De como augar a festa

Hai quen define o carácter dos galegos como morriñento e reservado, pero calquera que coñeza Galicia e os seus costumes sabe ben da súa tendencia innata á algueirada, aparellada usualmente ó bo xantar. Ruadas, foliadas e romarías, case sempre hai unha excusa para a troula; pero, aínda que festexamos e festexamos, hoxe, Día das Letras Galegas, hai quen levanta a súa voz, amarga, deixando nun segundo plano a súa esencia: a conmemoración dunha loita secular, que segue en pé, na procura de preservar a nosa lingua, a nosa cultura e a nosa identidade.

O motivo da disconformidade é a elección do persoeiro ó que este ano se lle adica a xornada. Trátase dun mestre, Xosé Fernando Filgueira Valverde, incuestionablemente douto, pero cunha clara vocación política que o levou a ocupar a alcaldía da súa cidade natal, a de Pontevedra, durante unha das épocas máis escuras para Galicia e para os galegofalantes. Ser rexedor dende o 1959 ata o 1968 fai que, para moitos, o seu traballo na prol da divulgación do noso quede invalidado.

Entre as voces críticas, destaca a do actual rexedor de Pontevedra; pero tamén mostraron a súa disconformidade distintas entidades, como A Mesa Pola Normalización Lingüistica, que acordou organizar actividades alternativas, ou a asociación de escritores en galego. Todos eles consideran inapropiado que se lle outorgue dito recoñecemento a quen ocupou cargos de responsabilidade política durante o franquismo.

En todo caso, o compromiso político de Filgueira Valverde, non se circunscribe unicamente a aquela época, senón que é anterior e posterior. Os pactos coa esquerda foron os que o levaron a abandonar o Partido Galeguista, o primeiro no que militou, para pasar, en 1935, ás filas da Dereita Galeguista. Case medio século despois, e morto Franco, ocupou a Consellería de Cultura da Xunta de Galicia, dende a que defendeu a importancia do bilingüismo no ensino. Foi durante o primeiro goberno de Gerardo Fernández Albor.

En 2014, o plenario da Real Academia Galega, entidade da que el mesmo formou parte dende 1942, acordou, pola mínima, adicarlle o Día das Letras Galegas ó vello profesor. Entre os méritos que se lle atribúen a quen fora mestre nas cidades da muralla e do Lérez, están a súa tenacidade para impulsar a preservación dos tesouros materiais de Galicia, a través do Museo de Pontevedra, que dirixiu durante décadas. A el débese tamén unha extensa obra de carácter divulgativo, a través da que afondou no coñecemento de autores tan senlleiros como Castelao ou Rosalía; amais doutros estudos, como os que firmou sobre a épica medieval ou a toponimia de Galicia. Foron uns trescentos traballos e milleiros de artigos.

O seu interese pola investigación e por dar a coñecer o noso espertou cedo e, con tan só 17 anos, cofundou o Seminario de Estudios Galegos. Posteriormente, foi membro da Real Academia da Lingua, dirixiu o Instituto de Estudios Galegos Padre Sarmiento, presidiu o Consello da Cultura Galega, dende 1990 ata o seu pasamento en 1996, e integrou outras moitas organizacións e entidades.

Licenciado en Dereito, doutorado en Filosofía e Letras, e diplomado en Psicoloxía, o certo é que o seu compromiso con Galicia foi fondo, algo que, xunto coa súa traxectoria política, contribúe a que a figura de Filgueira Valverde non deixe lugar á indiferencia.

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Debate sobre el estado de la nación

O cómo evitar que la realidad estropee la diversión

Amparados en lo que se atreven a tildar de datos, los oradores niegan la tempestad como propia y los que dicen atisbarla sitúan su epicentro, tal vez, allá por el Mediterráneo. Así, mientras unos representan su particular pantomima del rifirrafe, otros, los espectadores, intentan lidiar con una realidad de calma tan pasmosa como la que ayer se vivía en el Cantábrico (entiéndase, aquí, la ironía).

