Polvorín

Resulta triste comprobar cómo la ejecución de una persona se convierte rápidamente en un motivo más para la mofa a través de unas redes sociales en las que parece ser que todo cabe, incluso una absoluta falta del respeto al honor, a la intimidad y a la propia imagen de alguien que, por ostentar o haber ostentado cargos públicos, ve como dichos derechos fundamentales, se diluyen y le esquivan hasta hacerlos objeto de un escarnio sin cuartel en el que la impiedad se cobra también otras víctimas, las colaterales, que no pueden llorar el dolor de un tiroteo en plena calle.

No obstante, al común se le llena la boca exigiendo respeto cuando la burla le afecta y es entonces cuando enarbola términos grandilocuentes para denunciar su situación, que encumbra de un modo exasperante. Pero ese mismo individuo, que magnifica las pequeñas afrentas de las que es objeto, es el que no se comide a la hora de justificar su mordacidad, amparándola en trayectorias forjadas sobre rumores, que, carentes de cualquier solidez documental, corren de boca en boca atrapando a oyentes ávidos de cotilleos. Espectadores que, en su conformismo, confunden curiosidad con morbo y  que ni siquiera cuestionan los datos que, sin filtros que garanticen su veracidad, encajan con aquello que quisieran creer.

Esas tragaderas y esa absoluta contradicción moral son las que propician esa corrupción que, haciéndonos eco de cualquier información, creemos querer combatir. Y es por ello que erramos una y otra vez en nuestro propósito, un objetivo que pierde su nobleza cuando se sustenta en patrañas y en risas fatuas.

Un asesinato es lo que es y nada lo justifica. Ni siquiera una inculpación judicial o el hartazgo general ante los desmanes de la acción política. Nada puede convertir en plausible un ajusticiamiento, pues este pierde su significado cuando se deriva del sentir de una persona que, cargada de iracundia y rea de su desdicha, decide erigirse en juez y verdugo, como en los tiempos del terror, en los que un tiro en la nuca ni siquiera nos sorprendía, pues, en esa guerra sin logros, se había hecho del horror algo cotidiano.

Esta ejecución, en todo caso, debe llevar a una profunda reflexión de quienes priorizan el capital sobre el ciudadano, pues este asesinato no es más que una prueba de la inestabilidad de una masa a la que la desfachatez creciente del capital, que alimenta su ira, ha convertido en polvorín.

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