De oca en oca

A algunos, y no solo a aquellos que quieren acallar la libertad de expresión, parece ser que se les ha olvidado que votar no es un privilegio; o eso es lo que da a entender el sinfín de trabas que debemos enfrentar estos días los que, por el motivo que fuere, precisamos ejercer este derecho a través del servicio postal. Y es que visitar la estafeta es como protagonizar un programa de cámara oculta, cuyo objetivo es mofarse de quienes pierden la paciencia.

El primer inconveniente estriba en su horario

En una localidad que presume de ser ciudad, resulta ridículo que la atención al público se restrinja al turno matutino, especialmente, cuando de la accesibilidad al servicio depende que, quienes el 20D no podemos acudir a las urnas, podamos ejercer uno de los derechos fundamentales recogidos en nuestra Carta Magna.

Si esto ocurre en una ciudad, ¿qué pasará en el medio rural?

El segundo, radica en la desinformación 

Tras esperar mi turno, al otro lado del mostrador, me indican que, de no hallar mi DNI, no podré presentar la solicitud. Quiero pensar que quien me tocó en suerte como interlocutor es de esas personas aficionadas a marear la perdiz, a las que no les importa el tiempo que hacen perder al que lleva ya buena parte de la mañana esperando. Su desconocimiento, desde luego, no tiene validez como excusa; y menos aun cuando su tono para dirigirse al tendido fue continuadamente de superioridad y condescendencia. Ninguna de estas razones es, por tanto, plausible; y, por supuesto, ninguna le otorga patente de corso para saltarse a la torera el hecho de que, para realizar dicho trámite, un español puede también presentar su carné de conducir.

El tercer obstáculo tiene su razón en las características del modelo oficial de solicitud

Carece de apartados suficientes para cumplimentar correctamente una dirección postal larga o compleja. Por ello, cuando me lo entregan, intento evitar imprecisiones.

Tras hacer malabares y sobrellevar la consiguiente nueva espera, mi interlocutor, el mismo que me atendió inicialmente, me subraya que no se puede superar el espacio estipulado. Esto se traduce en una dilación más, pues habré de cubrir otro documento y volver a la cola.

El desánimo empieza a hacer mella, pero, por fin, llego a meta; y allí, disfrazada de cordialidad, me aguarda otra pega.

Si se tratase de un Juego de la Oca, el mostrador sería la temida casilla de la Muerte, que lleva al eterno retorno del que deriva el embudo y la consiguiente espera.

Pero la hora de cierre extiende su sombra sobre los que propician el colapso y estos, por fin, se deciden a ensanchar el cuello de botella. Cuando ya parecía imposible, logro salir. Y lo hago con una promesa: remitirán a mi domicilio la documentación pertinente.

La cuarta traba, estar ocupada en horario de mañana

Lo que recibo es un aviso: no estaba en casa en el momento de la entrega.

De Oca en Oca y tiro porque me toca.

Caigo de nuevo en la casilla de un horario clamorosamente insuficiente para buena parte de los trabajadores, cursillistas o estudiantes de este país. Muchos tienen obligaciones en el turno de mañana, por lo que, si tienen que acudir a la estafeta, habrán de solicitar el permiso pertinente a su empresa o a la institución a la que estén vinculados.

Lo mismo ocurre si quieren ejercer su derecho al voto, derecho que, insisto, está catalogado como fundamental.

Como consecuencia, solicito, por segunda vez en pocos días, tiempo para solucionar asuntos propios y vuelvo a la cola, que esta vez ha crecido. Cuarenta minutos para obtener la documentación, mientras alguien, tras el mostrador, decide desatender al público y ocuparse de otras cuestiones.

Supongo que lo hará consciente del efecto disuasorio que tendrá intuir lo abultado que será tiempo de espera sobre aquellos cuyos trámites no presenten urgencia.

El quinto problema es la dejadez 

Pido instrucciones, para no repetir fallos. ¡Osada de mí! Mi interlocutor, llamémosle demiurgo, me remite a las escritas.

Cubro los datos y cruzo los dedos. Media hora más de cola. Y, por fin, una buena nueva: “¡Menos mal que no has cerrado el sobre! Tienes que introducir este documento también”.

En la información facilitada, por supuesto, no figuraba toda la pertinente.

Completo el sobre y escucho la ansiada palabra: “¡Listo!”

El alivio me hace sonreír y le hago un comentario de apoyo a la persona que me atiende: “Con tanto trabajo, deberían contratar a más personal, aunque solo fuese estos días, para que podáis abrir también por la tarde”.

En ningún caso sugerí que doblasen turnos, ni que sacrificasen descansos; simplemente aludí a la conveniencia de ampliar el horario de apertura reforzando la plantilla, algo que, además, permitiría crear puestos de trabajo; aunque fuesen temporales.