 


Costa de Lugo – A Mariña Occidental – Municipios de Viveiro, O Vicedo y Xove – Ría de Viveiro – Playa de Portonovo – Isla Coelleira

Involución programada

Hace no mucho tiempo, diría, de hecho, que fue ayer, la ciudadanía aspiraba a formarse, a aprender. Quería mejorar sus opciones y trabajar en pro de un bien común ulterior.

Sin embargo, hoy en día la masa, tan apática como maleable, se decanta por la mediocridad como refugio y aplaude, sin mesura, a aquel a quien ha decidido encumbrar. No elige al que encabeza a un equipo de investigación sanitario; tampoco al que se deja la piel en evitar el emponzoñamiento sistemático del entorno, cada vez más devaluado; ni siquiera a quien arriesga su vida para garantizar el mantenimiento de aquellos derechos que, reconocidos internacionalmente, hoy machacan gobiernos, patronales, sindicatos, religiones… como si, para ello, estuviesen legitimados; y lo hacen con tal saña que el pueblo, cautivo de sí mismo y de sus miserias, acepta rescindirlos sin una lágrima, casi sin un parpadeo; como si un velo opacase el sudor y la sangre con los que fueron forjados.

El populacho corona líderes en los que mirarse, a los que admirar y a los que envidiar; y, pervertidas sus aspiraciones evolutivas, envanece a gentes que, a fin de cuentas, son similares al grueso. Lo extraordinario no radica en su inteligencia o en su nobleza. Son gentes con dinero, con estilo, sin vergüenza. Gentes a quienes no les sonrojan sus carencias, y mucho menos las que a cuestiones éticas se refieren. Gentes que rezuman simpatía, pero incapaces para el afecto. Gentes que se rodean de una corte ciega, a la que ni siquiera la halitosis le desvela que, bajo las carillas estéticas, no hay más que huellas de una podredumbre en ciernes. Y que a la máscara, la llama carisma; a la cirugía, belleza; y a la amoralidad, Dorian Gray.

Acólita de la chabacanería y de los malabares con la legalidad, jamás duda. Solo habla de cercanía, sencillez, trabajo, tesón o, tal vez, de simple buena suerte. Acepta, jalea y, si es menester, calla. Incluso cuando la corrupción se vuelve hedionda, hay quienes niegan o justifican. También, quienes se compadecen, pese a que, vapuleados por la sinrazón que alientan, son incapaces de sentir lástima de sí mismos o de sus congéneres.

Pero la estupidez, en su voracidad parasitaria, se ha adueñado de una ciudadanía regodeada en sus miserias y que, temerosa de la luz, profundiza en la caverna y se aventura hacia el abismo, culpando a los medios, eso sí, de programar su torpeza.

La democracia, una ilusión

En los últimos días, se han producido decenas de acalorados debates acerca de las posibles repercusiones del desbloqueo económico de Cuba, al permitir la importación y exportación desde y hacia Estados Unidos, beneficiando, especialmente, a sectores tan representativos para la economía insular como es el turístico. No obstante, al hilo de la noticia, consecuencia directa de las acciones que desde 2011 ha promovido el régimen de Raúl Castro, el análisis se ha politizado hasta resultar, en ocasiones, sorprendente. Y es que ya se escuchan voces que demandan que la república cubana continúe ampliando su apertura, algo para lo que le exigen una apuesta clara y contundente por nuevas fórmulas que permitan garantizar el cumplimiento de los derechos básicos y fundamentales de la ciudadanía.

La proclama tendría cabida, si no fuese lanzada en un alarde de suficiencia ejemplarizante. Resultaría jocoso de no ser por las consecuencias de los desmanes del capital y de su cruenta dictadura, que son reales. No hay que olvidar que, amparados tras la excusa de la crisis, los gobiernos de la Vieja Europa alientan el miedo y con él silencian las posibles voces discordantes con toda esa suerte de medidas absurdas con las que, quienes llevaron al autoerigido como Primer Mundo al caos, pretenden ahora coronarse como salvadores de patrias. Se sirven para ello de una vorágine devastadora, que ha dilapidado el estado del bienestar y que ha banalizado los derechos fundamentales hasta convertirlos en pasado.

