Un resorte para la conciencia

Ayer las redes se tiñeron de dolor, un dolor punzante, agudo. Un dolor que debiera ser crónico, pero que, sin embargo, resulta rancio y maloliente cuando parte de aquellos a los que, cotidianamente, se les llena la boca de bravatas xenófobas.

Duele la imagen que ocasionó la conmoción, pero también la hipocresía de quienes olvidan que todo ser humano tiene derechos fundamentales y que estos son irrenunciables.

En la fotografía, un niño inerte: muerto en una playa. Un niño que, con solo tres años, huía de su casa, de su país, de una guerra. Un niño de infancia truncada, llena de miedos.

Su historia resume cientos de finales. Es una más. Es la historia de los que, para escapar de la muerte, compran un pasaje a un infierno de inanición en el que planea constante la sombra del naufragio.

El coste de vidas, inasumible, rara vez llega a portada. Y, mientras unos mueren, el goteo de personas que se encaminan al fracaso se mantiene inalterable. Su objetivo, arribar a una Europa en la que han de enfrentarse a un nuevo drama: el ocasionado por la sinrazón de aquellos que dicen representar al primer mundo y que, sin pudor, exhiben su mediocridad en cada argumento. Lo único claro es que las barreras y la soberbia limitan cualquier avance.

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Involución programada

Hace no mucho tiempo, diría, de hecho, que fue ayer, la ciudadanía aspiraba a formarse, a aprender. Quería mejorar sus opciones y trabajar en pro de un bien común ulterior.

Sin embargo, hoy en día la masa, tan apática como maleable, se decanta por la mediocridad como refugio y aplaude, sin mesura, a aquel a quien ha decidido encumbrar. No elige al que encabeza a un equipo de investigación sanitario; tampoco al que se deja la piel en evitar el emponzoñamiento sistemático del entorno, cada vez más devaluado; ni siquiera a quien arriesga su vida para garantizar el mantenimiento de aquellos derechos que, reconocidos internacionalmente, hoy machacan gobiernos, patronales, sindicatos, religiones… como si, para ello, estuviesen legitimados; y lo hacen con tal saña que el pueblo, cautivo de sí mismo y de sus miserias, acepta rescindirlos sin una lágrima, casi sin un parpadeo; como si un velo opacase el sudor y la sangre con los que fueron forjados.

El populacho corona líderes en los que mirarse, a los que admirar y a los que envidiar; y, pervertidas sus aspiraciones evolutivas, envanece a gentes que, a fin de cuentas, son similares al grueso. Lo extraordinario no radica en su inteligencia o en su nobleza. Son gentes con dinero, con estilo, sin vergüenza. Gentes a quienes no les sonrojan sus carencias, y mucho menos las que a cuestiones éticas se refieren. Gentes que rezuman simpatía, pero incapaces para el afecto. Gentes que se rodean de una corte ciega, a la que ni siquiera la halitosis le desvela que, bajo las carillas estéticas, no hay más que huellas de una podredumbre en ciernes. Y que a la máscara, la llama carisma; a la cirugía, belleza; y a la amoralidad, Dorian Gray.

Acólita de la chabacanería y de los malabares con la legalidad, jamás duda. Solo habla de cercanía, sencillez, trabajo, tesón o, tal vez, de simple buena suerte. Acepta, jalea y, si es menester, calla. Incluso cuando la corrupción se vuelve hedionda, hay quienes niegan o justifican. También, quienes se compadecen, pese a que, vapuleados por la sinrazón que alientan, son incapaces de sentir lástima de sí mismos o de sus congéneres.

Pero la estupidez, en su voracidad parasitaria, se ha adueñado de una ciudadanía regodeada en sus miserias y que, temerosa de la luz, profundiza en la caverna y se aventura hacia el abismo, culpando a los medios, eso sí, de programar su torpeza.