Su respuesta me deja de nuevo perpleja: “El horario es el que es y no necesitamos a nadie más. Estos días hay trabajo porque tenemos también las Navidades encima; pero, como pasará también en tu empresa, desde que se cierra, se cierra, y la gente tiene que amoldarse”.

Tremendo que sea esto lo que escuches en una institución que presta un servicio público, en una entidad a la que se le encomienda, comicio tras comicio, una labor tan importante como es la de contribuir a que la ciudadanía, esa que tanto necesita de un empleo, pueda ejercer su derecho al sufragio.

Y, como broche de oro, la decepción

El proceso ha sido una odisea; y la decepción, grande. Decepción que se acrecentó al llegar a casa.

Hace tiempo que no voto programas o propuestas. No, hasta que la ley sirva para garantizar el cumplimiento de los mismos. Voto en conciencia y con el corazón. Pero, sobre la mesa, estaban algunas misivas, resúmenes, propaganda. Y, a toro pasado, decidí ojearlas.

Ninguna hacía alusión a un problema que afecta a millones de personas en este país: un problema de todos, una vergüenza nacional y social que, en ocasiones, se traduce en muerte (53 en lo que va de año; 748 desde 2004) y que otras veces, las más, obliga a sus víctimas a convivir a diario con el horror.

El consuelo, los incumplimientos electorales, esos que llevan a que desde la posición de gobierno se opte por la opción contraria a la inicialmente defendida. Por ello, gobierne quien gobierne, espero que de la nada surjan proyectos serios para hallar soluciones acordes a las necesidades de la ciudadanía.

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Los peligros de la desidia

Si bien es cierto que es perfectamente legítimo elegir no ejercer un derecho, la situación actual nos exige ser cautos y plenamente conscientes de qué supondrá nuestra decisión. Solo a partir de ahí, la omisión sería perfectamente entendible y, dadas las implicaciones que conllevaría, habría de ser objeto de análisis por cuantos dicen pugnar por representar a la ciudadanía en aras del crecimiento y de un mayor bienestar social. Sin embargo, esta medida es hoy en día infructuosa, dado que no lleva aparejadas consecuencias reales sobre unos resultados que, a fin de cuentas, determinarán el devenir social.

En todo caso, esta omisión del derecho a participar en la que otrora se cualificaba, sin un atisbo de duda, como una ilusionante fiesta de la democracia, y que hoy en día para muchos, pese a su cariz trágico, no es más que un corral de comedias, se convierte en un problema cuando está ligada a la desidia, cuyo vasto manto lo envuelve y lo esconde todo. Una dejadez que, si bien es cierto que está ligada al desencanto del electorado, se torna agria al transformarse en la queja vehemente y perenne que todos hemos escuchado y que culpa de unos resultados que no le agradan a quienes sí ejercieron sus derechos desde la libertad, esa que tanto costó conquistar.

La abstención derivada de la previsión de unas expectativas quebrantadas es legítima, siempre y cuando parta de la reflexión y especialmente cuando es activa, a través del voto nulo o del voto en blanco, pues estas últimas opciones sí implican un alzamiento que muestra un inconformismo real, a través del que se puede empezar a gestar el cambio y que es reflejo de la indignación de la calle.

Sin embargo, el principal cauce, el más efectivo para combatir la elección que consideramos equivocada, sigue siendo el voto, ajustándolo, en la medida de lo posible, a nuestras expectativas y necesidades. Capacitar a otros para tomar nuestras decisiones es absurdo, dado que, de hacerlo, un porcentaje mínimo del electorado será suficiente para entregar nuestra confianza a quienes consideramos que no la merece.

La decisión es libre, sí. Pero a nadie debieran escapársele el sudor, la sangre y las lágrimas que hay tras cada logro social. Tampoco que el sufragio universal fue uno de ellos, ni que optar por la renuncia a ejercerlo puede llevar aparejadas consecuencias nefastas. No en vano, resulta sospechoso el afán que algunos tienen por mover a su electorado y por alentar, al mismo tiempo, la apatía de quienes barajan posiciones contrarias a las que los primeros defienden.

No podemos olvidar que uno a uno, y excusándose en la crisis, nos están arrebatando nuestros derechos. A veces, de un modo sibilino; otras, a cara descubierta. Pero, en ocasiones, somos incluso nosotros mismos quienes los regalamos, como si fueran desechables. Permitir con nuestra actitud los ultrajes, es darle el brazo a quien nos ha pedido la mano; y renunciar a nuestros derechos, en un momento tan delicado como el que nos ahoga, es dejarnos a merced de quien aboga por condenarnos.