Un resorte para la conciencia

Ayer las redes se tiñeron de dolor, un dolor punzante, agudo. Un dolor que debiera ser crónico, pero que, sin embargo, resulta rancio y maloliente cuando parte de aquellos a los que, cotidianamente, se les llena la boca de bravatas xenófobas.

Duele la imagen que ocasionó la conmoción, pero también la hipocresía de quienes olvidan que todo ser humano tiene derechos fundamentales y que estos son irrenunciables.

En la fotografía, un niño inerte: muerto en una playa. Un niño que, con solo tres años, huía de su casa, de su país, de una guerra. Un niño de infancia truncada, llena de miedos.

Su historia resume cientos de finales. Es una más. Es la historia de los que, para escapar de la muerte, compran un pasaje a un infierno de inanición en el que planea constante la sombra del naufragio.

El coste de vidas, inasumible, rara vez llega a portada. Y, mientras unos mueren, el goteo de personas que se encaminan al fracaso se mantiene inalterable. Su objetivo, arribar a una Europa en la que han de enfrentarse a un nuevo drama: el ocasionado por la sinrazón de aquellos que dicen representar al primer mundo y que, sin pudor, exhiben su mediocridad en cada argumento. Lo único claro es que las barreras y la soberbia limitan cualquier avance.