hay quienes niegan o justifican. También, quienes se compadecen, pese a que, vapuleados por la sinrazón que alientan, son incapaces de sentir lástima de sí mismos o de sus congéneres.

Pero la estupidez, en su voracidad parasitaria, se ha adueñado de una ciudadanía regodeada en sus miserias y que, temerosa de la luz, profundiza en la caverna y se aventura hacia el abismo, culpando a los medios, eso sí, de programar su torpeza.