CUESTIÓN DE PRIORIDADES

Hay quien se deja seducir por las mieles de una jaula de oro y por el hieratismo jerárquico con el que le agasaja su corte de zánganos. Una corte cuya única pretensión es la de verse satisfecha y que, de no lograrlo, no dudará en partir en busca de otro al que adular. De otro que tampoco añora compañía, ni anticipa derrocamientos. De otro que se ha hecho a la soledad y que simplemente se limita a contemplar como, en su colmena, todo fluye, siguiendo el orden preestablecido que inexorablemente precede a su muerte.

El enjambre lo completan quienes se amoldan a las encomiendas, sin consciencia de la relevancia de su hacer: de las tareas que les hostigan a enfrentarse a un mundo que, desde la oscuridad de su colmena, vislumbran abrupto.

En la colonia, cada ser es uno más en una masa que, hacinada, labora mecánicamente en pro de un bien ulterior, que ni siquiera comprende. Pero, como parte de un todo, el sujeto se siente amparado y validado. Su esfuerzo es dantesco si se balancea con la recompensa con la que, tras el trabajo, retorna a ese redil que considera hogar y en el que, pese a que suma, será suplido sin una lágrima y sin un lamento. Ha ocurrido siempre: la valía individual se ningunea.

Allí, ni siquiera se cuestionan las decisiones que preceden a la acción: se acata lo que marca la voz de la costumbre o la de aquel que se ha erigido en líder. Y el grueso del enjambre transige con quienes se alimentan de su obra.

En cualquier caso, la situación es caduca. Los rigores del frío y del hambre instigan al proletariado y este se torna subversivo. Es entonces cuando expulsa a esa casta parásita, que cotidianamente se ceñía a mantener el calor en la colmena y a repartir el néctar.

Pero en el día a día se intuyen siempre disidencias: entre el gentío, hay quien se niega a ser autómata. Ávido de conocimiento, se sumerge en la belleza de cuanto halla al paso. Alza el vuelo con brío y con la mirada dispuesta. Y observa, y descubre, y analiza, y crea. Se pierde en los colores y se sumerge en los aromas, mientras liba. Y regresa pleno al panal, donde, pese al desconcierto que provoca, le esperan.

Sabe bien que de una obrera puede surgir una reina, pero agradece sus cargas cotidianas. Son estas las que, a fin de cuentas, le liberan.

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La necedad y la cobardía

En una sociedad insana, como la que cultivamos a diario, ha llegado a adquirir tintes de normalidad el hecho de que la sinceridad resulte dudosa al oyente que, bregado en mil engaños, cuestiona mecánicamente cuanta información le llega. El problema es que lo hace atendiendo a unos protocolos aprendidos que, a la larga, no responden a su propósito, dado que, conocidas las reglas, pueden ser manejados a su antojo por el artífice de un engaño o incluso pueden ser inconscientemente manipulados por quien escudriña en la búsqueda de algún resquicio por el que pudiera haberse colado la falsedad. En todo caso, las conclusiones pueden ser erradas y, por tanto, ineficaces.

Al que todo lo cuestiona, hay que sumarle otro tipo de individuo: aquel que recrea los hechos hasta otorgarles significado, concretamente, el que se ajusta a sus intereses. Es usual toparse con algún “lumbrera” que, sin ningún tipo de argumento, ni verbal ni no verbal, con el que respaldar su teorización, adivina “intenciones”, “necesidades” o “realidades”. Y lo hace en nombre de cualquier sujeto, sea o no conocido, adelantándose así a sus deseos o guiándole para encauzar mejor sus acciones o incluso sus pensamientos. Y endiosa, y demoniza. Y se encarama, para ello, en un pedestal de soberbia desde el que todo semeja a su alcance. Todo salvo el suelo, que es el que, a fin de cuentas, sostiene y condiciona al que es tan alegremente juzgado, y que determina las raíces que definen las conductas.

Nos hallamos, pues, ante un ignorante supino, pero un ignorante que, a fin de cuentas, se cree feliz. Desde su atalaya intangible, que le aleja y al tiempo le protege de cuantos lo rodean, cimienta una presunta astucia que, a su vez, da soporte a su autoconcepto, que se eleva, aparentemente, sin toparse con ningún obstáculo. Y esta percepción, que le lleva a ser en ocasiones magnánimo y condescendiente, es la que le impulsa a perpetuar esa sensación. Una sensación que, no obstante, solo se vuelve real y sublime amparada en su carácter efímero. Volverla perenne, pues, la transforma en mediocre y, como consecuencia, en irreal, por más que parezca nutrir a los ilusos.