Los países más desfavorecidos por la sinrazón económica siguen el dictado que les marcan quienes, durante años, vivieron de rentas. Pero estos últimos ya comienzan a mostrar sus grietas, tras las que el despropósito asoma hediondo, con sus pensiones ínfimas, que exigen que la ciudadanía se convierta en funámbula para subsistir. Desde allí, desde esa fatua tribuna, se recomiendan mermas salariales, para favorecer la creación de un empleo que, cada vez más precario, tan solo sirve para que el pobre compute como ocupado. Y, aunque acatar estos mandados en España es contrario a los derechos y deberes reflejados en la Carta Magna (en la que también figuran conceptos como la dignidad, aparejados, por ejemplo, al ámbito de la vivienda), no es de extrañar que acá los señores del capital hayan creído conveniente y legítimo arrinconar el artículo 33.3 de la Constitución, relativo a la propiedad, o el 51.1, que vela por los intereses de consumidor; o que los poderes públicos se hayan olvidado de que han de promover “condiciones favorables para el progreso social y económico y para una distribución de la renta regional y personal más equitativa”, al tiempo que han de desarrollar una “política orientada al pleno empleo”, tal y como defiende el artículo 40.1.

Trabajo, vivienda, educación, salud… son solo algunos de los derechos de la ciudadanía que se han convertido en papel mojado; derechos que, posiblemente, serán rescatados a modo de limosna, de promesa o de logro sin parangón con los que comprar voluntades cuando se acerquen los comicios.

En este marco, en el que hasta el derecho al pataleo ha sido vapuleado (a través de la Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza) y en el que hasta la ONU subraya sombras, tertulianos, probablemente aquejados de presbicia, alzan su voz paternalista para reclamar libertad y democracia para otros.

Educandos lastrados

Entreabierta, la ventana solo deja entrar el silencio. Pero una voz lo rompe: “Tonta, eres tonta, tonta y TONTA”. La voz, ahí, se hace grito. Es una mujer la que increpa; y, por fin, otra voz se defiende: la de una niña, que intenta disculpar su torpeza. Está pidiendo ayuda, insistiendo en el “no sé” hacerlo, en el “nunca” lo he hecho. Su vocabulario, su timbre, su tono, todo indica que, probablemente, la pequeña no supera los cinco o seis años y que, por tanto, es aun neófita en todo cuanto a deberes se refiere.

Es posible que la otra, la adulta, también sea bisoña en la labor para la que la reclaman: evaluar para corregir y, finalmente, guiar. Sería atrevido ir más allá y aventurar que el insulto no es más que la respuesta airada de una fiera herida, que, en lugar de lamerse las heridas para recomenzar, oculta en su menosprecio su desconocimiento, su torpeza o su miedo para identificar el escollo; y esto le llevará, inevitablemente, a tropezar una y otra vez en él. Sin embargo, ninguna de estas cábalas serviría como excusa. Y esto es así dado que ni siquiera el más burdo de los docentes ignora el hecho de que un exabrupto solo humilla, jamás enseña y rara vez motiva hacia la búsqueda del conocimiento o hacia la adquisición de destrezas.

Desconozco de qué boca partió el adjetivo. Puede que de la de una madre o de la de alguien que guarda algún parentesco con la niña. Incluso podría haber sido una amiga de la familia la que profirió el improperio o, quién sabe, una aprendiz de docente estrecha de entendimiento. Lo que es indefectible es que la autora no supo aprovechar o careció en su día de un mentor capaz de encaminarla hacia la adquisición de unas destrezas mínimas como educadora. Es probable que ella misma fuese otrora objeto de un proceso en el que se apostase por el castigo, en lugar de optar por premiar lo correcto con un refuerzo positivo. Pero es que ni siquiera una presumible repetición de las conductas observadas y asumidas en su niñez tendría validez como pretexto. De ellas, de los errores comunes, debiera haber extraído unas conclusiones indisolublemente ligadas al statu quo, cuyo devenir parece condenado al inmovilismo, debido a que, amedrentado y pese a los presumibles avances, coarta el crecimiento del individuo como ser independiente y  libre.