La necedad, esa que nos permite amoldar la “realidad” a nuestra conveniencia, es la que nos sitúa en ese estado de armonía, de comunión con una sociedad a la que creemos entender y que, por contra, se nos escapa a través de las individualidades, que son las únicas capaces de otorgarle lustre: de hacerla crecer. Por eso, es preferible bajar al suelo y exponernos a la fragilidad, dado que es esta la que, a través de la experiencia, nos pone alerta y nos permite firmeza en el paso. Es esa vulnerabilidad, conocida, la que nos capacita para medir, para analizar, para apreciar, para desechar. Ningún cobarde, ni siquiera aquel que maquilla la realidad a su antojo, es capaz de sentir realmente placer o dicha. Cree, seguramente, que ya no puede aspirar a más, dado que en su caparazón se siente protegido, incluso pleno. Pero le falta el aire; le falta vivir; le falta reafirmar su yo; le falta equivocarse, para poder resurgir; le falta experimentar y, por tanto, aprender. Le falta todo, puesto que de lo que se protege es de su propia naturaleza, y es que esta es la que más le aterra y decepciona.

Ciudadano ejemplar

El aforamiento del Rey Juan Carlos tiene un cierto halo absurdo, dado que a él debería presuponérsele la ejemplaridad. No en vano, fue hasta ahora el cabeza de la Familia Real Española, una familia que, a fin de cuentas, debiera ser referente en cuanto a actitud y comportamiento. De sobra es comentada la mesura del rey abdicado y de su cónyuge en las cuestiones más serias, su sencillez en el trato con la ciudadanía, su capacidad para contener el gesto o para expresar su humanidad mostrándose puntualmente frágiles en las cuestiones más luctuosas, su interés por las artes y la cultura, por el deporte, por la sanidad, por la educación y por el ser humano, y también, cómo no, son objeto de debate hasta en las cuestiones más frívolas como las referentes a la elegancia de su estilismo y su gestualidad, que pasa a un primer plano cuando de protocolo se habla. Todas estas virtudes, achacadas a Don Juan Carlos y a Doña Sofía, fueron transmitidas a la ahora reina consorte, una de las responsables de inculcar dichos valores a la infanta Leonor, heredera al trono de España, y a su hermana, la infanta Sofía.

Resulta, por tanto, extraño que cualquiera de los miembros de la Familia Real precise de instrumentos de dicho calibre, que garanticen que, en el caso de ser investigado, haya de ser procesado por el Tribunal Supremo. Cierto es que Don Juan Carlos pierde su inviolabilidad, pero esta también debiera ser innecesaria. De hecho, Don Felipe no solo hereda un trono, sino cuanto este comporta y la ejemplaridad, la honestidad, la responsabilidad y la lucha por el bienestar de la ciudadanía del país del que ha pasado a ser soberano, ajustándose al respeto a la legislación vigente y cimentándose en ella, debieran ser sus máximas.

En el caso del nuevo entronizado, renunciar a la inviolabilidad, optando a ser aforado, sería una determinación altamente apreciada por monárquicos e incluso por republicanos, dado que mostraría a la ciudadanía su absoluto compromiso con el respeto a la ley. Privarse del aforamiento sería, a su vez, un gesto de nobleza por parte de Don Juan Carlos, Doña Sofía, la Reina Letizia y la Princesa de Asturias, dado que solo se puede prescindir de disfrutar de este privilegio, que deberá ser refrendado por el Senado, desde la convicción y desde el respeto a cuanto conlleva la legislación vigente. Y esta seguridad se le presupone a una familia que debe ser un paradigma para el grueso de la población estatal.

No obstante, el aforamiento de los reyes abdicados, de la Reina consorte y de la infanta Leonor, que solo podrán ser juzgados por la sala Civil o Penal del Tribunal Supremo, ha sido aprobado en el Congreso un día después de que se conociese que Cristina de Borbón, hermana de Felipe VI, sigue imputada por presunto blanqueo y fraude fiscal, tal y como ha precisado el juez Castro, instructor del caso Nóos, al dar por finalizada ayer (el pasado pasado 25 de junio) una investigación que se prolongó durante cuatro años.

La consulta y el miedo

Pese a que muchos critican el inmovilismo del pueblo español, lo cierto es que, en los últimos años, miles de personas han abarrotado las calles para evidenciar su disconformidad con la actual situación socioeconómica y para exigir, de forma pacientemente pacífica, cambios a partir de los cuales comenzar a construir una sociedad mejor, una en la que imperen valores encaminados a garantizar que cada ciudadano pueda esquivar el hambre y el miedo, y pueda también disfrutar de esos derechos fundamentales que tanto costó plasmar en papel.

La queja recorre callejuelas, bulevares, plazas públicas. Y el grito se concreta en foros, en los que el lamento yermo se transforma, para ceder espacio a un debate del que se alimenta la creatividad. A partir de este, se buscan posibles soluciones, al tiempo que, de forma consensuada, se idean iniciativas con las que frenar los desmanes del capital y con las que volver a impulsar todo cuanto, bajo la excusa de la crisis, nos han arrebatado impunemente. El inconformismo se adueña progresivamente de cada rincón de lo físico y de lo virtual y, ya sea desde la acción o desde la abstención, se manifiesta en urnas y en hechos.

Son, en todo caso, pequeños grandes pasos, a fin de evitar el titubeo y, así, afianzar el recorrido hacia un nuevo bienestar, construido sobre la base de la solidaridad, el bien común y la igualdad. Pero la indignación ante el despropósito de políticas antisociales, que vilmente se silencia, es la que ha llevado a que las manifestaciones y concentraciones se volviesen la semana pasada multitudinarias. Y es que, en un gesto, miles de personas vieron la llave para activar un resorte que supondrá, creen, la clave para lograr un cambio real. Se trata de la abdicación del monarca, una decisión que sirvió de acicate a la ambición de una sociedad hastiada y que, ante la nueva situación, se muestra ilusionada y confía en la posibilidad de un cambio.

A la calle y a sus demandas, como no podría ser de otro modo, se une la izquierda, la real. Pero esta llama a la cautela y pide, simplemente, la consulta al pueblo, a fin de que sea este el que, a través de un mecanismo propio de esta democracia, elija el modelo de Estado que prefiere. No obstante, en lugar de optar por el ansiado referéndum, el Gobierno se ha apresurado a fechar la proclamación del Príncipe Felipe como nuevo Rey de España.

La decisión, pese a llevar meses gestándose, huele a aprieto e invita a la desconfianza, dado que implica ignorar a quienes claman por poder elegir. Esta actitud solo tiene una lectura: es una falta de respeto (una más) a la ciudadanía, que solo cuenta como voto computable y a la que solo se le consiente decidir cada cuatrienio en las urnas, atendiendo, eso sí, a una legislación que prima a los votantes de dos fuerzas sobre los de cualquier otra. Esta decisión corrompida por un sistema que muchos califican de injusto, se ensucia también con el engaño teatralizado a través del que se exhibe un programa utópico que, usualmente, en cuanto concluye el recuento, se convierte en papel mojado.

En todo caso, la aparentemente precipitada decisión gubernamental desprende también otro olor, el de la torpeza; y es que, pese al bullicio de la calle, un triunfo en referéndum del actual sistema es más que probable. La consulta sería, pues, contundente al golpear a esa izquierda y sus pretensiones, y al posibilitar que la monarquía saliese reforzada.

Sin embargo, parece ser que el miedo, la soga con la que pretenden atormentar a la sociedad, se contagia y, finalmente, es este el que marca el dictado. Y a su son, los que carecen de vergüenza, abren el baile.

Los peligros de la desidia

Si bien es cierto que es perfectamente legítimo elegir no ejercer un derecho, la situación actual nos exige ser cautos y plenamente conscientes de qué supondrá nuestra decisión. Solo a partir de ahí, la omisión sería perfectamente entendible y, dadas las implicaciones que conllevaría, habría de ser objeto de análisis por cuantos dicen pugnar por representar a la ciudadanía en aras del crecimiento y de un mayor bienestar social. Sin embargo, esta medida es hoy en día infructuosa, dado que no lleva aparejadas consecuencias reales sobre unos resultados que, a fin de cuentas, determinarán el devenir social.

En todo caso, esta omisión del derecho a participar en la que otrora se cualificaba, sin un atisbo de duda, como una ilusionante fiesta de la democracia, y que hoy en día para muchos, pese a su cariz trágico, no es más que un corral de comedias, se convierte en un problema cuando está ligada a la desidia, cuyo vasto manto lo envuelve y lo esconde todo. Una dejadez que, si bien es cierto que está ligada al desencanto del electorado, se torna agria al transformarse en la queja vehemente y perenne que todos hemos escuchado y que culpa de unos resultados que no le agradan a quienes sí ejercieron sus derechos desde la libertad, esa que tanto costó conquistar.

La abstención derivada de la previsión de unas expectativas quebrantadas es legítima, siempre y cuando parta de la reflexión y especialmente cuando es activa, a través del voto nulo o del voto en blanco, pues estas últimas opciones sí implican un alzamiento que muestra un inconformismo real, a través del que se puede empezar a gestar el cambio y que es reflejo de la indignación de la calle.