Y es que inculcar a un educando que tiene límites lo conculca, dejándolo a merced de los caprichos de los mediocres que, en una sociedad de mínimos y populismos, han copado el capital, esclavizando, en su nombre, a la masa proletaria que se alimenta de miedos. Pero este lastre, enraizado en la subjetividad de quien carece de potestad para ejercer de perdonavidas, resulta todavía más atroz cuando se utiliza para soterrar las ansias de aprendizaje de una niña. Es por ello que no podemos mirar para otro lado cuando vemos a la mujer, víctima histórica del machismo, adoctrinar a sus congéneres en la asunción de la desigualdad como parte intrínseca de la vida, como el ardid que posibilita el bienestar.

En cualquier caso, descalificar a un niño no es una mera anécdota, dado que, lo que pudiera parecer una simple frase, podría erigirse en cimiento para sostener el sometimiento voluntario de un individuo que, a partir de su supuesta torpeza, decidirá progresivamente involucionar e incapacitarse para cuestionar; y para, finalmente, acomodarse en una autocracia hambrienta y destructiva, comandada por el capital y sus acólitos.

La necedad y la cobardía

En una sociedad insana, como la que cultivamos a diario, ha llegado a adquirir tintes de normalidad el hecho de que la sinceridad resulte dudosa al oyente que, bregado en mil engaños, cuestiona mecánicamente cuanta información le llega. El problema es que lo hace atendiendo a unos protocolos aprendidos que, a la larga, no responden a su propósito, dado que, conocidas las reglas, pueden ser manejados a su antojo por el artífice de un engaño o incluso pueden ser inconscientemente manipulados por quien escudriña en la búsqueda de algún resquicio por el que pudiera haberse colado la falsedad. En todo caso, las conclusiones pueden ser erradas y, por tanto, ineficaces.

Al que todo lo cuestiona, hay que sumarle otro tipo de individuo: aquel que recrea los hechos hasta otorgarles significado, concretamente, el que se ajusta a sus intereses. Es usual toparse con algún “lumbrera” que, sin ningún tipo de argumento, ni verbal ni no verbal, con el que respaldar su teorización, adivina “intenciones”, “necesidades” o “realidades”. Y lo hace en nombre de cualquier sujeto, sea o no conocido, adelantándose así a sus deseos o guiándole para encauzar mejor sus acciones o incluso sus pensamientos. Y endiosa, y demoniza. Y se encarama, para ello, en un pedestal de soberbia desde el que todo semeja a su alcance. Todo salvo el suelo, que es el que, a fin de cuentas, sostiene y condiciona al que es tan alegremente juzgado, y que determina las raíces que definen las conductas.

Nos hallamos, pues, ante un ignorante supino, pero un ignorante que, a fin de cuentas, se cree feliz. Desde su atalaya intangible, que le aleja y al tiempo le protege de cuantos lo rodean, cimienta una presunta astucia que, a su vez, da soporte a su autoconcepto, que se eleva, aparentemente, sin toparse con ningún obstáculo. Y esta percepción, que le lleva a ser en ocasiones magnánimo y condescendiente, es la que le impulsa a perpetuar esa sensación. Una sensación que, no obstante, solo se vuelve real y sublime amparada en su carácter efímero. Volverla perenne, pues, la transforma en mediocre y, como consecuencia, en irreal, por más que parezca nutrir a los ilusos.