Sin embargo, el principal cauce, el más efectivo para combatir la elección que consideramos equivocada, sigue siendo el voto, ajustándolo, en la medida de lo posible, a nuestras expectativas y necesidades. Capacitar a otros para tomar nuestras decisiones es absurdo, dado que, de hacerlo, un porcentaje mínimo del electorado será suficiente para entregar nuestra confianza a quienes consideramos que no la merece.

La decisión es libre, sí. Pero a nadie debieran escapársele el sudor, la sangre y las lágrimas que hay tras cada logro social. Tampoco que el sufragio universal fue uno de ellos, ni que optar por la renuncia a ejercerlo puede llevar aparejadas consecuencias nefastas. No en vano, resulta sospechoso el afán que algunos tienen por mover a su electorado y por alentar, al mismo tiempo, la apatía de quienes barajan posiciones contrarias a las que los primeros defienden.

No podemos olvidar que uno a uno, y excusándose en la crisis, nos están arrebatando nuestros derechos. A veces, de un modo sibilino; otras, a cara descubierta. Pero, en ocasiones, somos incluso nosotros mismos quienes los regalamos, como si fueran desechables. Permitir con nuestra actitud los ultrajes, es darle el brazo a quien nos ha pedido la mano; y renunciar a nuestros derechos, en un momento tan delicado como el que nos ahoga, es dejarnos a merced de quien aboga por condenarnos.

Abandono de un pleno

Ningún representante público debería abandonar impunemente su escaño durante un pleno. Tampoco en el transcurso de cualquier otra sesión en la que los temas a debatir atañan a quienes en él depositaron su confianza. Hacerlo pone en entredicho su compromiso con sus funciones y también su respeto al pueblo y, más concretamente, a sus votantes. Por tanto, salvo causa de fuerza mayor, el que ocupa un escaño ha de permanecer en su puesto, en lugar de intentar justificar su irresponsabilidad arguyendo que, desde la presidencia de la sesión, se alienta al público al insulto y que no está dispuesto a soportarlo.

Ni un pleno ni cualquier otro foro, es adecuado para proferir agravios, cierto. Pero, para garantizar el respeto a la ciudadanía, este tipo de conductas están tipificadas en la Constitución (artículo 24.4), donde limita la libertad de expresión, haciendo prevalecer el derecho al honor, intimidad y propia imagen; y en el Código Penal, en el que se distinguen cada uno de esos términos y en el que se regulan los delitos aparejados a los mismos, atendiendo a distintos criterios de clasificación.

Teniendo en cuenta cada uno de los aspectos referidos en dicha normativa y también los supuestos especiales, aquel que considere que su derecho al honor, intimidad y propia imagen está en entredicho, ha de presentar la denuncia pertinente ante el órgano correspondiente. Esa es la actitud, y no el abandono de una sesión plenaria. Esto último obedece más bien a un infantil pataleo, que, sin embargo, sí cobraría seriedad si la acción se ciñese a dejar el escaño para ocupar otro lugar en la sala, desde el que pudiese seguir la sesión como espectador. De este modo, no se pondría en evidencia, sino que evidenciaría la falta de respeto de la presidencia a la hora de permitirle ejercer su labor.

Aunque el abandono de la sala no es habitual, lo cierto es que sí sucede, tal y como pudimos comprobar recientemente. Una acción de este tipo asombró e indignó al país el pasado 15 de mayo cuando, salvo una, los concejales del PP de Toledo, se levantaron de su asiento. El revuelo no tuvo que ver con el hecho de que el grupo, en la oposición, abandonase el pleno, algo que, en sí mismo, es criticable. La polémica surgió a raíz de que los ediles dejasen el salón en el momento en el que tomó la palabra la portavoz de un colectivo de niños enfermos de cáncer, que había logrado que se le permitiese exponer ante la corporación las cuitas y preocupaciones de la agrupación y las medidas que considera imprescindibles.

Dejar el escaño y la sala en ese momento supuso, además de una falta de respeto a la corporación y a los votantes, un desplante hacia un colectivo que paradógicamente, de este modo, sí logró una mayor visibilización de su problemática.

La actitud de la mayor parte de los representantes del grupo fue, en cualquier caso y al margen de la conmoción suscitada, reprobable, pues mostró el desinterés absoluto de estos ediles por cumplir con las funciones que les fueron encomendadas. Si carecen de empuje para desarrollar su labor, el partido que los acogió en sus listas debería retirarles su confianza, depurando responsabilidades, aplicando amonestaciones e incluso, aunque eso supusiese una pérdida de peso en la corporación, instándoles a la dimisión, dado que no afrontan con seriedad su cometido.