La necedad, esa que nos permite amoldar la “realidad” a nuestra conveniencia, es la que nos sitúa en ese estado de armonía, de comunión con una sociedad a la que creemos entender y que, por contra, se nos escapa a través de las individualidades, que son las únicas capaces de otorgarle lustre: de hacerla crecer. Por eso, es preferible bajar al suelo y exponernos a la fragilidad, dado que es esta la que, a través de la experiencia, nos pone alerta y nos permite firmeza en el paso. Es esa vulnerabilidad, conocida, la que nos capacita para medir, para analizar, para apreciar, para desechar. Ningún cobarde, ni siquiera aquel que maquilla la realidad a su antojo, es capaz de sentir realmente placer o dicha. Cree, seguramente, que ya no puede aspirar a más, dado que en su caparazón se siente protegido, incluso pleno. Pero le falta el aire; le falta vivir; le falta reafirmar su yo; le falta equivocarse, para poder resurgir; le falta experimentar y, por tanto, aprender. Le falta todo, puesto que de lo que se protege es de su propia naturaleza, y es que esta es la que más le aterra y decepciona.

De la humildad

Hay quien exige del pueblo humildad, humildad para agachar la cerviz y acatar los mandados de unos pocos que, gracias a la crisis, están engrosando su capital. Lo hacen amparados no solo por quienes dicen querer favorecer el empleo a través de la concesión de subvenciones y ayudas a quienes no las necesitan, dotándolas así de un cariz absurdo y desmesurado, sino también por una legislación laboral que contribuye al servilismo de la población activa y que ha sido diseñada para favorecer, exclusivamente, a un empresariado de elite.

La normativa vigente en poco o en nada favorece a las pequeñas y medianas empresas que, ahogadas en impuestos y burocracia, normalmente se ven abocadas al cierre, arrastrando en su debacle tanto a sus asalariados como  al emprendedor que, lleno de esa ilusión que nos venden y que no es más que un espejismo, hipotecó su vida. Su ruina no se circunscribe, así, a la cuantía con la que respaldó la inversión inicial, sino que a ella ha de sumar deudas propias y ajenas. Pues, además, en el proceso, es usual tener que asumir que el sinfín de impagos, por los que ya se tributó, jamás se traducirán en ingresos. Impagos que, en ocasiones, provienen de aquellos clientes que aparentemente contaban con una mayor solvencia.

Por tanto, no es al autónomo al que se ha de exigir humildad, ya que la subsistencia de su proyecto no se ve comprometida por su tesón o por sus ganas de trabajar, sino por un sistema que abre la mano para acariciar a quien no necesita lisonjas y que aprovecha esa misma mano extendida para abofetear a quien trabaja para generar su propio empleo y para crear otros nuevos. Un sistema risible, que se defiende con violencia, en lugar de contestar a golpes de luchas y  hechos en pro del pueblo que lo sustenta, pese a que pasa hambre. Un sistema ciego ante la pobreza creciente, que culpa al individuo de haber vivido por encima de sus posibilidades, pero que es generoso con entidades proclives al despilfarro. Un sistema que rescata bancos, sin exigirles unas contrapartidas mínimas, como el restaurar el sistema crediticio, de una forma seria, responsable y sostenible, a fin de impulsar la senda del crecimiento en la que, si aspira a un futuro, debiera querer situarse.

No obstante, el capital insiste en exigir humildad a quienes prácticamente tienen que pagar por trabajar y tienen, además, que comulgar con una serie de condiciones que alejan a este país del presente, situándolo en épocas pretéritas en las que la mano de obra, incluida la cualificada, era prácticamente mendicante.

La humildad, insisto, no ha de venir del pueblo. La humildad ha de venir de aquellos que tildan de privilegios los derechos fundamentales del ser humano. De aquellos que, con soberbia, se autoproclaman salvadores de la patria y que, una y otra vez, nos demuestran su incapacidad para devolver unos mínimos de dignidad a aquellos que, durante años, han posibilitado, con sus impuestos, que unos pocos se llenasen los bolsillos. Y que lo hiciesen incluso desde el beneplácito. No necesitaban siquiera valerse de las innumerables triquiñuelas cuya legalidad está en entredicho y que ha de resolverse en unos tribunales saturados de imputaciones ligadas a la usura. No era preciso. No. Solo necesitaban un acuerdo plenario, una mayoría que no había de ser siquiera absoluta, para aprobar sueldos petulantes que servían para alejar aun más al presunto servidor del pueblo de la realidad salarial de quienes, en las urnas, los encumbraron en sus ganas de medrar. Esos votantes que, ahora mismo, malviven, merced al despropósito de una gestión nefasta. Una gestión heredada y perpetuada.

Y, por si fuese insuficiente, hay quienes se atreven a sumarse a este circo de vanidades. Entre las frases hilarantes, destacan las de los representantes de la patronal. No obstante, ninguno parece darse cuenta de que el pueblo no está de humor. La culpa, en todo caso, seguramente no sea suya. Tal vez la responsabilidad habría de asumirla su cátedra, dado que hay sillones presidenciales que alejan a quienes los ocupan de la sociedad y, evidentemente, desde ese aislamiento resulta muy difícil apreciar la existencia de necesidades básicas por parte del populacho, de cuya voz, en la atalaya del poder, no se escucha ni el eco. Así, pues, no habrá de considerarse una insidia que haya quien asegure que un millón de amos y amas de casa se han apuntado al paro para cobrar algún subsidio. Su desconocimiento es coyuntural y se debe, básicamente, a la impermeabilidad de esa burbuja en la que vive la clase pudiente y que tanto la aleja de la realidad.

En cualquier caso, para poder hacer análisis sensatos y aportar soluciones reales, es menester romper el cascarón, para tocar por fin el suelo y tomarle el pulso a la calle. Allí, los gurús de la economía podrían comprobar, por ejemplo, que los salarios que se ofrecen a los de a pie, muchos de ellos individuos sobradamente cualificados, son, en ocasiones, notablemente inferiores a los que percibirían en el caso de recibir un subsidio de desempleo y que, por tanto, aceptar sueldos irrisorios no solo es inviable cuando se tienen cargas familiares, sino que, además, repercute negativamente sobre todo el sector en el se claudica. Por tanto, aunque sí haya quienes opten por la supervivencia, decir no es un ejercicio de responsabilidad y de conciencia social.

Pero ofrecer miseria, también perjudica al capital, al  limitar la capacidad del empresariado para seleccionar los perfiles que mejor encajan con sus necesidades; y esto, finalmente, devendrá en el fracaso de proyectos que, de actuar con cabeza en lugar de dejarse comandar por la avaricia, tendrían un gran futuro.

A nadie debiera escapársele que, para poder competir, es preciso marcar la diferencia y esta radica, precisamente, en los recursos humanos al servicio de la creatividad, de ejercer de embajadores y de escuchar al consumidor, para hallar la mejor solución a sus necesidades. Por tanto, ante la imposibilidad de poder compensar con un salario y con unas condiciones dignas al empleado, la recomendación más plausible es la de buscar un mecenas, apostar por una asociación o negociar un crédito. Si ninguna de estas vías es factible, probablemente la propuesta carezca de la brillantez que se le presuponía o el modo de exponerla no ha sido el correcto. En este punto, la mejor opción es desecharla, modificarla o iniciarla a menor escala, apostando, en este último caso, por un ajuste real de los recursos al proyecto empresarial.

Para ello, insisto, es preciso humildad, pues solo la renuncia a la propia vanidad permitirá al empresario comprender que es precisamente el afán desmedido de lucro el que le llevará irremediablemente al fracaso. Solo la humildad, esa que gobernantes y capital le exigen al pueblo, le permitirá comprender que un análisis riguroso y responsable es el único que le permitirá solventar fallos y adquirir un compromiso con sus empleados que, a fin de cuentas, son sus principales y sus mejores activos.

La humildad, por tanto, no compete a quien pugna por los derechos de todos, sino a quienes debieran encabezar esta lucha por el bienestar social y por la dignidad. Debiera, pues, exigírsele a quienes, con su gestión de mínimos y sus manejos alegales, condenan y se condenan a la mediocridad y, finalmente, al fracaso.